En defensa de los ociosos
Robert Louis Stevenson

Editorial Taurus (Barcelona, 2019)
Traducción de Belén Urrutia

Bajo el epígrafe general de “En defensa de los ociosos” que corresponde al tema y el título del primer artículo del libro, Robert Louis Stevenson dará paso a otros siete artículos en los que el arte y la naturaleza se siguen y entrelazan a través de las observaciones, reflexiones y vivencias del propio autor.

Pareciera, en su presentación, que la ociosidad fuera algo consustancial al artista y su vida entregada a la búsqueda de la felicidad; objetivo –por otra parte-  atribuible a cualquier persona y que Stevenson considera como un “deber infravalorado”. Al servicio de ese deber pondrá Stevenson la ociosidad, que “no consiste en no hacer nada, sino en hacer muchas cosas que no están reconocidas” como lo están “las profesiones lucrativas” o laboriosas.

El arte, en cualquiera de sus manifestaciones, pintura, música, escultura, literatura… merece la atención del célebre autor de “La isla del tesoro” y de “El extraño caso de Jekyll Hyade” o “El doctor Jekyll y Mr. Hyde”, para circunscribirse al camino de la vocación, pues “saber lo que le gusta a uno es el comienzo de la sabiduría y la madurez”, según señala en su exposición. Argumentando a favor y en contra de la juventud y de la vejez entiende que el fin del arte, a cualquier edad, es deleitar y que hacerlo no consiste en repetir clichés propios o ajenos, sino en explorar con alegría las formas de expresión del propio talento del artista. Y, en mitad de estas disquisiciones, se referirá a la ilusión de “las delicias de la popularidad”. Advierte, sin negar los beneficios de la aprobación de los demás, que entregar la creación al albur del éxito o el fracaso es renunciar a crear algo que merezca verdaderamente la pena, pues el artista verdadero no puede –segura- dejar de ser un hijo de la Alegría que hace su oficio por su gusto y para agradar a otros. Pero –y eso es lo realmente difícil- no debe atender a los gustos de los demás, sino conseguir que, pese a ellos, los demás acepten los gustos del artista.

Sigue Stevenson en los artículos recogidos en este libro con el tema de la juventud, esa época para recorrer el mundo y sus locuras (es mejor estar loco que estar muerto). Como las etapas de la vida deben pasar de manera inexorable, cada una debe hacerlo con plenitud, sin hipotecarlas para un futuro incierto que nadie está seguro de alcanzar, consistiendo “la verdadera sabiduría en estar acordes con la estación y cambiar de buen grado según cambian las circunstancias”. Ser niño y jugar, joven y vivir aventuras, es la mejor manera de “asentarse, cuando llegue el momento, en una vejez joven y sonriente”.

El amor, su esencia, los beneficios de enamorarse y los celos como consecuencia del amor forman parte de la vida y sus etapas que el autor no pasará por alto. Pero todo ello Stevenson lo vive y experimenta en un contacto sincero, intenso y admirable, con la Naturaleza. Los espacios naturales se representan como los verdaderos escenarios la dicha y, fervientemente, nos describirá la belleza y el mensaje de todos los pasajes, desde los más frondosos y exultantes a los más áridos e inclementes.

Me sorprendió en extremo las experiencias de Stevenson con los paisajes, humanos y naturales, en los que siempre encontraba algo bello con lo que poder vivir. La experiencia de California y su estancia en Monterrey que constituye uno de los mejores artículos del libro, le permitieron descubrir cómo la complejidad de los tipos humanos y las diferentes culturas se reflejan en las características de paisaje que habitan y los climas. Y en este sentido, ya en el siglo XIX, advirtió Stevenson de lo que significaba la acción humana y apuntó certeramente al cambio climático contemplando con terror el resultado devastador de los incendios de California. Y aunque sólo fuera por este artículo, ya el libro “En defensa de los ociosos” de este joven escritor muerto a los 49 años, puedo decir que es absolutamente recomendable. La percepción de que el amor a la Naturaleza nos abre los ojos sobre el futuro de la propia especie humana es una lección que no deberíamos ignorar. Que la ciencia formule lo que el artista ha descubierto, es otra razón de peso para tener en cuenta a la hora de formular nuestro estilo de vida y el compromiso con la felicidad.

González Alonso



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