Thalassa
Memorias de una Almería insólita
Rafael Lorente

Instituto de Estudios Almerienses, 1994

He vuelto a releer Thalassa. Una relectura ya lejos de aquel verano de 1994 cuando pasando el mes de agosto en Agua Amarga, nos acercamos a la presentación hecha en el castillo de Rodalquilar. Es éste un libro curioso, entre memoria autobiográfica y cronicón que recoge a partes iguales los paisajes, la vida y el ambiente de la costa almeriense de los años 70 del pasado siglo entre Mojácar, Carboneras y Agua Amarga, principalmente.

Rafael Lorente (1924/1990), con estilo desenvuelto e incluso provocativo pinta los paisajes almerienses con pinceladas a veces muy coloristas y retrata, sobre todo, al paisanaje con que se cruza convirtiendo a cada lugareño en personaje y protagonista, descubriendo grandezas y miserias, ambiciones, filias y fobias, junto a sueños –equivocados o no- y proyectos, pero, sobre todo, ambiciones de los allegados, gentes de la cultura y el arte, arquitectos, médicos, empresarios, emprendedores y aventureros, ramplones unos, otros cursis y vulgares, idealistas o románticos, en busca de su parte en el pastel de la especulación turística en el último baluarte de los últimos kilómetros de litoral levantino virgen. En el empeño menudearán sus luchas y venganzas incluso cuerpo a cuerpo.

Sobresalen algunos de los aludidos personajes, tanto oriundos como foráneos. Entre estos últimos cabe destacar la inteligencia, actuación e influencia de Dominique Aubier en Carboneras. Esta joven, atractiva y bella judía, que se enfrascó en la interpretación del Quijote a la luz del Zohár de Moisés de León y las lecturas talmúdicas, se instalará en un viejo y quijotesco molino de viento próximo a la playa y atrajo al pueblo a un nutrido grupo de judíos, mayormente israelitas, entre los que se contaban filósofos, artistas y arquitectos como André Bloch, que construirá la original Casa del Laberinto.

Los personajes locales, pescadores y cabreros, campesinos del esparto, alcaldes, caciques, republicanos de fe inquebrantable, fascistas o anarquistas, no les van a la zaga a los foráneos. El cuadro general que nos deja pintado el diplomático español Rafael Lorente, al parecer comprometido con el PCE e íntimo amigo de Tierno Galván que, tras su cese voluntario en el Ministerio de Asuntos Exteriores, iría por mediación del viejo profesor y luego alcalde de Madrid a Inglaterra y trataría con los líderes del Partido Laborista; este cuadro, decimos, del llamado cónsul rojo, es –con sus ensoñaciones coloristas de la India- un bello espectáculo, ameno, interesante siempre, y un documento, casi un diario de aquel descubrimiento y conquista del litoral almeriense, para bien y para mal del futuro y sus gentes. Entre sus anécdota menudea la procacidad y el mal gusto de algunas junto al lirismo y templanza de otras muchas, pues no en vano también fue poeta y su obra publicada, como este libro, de manera póstuma. En aquellos años, cuando el diplomático rondaría los 45 años, se acompañaba de la también escritora Cristina Maristany, lo que no debió de impedirle aceptar la pasión y el amor de otras jóvenes y mujeres, porque –según parece- si algo fue por encima de todo Rafael Lorente, es  haber sido un enamorado de la aventura y la vida, apasionado del amor y fiel a la belleza en toda su extensión.

Destaca el testimonio de las bombas atómicas sobre Palomares. El 17 de enero de 1966, Rafael Lorente fue testigo de la catástrofe en la que tres de los cuatro aviones norteamericanos sufrieron un accidente en el momento en que los dos superbombarderos eran repostados en pleno vuelo sobre Vera y Palomares, en Almería. Dice que sería sobre las diez de la mañana cuando vio desde la terraza de El Puntazo, en Mojácar, cómo un superbombardero se envolvía en una nube junto con su avión cisterna y sonaron unas explosiones a las que seguirían “la aparición de una aureola de color rojo anaranjado” y la caída de un diluvio de despojos sobre toda el área del Almanzora hasta el mar.

Rafael Lorente, dado a las exageraciones inocentes, se queda corto en la descripción de la magnitud de este desastre que describe, no obstante, con cruda viveza. Las consecuencias de aquel hecho todavía colean hoy, con toneladas de tierra contaminada acumuladas en el entorno de Palomares y la Sierra Almagrera, sobre Villaricos, y la pasividad de los gobiernos ante la actuación de los Estados Unidos. Lorente fue uno de los que iniciaron una campaña de difusión y denuncia de los hechos en Europa y el mundo entero, lo que le reportaría no pocos problemas. Y en medio de la desgracia y para convencer a la gente ocultando la verdadera magnitud de la catástrofe, el entonces ministro franquista Manuel Fraga Iribarne  se da un chapuzón en las aguas contaminadas de Palomares junto a Duke, otro personaje patético, embajador de Estados Unidos en España. Un episodio vergonzoso y terrorífico que llevó a la muerte por radiación de muchas gentes del entorno y la proliferación de enfermedades cancerígenas de otros muchos que estuvieron en contacto con los restos de los aviones y las cuatro bombas caídas, así como con las tierras contaminadas y respirando la nube tóxica y radiactiva. Hasta hoy.

El estilo directo del texto facilita la lectura. La publicación hubiera precisado de una corrección previa que se ve que no se hizo, tal vez porque no hubiese tiempo o ganas, o quizás por respetar –simple y llanamente- el texto según el autor que los hijos de Rafael Lorente presentaron en el castillo de Rodalquilar en una tarde de agosto de 1994, cuatro años más tarde de la desaparición del autor.

El interés de Thalassa, Memoria de una Almería insólita (Instituto de Estudios Almerienses) alcanza a la propia historia de Almería y sus gentes, pero también alcanza a cuantos la visitamos alguna vez, o muchas veces, enamorados de su luz y sus paisajes de atochares, piteras, almendros, olivos, palmitos, chumberas y –sobre todo- de sus gentes y esa filosofía de la vida que se adentra del mar y asciende por las ramblas colonizadas de gandules en sus verdes de corta primavera y los largos estíos. Todo el Cabo de Gata y su cada vez más amenazado Parque Natural, Níjar, Huebro, Las Negras, Rodalquilar, Los Genoveses, El Playazo, El Cortijo del Fraile, Mojácar, Garrucha, Villaricos, Bédar, Carboneras y, por supuesto, Agua Amarga, son nombres que encierran mucho más de lo que Rafael Lorente descubrió, atesoró, y nos regala en su libro, que es mucho, pero siempre inabarcable.

González Alonso



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