Almería: De San José a Los Genoveses y Mónsul
En una jornada de octubre de 2020

Puedes llegar a San José recorriendo el Parque Natural del Cabo de Gata a través de los paisajes agrestes de Las Hortichuelas, y dejando a la izquierda el acceso a Las Negras seguir por Rodalquilar, alcanzar la imponente caída al mar tras un prolongado ascenso de la carretera para, bordeando la costa, llegar a La Isleta y seguir campo a través hasta tener a la vista San José. Pero también, dejando la autovía, puedes hacerlo atravesando las enormes extensiones de campos cubiertos por los invernaderos en un mar de plásticos y suciedad a lo largo de todo el recorrido en el que se acumulan cientos de toneladas de basura en forma de botellas de vidrio, plásticos, latas, envases, papeles, restos de las cubiertas y estructuras de los invernaderos y cualquier desecho imaginable. El ambiente resulta deprimente y desolador. Pocas instalaciones se aprecian renovadas y acabadas con materiales nuevos y diseños más eficientes en su disposición, por lo que todo el conjunto productivo agrícola es de una inusitada fealdad y suciedad, agravado con la aparición de un apiñado conjunto de chabolas armadas con los más variopintos materiales recogidos en los basureros. Todo, penosa y lamentablemente, nos habla de especulación y riqueza a costa de la degradación de la dignidad humana en un trabajo esclavista en condiciones de vida intolerables, así como un desprecio insultante por el medio ambiente.

Llegues por donde llegues, San José resulta para el viajero que lo visitó hace muchos años un lugar bastante desconocido, extendido más allá del conjunto urbano apiñado a la orilla de mar y la playa, para hacerse con las laderas del monte en una sucesión de anodinas viviendas turísticas.

Pero el caso es conseguir alcanzar las playas de Los Genoveses y Mónsul, y hacerlo olvidándose de la pista de tierra transitada por los coches para caminar por un sendero que corre paralelo a varios cientos de metros que discurre por los montes y atraviesa las vegas y planicies del entorno natural, afortunada y milagrosamente conservado hasta el día de hoy.

Nada más arrancar y a unos escasos cien metros, se alza sobre el cerro la silueta desvencijada de un molino de viento; luego, mirando a la explanada de campos labrados, palmerales y piteras o agaves, la vista se solaza con los colores cálidos volcánicos salpicados de verdes. La senda, tranquila en su apacible recorrido, te conducirá pronto al espectáculo de la bahía de Los Genoveses y su amplia y extensa playa, pasando antes por la sombra de un pinar que atraviesa el camino y el conjunto boscoso de los eucaliptos un poco más adelante  en la retaguardia del arenal playero. En el camino nos sorprenden dos círculos de suelo empedrado, próximos entre sí, de unos diez metros de diámetro. Probablemente –es una conjetura a la luz del molino que dejamos atrás- se trate de lo que fueran en su día una especie de eras empedradas para trillar el cereal cultivado en el entorno.

La belleza de Los Genoveses no puede ponerse en tela de juicio; una bahía espaciosa y bien recogida al abrigo de los vientos y las embestidas del mar.

El nombre del lugar se debe al hecho histórico de la primera conquista de Almería por el rey de León Alfonso VII, el Emperador, Los genoveses y catalanes tenían mucho interés en controlar el tránsito comercial del Mediterráneo y Almería era, para los puertos de Génova y Barcelona, una amenaza en manos de los musulmanes, así que presionaron al rey leonés y, aliados también con tropas borgoñesas, decidieron atacar y conquistar la ciudad y el puerto de Almería.

Los genoveses llegaron con doscientas embarcaciones y fondearon su flota en las aguas tranquilas de la bahía que lleva su nombre. Alfonso VII vendría desde el Reino de León con su ejército y, tras conquistar a su paso la ciudad de Baeza, alcanzaría la plaza de Almería y la tomaría en octubre de 1147.

La ambición y crueldad de los genoveses le crearán no pocos problemas al rey leonés, que no pretendía castigar ni hostigar más a la población infligiéndoles males mayores que los de la derrota y los muertos en combate. Pero los genoveses pretendían arrasar la ciudad y su puerto, y aunque no lo consiguieron tampoco se pudo evitar que secuestraran a mujeres, niños y hombres jóvenes para venderlos como esclavos o utilizarlos en las labores artesanales y agrícolas en las que eran expertos. Al final, tras unos años de dominio, el rey Alfonso VII decidiría abandonar la plaza porque consideraba demasiado gravoso mantenerla. Además, los leoneses, desacostumbrados a estos climas calurosos de paisajes desarbolados, abruptos y con ríos por los que no corría el agua, se adaptaban mal a vivir en este entorno.

Dejando atrás Los Genoveses escogeremos la senda de montaña del litoral, costeando, subiendo y bajando por las laderas rocosas siempre con la vista puesta en los soberbios acantilados o el amplio valle y su llanura acostada a la bahía para –finalmente- acceder a la playa de Mónsul.

La primera visión de Mónsul es la de su tan afamada como casi desaparecida duna, aunque por la cara de espaldas al mar todavía conserva la arena que perdió por la que mira a la costa.

El espectáculo de Mónsul, si al pasar por Los Genoveses es un regalo, es aquí todo un premio gordo. Las aguas frías de octubre lamen las orillas arenosas de una playa salpicada de salientes rocosos volcánicos erosionados y una isleta que, vista desde el ángulo oportuno y según la luz, semeja la enorme boca de una ballena emergiendo del mar. Esta playa y la siguiente de La Media Luna que se alcanza fácilmente rodeando una loma costera, son un destino que justifica sobradamente la caminata desde San José y su vuelta dejando la montaña costera para atravesar la amplia llanura.

Es, sin duda, una suerte que la especulación turística y urbanística no se haya impuesto al interés por preservar estos hermosos parajes naturales. Y esperemos que siga siendo así para la admiración y el disfrute de muchas generaciones.

González Alonso
OTRAS IMÁGENES DE ESTE ENTORNO NATURAL: https://photos.app.goo.gl/mgKw7pTAucuqp1Fp6



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