Días de lectura
Marcel Proust

Traducción de:
Alicia Martorell y Núria Petit Fontseré
Editorial Taurus.- Barcelona, 2019

Después de un par de intentos para leer “Por el camino Swann”, tuve que renunciar a la obra de Marcel Proust y el resto de “En busca del tiempo perdido”. Creo recordar lo espeso de una prosa que me pareció fatigosa, sumergida en descripciones minuciosas e interminables, extensos párrafos uno seguido de otro sin que la acción asomase a sus renglones. Y abandoné.

Hoy, muchos años más tarde y después de leer con enorme agrado a Marcel Proust en un librito titulado “Días de lectura”, no tengo muy claro si en realidad no debiera intentar de nuevo la lectura calmada de “En busca del tiempo perdido”. Porque, a decir verdad, todo en este libro me invita a hacerlo. Una prosa ágil, vivaz, un lenguaje rico e inteligente, unas reflexiones profundas y unas confesiones conmovedoras, sin que su estilo se aparte un ápice del de un observador atento para describir con minuciosidad cada rincón y cada objeto, creando una atmósfera de mágica iluminación, un ambiente vivo y revivido en su escritura con el alma de un poeta. ¡Qué hermosa y fecunda capacidad para describir ambientes en los que el espíritu y los pensamientos se adueñan del aire y las cosas! ¡Cómo toca los paisajes cotidianos y domésticos y nos los presenta con vida propia!

Son numerosas las notas que he ido tomando de este libro, numerosas las frases bellísimas y numerosas las citas recogidas sobre otros autores. Pero, sobre todo, me conmovió la devota pasión por la lectura del autor y la necesidad predicada de tratarla con el respeto que se debe a una persona. Porque la lectura es un ser con cuya relación aprendemos y nos hace vivir en su sentido más pleno, que incluye el gozo, y esta relación es merecedora de unas condiciones adecuadas, un respeto grande, como el que debemos a la persona que nos visita, a un familiar que tratamos o a un amigo íntimo.

Hablando de Ruskin, escritor y artista británico, descubre su pensamiento sobre la lectura y lo comparte citando a Descartes: “La lectura de todos los buenos libros es como una conversación con las personas más discretas de los pasados siglos que fueron sus autores”. O, en otro lugar, afirma que cuando se lee “a uno le gusta salir un poco de uno mismo, viajar”. La lectura como conversación y como exploración más allá de uno mismo. Marcel Proust nos invita a salir de la monotonía de nuestra zona de confort, y emprender el viaje. Porque la conversación con los libros y sus autores es muy diferente a la conversación con los amigos, aunque estos puedan presumir de una gran talla intelectual; y es que “en la lectura de los libros la mente se recrea en la soledad y elabora nuevas ideas, mientras que en la conversación con los amigos esta posibilidad se diluye o disipa sin darnos la oportunidad del trabajo fecundo de la mente.”

Me gusta, por considerarla acertada, la propuesta del acto de lectura como una comunicación dentro de la soledad. Reflexiona también sobre la relación entre leer y escribir, por ejemplo. Entiende que hay quienes opinan que para escribir es mejor no leer antes a fin de no verse influenciados por las ideas, las imágenes, las frases o las emociones suscitadas por la lectura que, en la opinión de estas personas, redundaría en perjuicio de una escritura contaminada sin que, necesariamente, pueda considerarse un plagio. Y Proust arremete contra esta idea con vehemencia, citando incluso ejemplos de escritores preclaros que antes de ponerse a escribir acostumbraban a leer algunas páginas de las obras de los grandes autores como medio de estimular y tonificar la mente y predisponer el espíritu para la aventura creadora.

Y en cuanto a la clase de lectura y la clase de autores, Marcel Proust se decanta por las obras de los clásicos; porque leerlos es viajar por el lenguaje y sus giros en el uso de ese lenguaje expresado bellamente y de una manera ya olvidada, pero que nos descubre una profundidad de pensamiento sorprendente; descubrimos así de qué manera tan certera nombran las cosas y expresan los sentimientos más complejos y depurados, nos sacuden la ramplonería y cortedad de nuestro propio uso de la lengua y a través de los siglos pasados nos abren las puertas del futuro para dotar a nuestra vida una nueva perspectiva.

De la lectura nacen otras muchas pasiones e ilusiones, y todas ellas las reconocemos en la calidad que enriquece y da sentido a nuestras experiencias. Ideas que afloran y pensamientos que se abren a la actitud reflexiva. Son los sentimientos en su relación con el mundo lo que nos ofrece nuevas posibilidades y nos exige acciones. Porque la vida es acción. Así, siguiendo a Ruskin, Marcel Proust nos ofrecerá, por ejemplo, una visión esclarecedora del concepto del trabajo. Concluye que “hay dos clases de trabajo, aquél que realizamos para ganarnos el pan, que debemos hacerlo con ardor, y el que hacemos para nuestro júbilo, que debemos hacerlo con el corazón”. Y uno piensa inmediatamente, ¿no sería lo ideal que ambos, ardor y corazón, coincidiesen en un solo trabajo? Y el concepto de júbilo nos lleva a la vida del jubilado y la dificultad del mismo para hallar una actividad jubilosa porque toda su vida anterior estuvo entregada al trabajo ardoroso para ganarse el pan y rodearse –como máximo- de bienes de consumo, lo que acabó convirtiendo su tiempo de ocio también en un ejercicio de consumo para atiborrar sus horas de cosas sentidas y pensadas por otros, de manera artificial y superficial, impidiendo el ejercicio o actividad propia de reflexión y búsqueda, generadora de pensamientos. Es lo que, desde el marxismo, se definiría como alienación. El hombre alienado, en su jubilación, se encontrará avocado a la inactividad de una vida vacía, tan contrario a la necesidad intrínseca del ser humano y convirtiendo su existencia en una serie de rutinas de carácter social, en un aburrimiento y sensación de inutilidad que en no pocas ocasiones desemboca en la depresión.

Quedan por citar, entre muchas otras cosas,   las abundantes referencias de este libro a lo que significa, por ejemplo, el acto creativo y la poesía en relación con el arte; referencias estimulantes que son una invitación constante a la lectura y para la que animo a quienes, como yo, no encontraron en su momento el camino ante la obra de Marcel Proust y que ahora tal vez puedan, podamos, hallar definitivamente la búsqueda de ese tiempo perdido.

González Alonso



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