La estación de tren de La Pola

Tengo la edad justa para guardar en la memoria el paso de muchos y distintos trenes por La Pola, que en nuestro uso y en el del cartel de la estación era Pola, a secas. Este último que nos viene velocísimo, abriendo el vientre de Gordón, rebuscando pasos por entre nuestras entrañas de roca y agua, es el último que veo llegar. Llegar y desaparecer bajo nuestros pies después de volar el valle del Bernesga desde La Robla hasta la entrada en La Pola, dándose de morros con la Gretosa y haciendo desaparecer, con la suave orografía del lugar, las cigüeñas y los chopos que anidaban en sus aledaños y en la Vega. Digo que es el último, el que todavía no ha llegado, pero que viene de la mano de tanto desasosiego paisajístico y anunciado por las obras que preparan su paso.

Pero hubo otros trenes que sí paraban en La Pola y escalaban camino de Busdongo vadeando el Bernesga. El primero que vi pasar venía envuelto en humo y nubes de vapor. Además era invierno y la locomotora gemía haciendo arder los carbones de su caldera; era algo así como un gigante ennegrecido de hollín o un atleta bien entrenado, pero viejo y cansado. Luego, tuve ocasión de subir a aquel tren de madera que crujía en cada arrancada o cuando los palafreneros hacían girar las enormes manivelas para detener el tren. El sonido del tren es el de aquel tren. Se bajaban las ventanillas a mano y se llevaba la tartera con la tortilla de patata, el chorizo, el queso y el pan para llegar a León. Y se compartía, que en los bancos corridos de los vagones, la compañía era agradecida en conversación y viandas. Siempre había algún paisano raro, que fumaba silencioso, el equipaje entre las piernas, y no aceptaba el ¿gusta usted? de la señora que daba de comer al guaje o la guajina el cacho de pan de hogaza con queso.

Eran trenes que, además, se paraban a esperar. En la estación de La Pola, poco antes de alcanzarla, muchos se detenían al lado de la pilastra para recargar de agua su panza, y luego seguían hasta la altura del andén; la locomotora estiraba sus músculos, hacía sus respiraciones, bufaba y se calmaba mientras de los vagones de la parte trasera se descargaba alguna mercancía o se cargaban los sacos de harina que molía la antigua fábrica. Los viajeros podían bajar y aprovechaban para ir al retrete, sobre todo los más pequeños, y para echar un vinín en la cantina de la estación, una pequeña tasca de ambiente familiar, que era verdadero guardián de la estación y el mejor punto de información para los viajeros. Siempre abierta, siempre vigilante.

También hubo veces que no pararon a tiempo cuando en el paso a nivel se había metido alguna vaca que el amo que la guardaba no había podido detener. Porque, aunque apacibles y parsimoniosas, mientras unas se quedaban atrás ramoneando hojas de las zarzas y acabando las hierbas de la orilla del camino, las otras seguían su paso a golpe de cencerro hasta la encrucijada de las vías del tren. O, simplemente, se escapaban. Mantenerlas reunidas para pasar a la vez era tarea ardua. La señora Mena, Argüello o Leonardo, guardas del paso a nivel que cruzaba el camino de los Barrios, acostumbraban a dar aviso voceando la proximidad del tren o retenían a los animales a un lado del paso hasta que conseguía darlos alcance el desesperado y cabreado cuidador, ijada en mano. Lo mismo ocurría con las ovejas del rebaño e incluso llegó a suceder con la necesidad de hacer parar el tren porque alguno de los pocos coches que circulaban en La Pola y por las carreteras y caminos del concejo, se quedaba atravesado entre los raíles incapaz de poner de nuevo en marcha el agotado motor, abrumado de años y baches.

Más tarde, llegaron otros trenes. El furor de la electricidad tendió catenarias y postes y ya las maquinas, menos ruidosas, empujaban vagones más modernos, de asientos forrados de eskai y con calefacción. Paraban menos tiempo, pero todavía había lugar para estirar las piernas hasta la cantina mientras -en aquella época- cargaban los quesos de la fábrica Rofer. La fábrica de harinas habia dejado de funcionar y ya no llegaban los grandes carromatos cargados de sacos tirados por percherones.

Íbamos a ver pasar los trenes. O a echar cartas al tren correo o esperar a que el cartero nos diese la buena noticia a pie de andén de que teníamos carta. Porque eran los tiempos en que los trenes llevaban y traían cartas y eran tiempos de escribir cartas. Los trenes marcaban, además, las horas y el horario de la vida en el pueblo. Sabías lo que se podía esperar de aquellos que subían desde León o de los que bajaban del puerto. Los trenes de la noche eran más misteriosos y pasaban somnolientos por entre las horas intempestivas de las madrugadas.

Por eso, la estación del tren tenía vida propia; la sala de espera, fría y poco iluminada con sus ventanillas expendedoras de billetes de cartón que luego usábamos para jugar a la garza, unía el pueblo a aquel camino de hierro. Pasar de un lado a otro era como atravesar una frontera, la que da paso de la vida cotidiana a la promesa de viajes a otros tipos de vida. Atravesábamos esa frontera, poníamos los pies en los metros de andén de la estación con reloj de agujas al que mi primo Pepe, de León, ponía en hora y daba cuerda cada semana, el mismo que nos marcaba la hora de otro mundo del que, a veces, llegaban buenas noticias y buenas personas a visitarnos por el verano, con el colorido y la alegría de lugares próximos y hermanos en las tierras asturianas. A veces, también, era el tren el que nos dejaba en la estación una despedida. Pero las estaciones y los trenes son así. O, mejor, fueron así para nosotros. El que viene, ya no.

Julio G. Alonso

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4 Responses to “La estación de tren de La Pola”


  1. 1 Eloy J.
    noviembre 28, 2014 en 19:55

    Tal cual, Julio, tal cual. Había algo más en todo aquello que quizás vosotros al ser ajenos no lo veíais
    Los pasos a nivel con sus guardas, la señora Mena, Argüello, Leonardo…avisaban del peligro de llegada de algún tren o nos retenían el ganado, porque se nos escapaba y no llegábamos a tiempo, así y todo más de una cabeza nos mató, o paraban el tren porque se había quedado un coche en medio del paso…
    Recuerdos, gratos y ya lejanos recuerdos.
    Gracias por todo, Julio, y un abrazo

    • noviembre 29, 2014 en 11:28

      Amigo Eloy:

      No sólo agradezco tu presencia en este tema, sino que me he permitido agregar un párrafo recogiendo la experiencia que aquí refieres y de la que tengo memoria, pues en más de una ocasión fui testigo e incluso colaborador en lo de sujetar las vacas. Gracias por traer este testimonio desde el baúl generoso de tus recuerdos. Con un abrazo.
      Salud.

  2. 3 José Ramón Casas Baizán
    noviembre 29, 2014 en 11:13

    Extraordinario, genial. Quién escribe así de la historia pasada, tiene que haber sido protagonista destacado de la misma.
    Julio G.Alonso, sigue dando forma literaria a esa enciclopedia de la vida, para mejores recuerdos de muchos y para conocimientos de los próximos.
    Gracias por tu publicación.

    • noviembre 29, 2014 en 11:25

      Me llena de orgullo tu hermoso y sentido comentario, José Ramón. Entiendo que sientes y vives lo que la vida quiso ponernos de luz, ánimo y alimento en la infancia y juventud en los parajes espectaculares de los paisajes de nuestro pueblo y que, afortunadamente, no renuncias a ello. Me pasa algo parecido, por más que luego haya viajado y vivido en otras tierras de las que, guardando grato recuerdo, puedo decir que me han hecho comprender y amar aún más las mías. Por ello, estos pequeños retratos en prosa, pinceladas de aficionado. No aspiran a más, pero cuando alguien como es tu caso se detienen a valorarlos y sentirlos, sé que ha merecido la pena. Gracias y un abrazo muy gordonés.
      Salud.


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