Esculturas de cartón en el mercado La Dalias.Sería 1970 o 1971 cuando arribaron a Barcelona tal vez los últimos hippies camino de Ibiza. Conocí a algunos y compartí también algunas experiencias propias de la época y la idiosincrasia de los últimos románticos del amor libre, la libertad, la música y la vida sencilla, sin más adornos que aquellos con los que la Naturaleza se viste y sin otro horizonte que el que se abre a nuestro paso a medida que caminamos. Durmieron en mi casa, un piso compartido con otros cinco estudiantes, dos chicas y tres chicos catalanes; dormí en otras casas también compartidas por otros hippies en las laderas de La Floresta, comimos lo que había y lo que cada cual podía buenamente conseguir, reímos mucho y pude entender algunas de sus historias conversando en mi pésimo francés, su peor español, oyendo explicaciones en inglés o alemán y gesticulando mucho, que es lo que más nos hacía reír. Fueron unos meses hermosos.

La Caleta al atardecer.A medida que ellos se iban y yo me quedaba, mientras los despedía en el puerto de Barcelona, en mi interior se iba dibujando la idea de la isla de Ibiza, la Ítaca de Kavafis, el final de un comienzo que era el viaje de la vida. Y esa imagen fue creciendo con los años, haciéndose cada vez más rica y más soñada. Pero nunca fui a Ibiza. Tuvieron que pasar casi 40 años para alcanzar las costas de la isla mítica.

Lista de correos en Casa Anita (San Carles)Buzón de correso en Casa Anita (San Carles)Ahora que he llegado y puedo decir que he recorrido toda su geografía, tengo que confesar que no estoy decepcionado. La isla es hermosa, aunque no la más hermosa del mundo, ni siquiera la más hermosa de las islas que conozco; demasiado presionada por la especulación urbanística, vive los problemas de los destinos turísticos. La isla, que trata de recordar la época dorada de los hippies y vende aquella imagen, sigue oliendo a sándalo; pero las flores ya son de plástico, las drogas no tienen el carácter iniciático de entonces y los mercadillos pueden ser los de cualquier rincón de cualquier ciudad española. Apenas queda algún vestigio, que podríamos llamar histórico, de aquellos años, como es el caso de Casa Anita en San Carles. Las estancias de esta construcción tradicional, con su patio delantero bien sombreado, acogen un bar y restaurante generalmente concurrido. Un enorme buzón metálico de correos en la pared de enfrente y cientos de buzones de madera que hacen de apartados de correos por la pared de la derecha y en el interior del bar. De este modo, los hippies de la zona podían recibir y enviar sus cartas a los cuatro puntos cardinales. Lo curioso es que todavía sigue funcionando el sistema; llega la cartera y recoge la correspondencia o distribuye la que trae clasificada entre los diferentes buzones con nombres de particulares, restaurantes o establecimientos de la comarca. Durará, al menos, lo que dure la costumbre y la necesidad -también romántica- de escribir cartas, incluso cartas a mano, ahora que el correo electrónico a través de la red o el uso de mensajes a través de los teléfonos móviles se está generalizando.

Atardecer desde el poblado fenicio de La Caleta.Ya no hay hippies. Tampoco cabía esperar encontrarlos 40 años después; es demasiado tiempo y las cosas, afortunadamente, siguen cambiando. Pero no importa. Lo que sí importa es el vacío que aquel movimiento joven dejó en la isla y la necesidad de llenarlo, la sensación de pérdida, los recuerdos y evocaciones que todavía siguen vivos en cada rincón, cada pequeña cala, en cada esquina y aroma, cada calle de la vieja ciudad de Ibiza, en cada atardecer.

No es lo importante la isla, llegar o no llegar. Ibiza -como Ítaca- nunca te defraudará porque forma parte de tu interior, o al menos del interior de cuantos una vez tuvimos la suerte de soñarla. Si vas a Ibiza no esperes encontrar ningún paraíso, ni siquiera los paisajes más deslumbrantes. Y cuando vuelvas no cuentes las aguas claras de sus costas, sus caricias de praderas de poseidóneas, los jóvenes en los encuentros de las discotecas y las noches con sus madrugadas de playa, no repares en los hoteles que anidan su litoral, ni en los bosques heridos de buenos chalets y casas residenciales. Lo que cuenta es tu viaje, la riqueza de tus ojos perdidos en miradas como olas y esa sensación de haber puesto los pies en el camino que sigue escribiendo la vida de forma imparable mientras el tiempo se desvanece en el estrecho y contínuo paso del agua por las clepsidras.

Julio G. Alonso

Otras fotos del viaje.

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2 Responses to “En Ibiza. Verano de 2010.”


  1. septiembre 13, 2012 en 07:59

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