Memorias de Adriano
Marguerite Yourcenar
Traducción de Julio Cortázar
Narrativas/Edhasa.- Barcelona, 1982
ISBN: 84-350-0362-0

Natura deficit, fortuna mutatur, deus omnia cernit. La naturaleza nos traiciona, la fortuna cambia, un dios mira las cosas desde lo alto. (p.197)  El emperador Adriano releía con cierta amargura la máxima latina que había hecho grabar en su anillo de oro. Cada vez más a menudo y de manera más obsesiva la idea de la muerte rondaba su cabeza y atribulaba su espíritu. El emperador romano de origen español se nos revela a lo largo de la obra de Marguerite Yourcenar como un atinado observador de la condición humana. Filósofo y poeta, intenta conjugar sus inquietudes intelectuales con las exigencias de su cargo como emperador romano y la autora recrea de manera poética, profunda y sensible, la vida y el pensamiento del hombre que transita por todas las inquietudes humanas y sus pasiones.

A la soberbia intuición de la autora y del acierto al enfrentar la personalidad de Adriano, hay que añadir la suerte de encontrar un traductor al español como Julio Cortázar. Solamente la conjunción de dos genios de las letras podían dar a la luz una obra tan bien acabada en español.

Releer este libro es una delicia. Después de su primera lectura puedes empezarlo por donde te dé la gana, y siempre volverás a sorprenderte y emocionarte. Cada párrafo es un alarde de prosa bien escrita, en muchas ocasiones verdaderos poemas de un nivel lírico extraordinario.

Como en este cuaderno la poesía ocupa un lugar principal, me detendré en las notas que sobre la poesía y los poetas entresaqué del libro. Adriano nos explica que, como todo el mundo, sólo tengo a mi servicio tres medios para evaluar la existencia humana: el estudio de mí mismo(  ), la observación de los hombres (  ) y los libros. Sobre los libros, explica: la palabra escrita me enseñó a escuchar la voz humana, un poco como las grandes actitudes inmóviles de las estatuas me enseñaron a apreciar los gestos. Y después de considerar las distintas clases de escritores y sus mentiras (los escritores mienten, aun los más sinceros) llega a los poetas: Los poetas nos transportan a un mundo más vasto o más hermoso, más ardiente o más dulce que el que nos ha sido dado, diferente de él y casi inhabitable en la práctica (p.23) Más adelante volverá a detenerse en la poesía y en la revisión de sus propios escritos, para los que no encuentra mucho mérito, confesándose simple diletante en la materia. Atraído por la poesía y los poetas, confiesa que amaba evocar desde un lejano pasado esas voces plenas y puras, admirando en Teognis al observador sin ilusión ni indulgencia de las acciones humanas, siempre pronto a denunciar esos errores y esas faltas que llamamos nuestros males; y se siente atraído por Antímaco del que estimaba ese estilo oscuro y denso, las frases amplias y a la vez condensadas al máximo, grandes copas de bronce llenas de un vino espeso. Pero ante el ejercicio de la poesía declara que hubiera querido que sus versos fueran otra cosa distinta a la de los demás poetas, la exacta imgen de una verdad desnuda. Pero ahí, como en todo, los lugares comunes nos encarcelan; empezaba a comprender que la audacia del espíritu no basta para librarse de ellos y que el poeta sólo triunfa de las rutinas y sólo impone su pensamiento a las palabras gracias a esfuerzos tan prolongadosy asiduos como mis tareas de emperador.(p.177)

Para  los poetas de la improvisación, del momento inspirado, de la escritura inmediata, la opinión de Adriano y otros muchos les ha de parecer algo menos que una tontería. Bueno, pues que revisen sus escritos. El espíritu, las ganas de escribir, la necesidad de expresarse, no bastan para alcanzar a conseguir obras de calidad; a lo más, un montón de versos farragosos. El trabajo está detrás de la inspiración, amén de otras cualidades que se tienen o no se tienen, como para cualquier arte u oficio.

Espero que la compañía de este libro, ahora que se acerca la fecha del 23 de abril y la conmemoración del Día del Libro, pueda resultarte grata. Desde la altura universal de figuras como W. Shakespeare y Miguel de Cervantes, los millones de libros escritos en el mundo –muchísimos tan buenos como el que os comento- nos esperan.

Salud.

Julio G. Alonso


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