Benito Pérez Galdós, a los cien años de su muerte y los ciento ochenta de su nacimiento

De Benito Pérez Galdós, ¡qué puedo decir yo! No sé a cuántos ni dónde leí la afirmación de que se trata del más sólido e importante escritor en lengua española después del indiscutible Miguel de Cervantes Saavedra. Max Aub asegura desde la altura de su autoridad que “desde Lope de Vega ningún escritor fue tan popular (ni) desde Cervantes ninguno (fue) tan universal”. Yo no tengo ninguna razón para contradecir esta afirmación, y mucho menos cuanto más voy ahondando en la lectura de su obra, que tanto me gusta, sorprende y hace disfrutar por la agudeza en el tratamiento de sus personajes, la plasticidad de sus descripciones en la diversidad de los paisajes que tan bien se amoldan o tan bien moldean el carácter, las costumbres y el modo de ser de los protagonistas de sus novelas. El vocabulario rico, amplio, escogido, preciso, escrupulosamente limpio, se recrece en una sintaxis creativa de afortunados giros, con expresiones tan concisas y apropiadas a las situaciones como si fueran un guante de paño fino o buena seda vistiendo con delicadeza la mano que lo calza. Su prosa, que es una afortunada recreación de personajes y escenarios, lo es también –según he leído y comparto- la de “un narrador excepcional de toda una época”. Entre los palos que sustentan el sombrajo de dicha prosa encontramos el humor inteligente, la sátira bien orientada, la guasa y el recurso, tan cervantino, de la ironía. Yo –en la misma línea cervantina- agregaría la nota de optimista mirada a la vida y la actitud positiva que nos abre las puertas de la esperanza.

El tratamiento de esta figura señera de la Literatura por parte del régimen dictatorial instaurado tras la derrota de la II República por los sublevados, fue de marginación y censura debido a las convicciones republicanas y socialistas del autor de los Episodios Nacionales. La izquierda derrotada hizo los esfuerzos que pudo desde el exilio para publicar sus obras y reconocer la importancia de este fecundo escritor. Y es de saber que Benito Pérez Galdós fue de ideología liberal que tomó parte en la política como republicano, que sufrió sus desencantos y participó de ilusiones sobre el futuro de España,  le llevó a una buena amistad y colaboración con Pablo Iglesias, fundador del Partido Socialista Obrero Español. No fue religioso, pero tampoco se le puede tachar de anticlerical e iconoclasta.

De su extensa obra, los Episodios Nacionales, Marianela, Tristana, Nazarín, Fortunata y Jacinta, etc., cuentos y obras de teatro como El abuelo o Electra, quizás fuera esta última la que más revuelo armara. El mito griego del que trataron los clásicos (Sófocles, Eurípides y Esquilo en Las Coéforas ), es abordado por Benito Pérez Galdós convirtiéndolo en un duro alegato contra los poderes de la Iglesia y toda clase de dogmatismo en su lucha contra cualquier expresión de superstición y fanatismo. En su estreno en Madrid (1901) se produjeron incidentes de exaltados de uno y otro signo que duraron una semana. Los curas predicaron contra el estreno desde los púlpitos y los republicanos y socialistas sacaron a hombros al autor.

Pero en España no se concilia bien el diálogo y el reconocimiento, así que estos hechos le pasaron factura al escritor cuando la Real Academia Española le propone para el Premio Nobel en 1912 y los conservadores de derechas promueven una dura campaña política en contra que hace desistir a la Academia Sueca de concederle la distinción. La historia se repetirá, lamentablemente, tres años más tarde, cuando de nuevo es propuesto para el premio por la Academia Sueca y un grupo de escritores e intelectuales conservadores piden retirar la candidatura, lo que los suecos, admirados y sorprendidos de que no fuera apoyado el escritor en su propio país, la retiró.

Al margen del lastimoso ejemplo dado en Europa y el mundo con estas actitudes reaccionarias, lo que cabe apelar es al valor de los escritos de Benito Pérez Galdós y formarse una opinión propia a través del encuentro con sus textos. Y en ello llevo recorrida la lectura de Marianela, Electra, El abuelo y los episodios nacionales de La Primera República, Los cien mil hijos de San Luis y El terror de 1824. Poco para la extensa y casi inabarcable obra galdosiana para un lector no muy avezado como yo, pero suficiente para asegurar que no les falta razón a quienes afirman que, además y por descontado, ser el mejor escritor del siglo XIX, proclamar sin titubeos que nos encontramos ante un gigante de las letras españolas a nivel universal del alcance y magnitud de Miguel de Cervantes. Un autor que, rompiendo tempranamente con el Romanticismo, abrió las puertas del naturalismo y se adelantó al “realismo mágico”, sentando cátedra con autores de la talla de Dostoievski y León Tolstoi.

CH. FRANZEN. Benito Pérez Galdós leyendo su discurso de ingreso en la Academia de la Lengua en los salones del doctor Tolosa Latour. 1897

Benito Pérez Galdós, nacido en Canarias en un mes de mayo de 1840, retrató el alma y los paisajes de España con el pincel preciso de su palabra y los trazos de ese retrato se extienden a través del amplio colorido naturalista de su paleta  para recrear paisajes y ambientes de un realismo deslumbrante; su amplitud de recursos le confieren a su voz literaria una personalidad inimitable con la gran riqueza de matices que le es propia y a través de una fina observación que consagra su estilo depurado y propio.

El año 2020, marcado por los efectos devastadores a nivel sanitario, económico y social del coronavirus Covid-19, hizo los cien cumplidos de la muerte de Benito Pérez Galdós en un día del mes de enero de 1920.

Es hora de recordar que la lectura de Pérez Galdós resulta hoy imprescindible y que seguirá siéndolo por muchos cientos de años más para entender mejor el alma humana y sus contradicciones. No todo es blanco ni negro, y los colores se mezclan en la vida de cada persona y de cada pueblo en el transcurso de los años y la historia. Sólo una mente tan lúcida y privilegiada como la de Benito Pérez Galdós es capaz de mostrárnoslo. Y no podemos resistirnos  a entrar en su mundo, que es hacer la entrada por la puerta principal en el nuestro y nuestra condición humana para deberle gratitud eterna, porque aprender resulte ser en ocasiones doloroso, también nos sirve en todo para ser más y mejores personas, y el saber nos hace libres. Vale.

González Alonso



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