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Venecia

Del abrazo entre el río Po y el mar Adriático, nace la ciudad de Venecia. El amor del agua la sostiene, la misma pasión que la hunde hasta sumergirla en el sueño definitivo del tiempo. Pero aún, en medio de la luz resplandeciente de la bahía, la ciudad suspira enamorada.

¿Merece la pena visitar Venecia? La respuesta es que sí, sin dudarlo. Por encima del tumulto turístico y la impronta que marca, desvistiéndola de su estilo de vida centenario, banalizando el consumo de arte, dibujando lo artificioso de algunas costumbres, vale la pena caminar sus estrechas calles, atravesar sus puentes, navegar por sus canales. A fin de cuentas, ¿no sigue siendo Venecia lo que siempre fué, una ciudad comercial? Pues hoy día, el turismo no deja de ser una industria rentable y los venecianos, sustituyendo las caras mercancias de Oriente y el trasiego de la ruta de la seda por el turismo, atraen a su ciudad a gentes de todo el mundo; pero, sobre todo, a los asiáticos.

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El Gran Canal, arteria principal de la ciudad, es una sucesión asombrosa de palacios con el agua subiéndoles por los portales y las escaleras de mármol. Las fachadas resultan ser un alarde de belleza en la multiplicación de amplios ventanales con arcos renacentistas de medio punto y conopiales, columnas, bajorrelieves, mármoles, colores y hasta representaciones pictóricas completas de grandes dimensiones en todo su frente. La mayoría de ellos se han convertido en hoteles; otros, en museos; algunos otros parecen barcos a la deriva aparentemente dados al abandono; todos, se mezclan con iglesias que van jalonando las sinuosidades de esta deslumbrante vía acuática veneciana.

Por encima de Venecia no deja de escucharse el concierto de la música que compone la polifonía de sus barrios. Los gondoleros cantan manejando sus embarcaciones con pericia por entre los angostos canales que rodean el gran teatro de la ópera La Fenice; pero es la ciudad misma la intérprete de una sinfonía que es rumor de agua, luz encajada en las estrechas cornisas que llegan a tocarse en lo alto, ecos de pasos en las esquinas que esconden las calles, brisa de los puentes de piedra y sosiego de las casas y los patios más genuinamente venecianos y de las gentes venecianas, alejados de los hoteles y el fragor de los comercios y los restaurantes, donde aparecen la tienda de barrio y el bar de toda la vida. A medida que te alejas del epicentro turístico del la Plaza de San Marcos, del ruido ensordecedor de los turistas y cuanto se agita a su alrededor, se va abriendo paso suavemente la melodía del alma de Venecia.

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Tal vez una buena manera de apreciar la magia de la ciudad sea dejarse perder en lo enmarañado de su trazado. No hay que hacer, a decir verdad, demasiado esfuerzo para conseguirlo. Venecia es un laberinto caleidoscópico, colores y trazados de calles recorridas por canales que se extienden y desbordan sus límites para alcanzar islas próximas como Lido, Murano o Burano en el amplio delta del Po.

De Lido, decir que es la isla con la playa de los venecianos. En su centro, frente al actualmente abandonado balneario Hotel des Bains, escenario de la película de Luchino Visconti, Muerte en Venecia (1971), basada en la novela de Thomas Mann (1912), se extiende una arena bien cuidada y una distribución armoniosa de sombrillas azules y hamacas mirando al mar que nos evocan con nostalgia, una vez más, el amor del profesor jubilado por la belleza del joven adolescente en la indolencia del verano y que se representaba de manera magistral en la película de Visconti. Pero, igualmente, resulta sorprendente y admirable el magnífico Hotel Ausonia, el cual se eleva con sus esplendorosos azules y ornamentaciones en la vía principal de Lido que discurre, bien arbolada, entre la playa y la estación de embarque del vaporeto.

Murano es el cristal. Alrededor de su canal se multiplican las tiendas, los artesanos y las fábricas, con la más variada creación de trabajos, platos, jarrones, vasos, figuritas de animales, danzarinas, payasos, máscaras y un sinfín de objetos que salen, artísticamente, de las manos del vidriero y el fuego. Casi imposible resistirse a llevarse alguna de esas piezas que ves nacer y formarse ante tus ojos. Como parece también imposible no rendirse ante la belleza bizantina de la basílica de Santa María y Donato y su impresionante ábside en dos plantas con su curiosa columnata. Reseñables, también, los mosaicos que adornan y forman el suelo de esta basílica del siglo XII.

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Burano es el color. En todo lo largo del pequeño canal que atraviesa el pueblo y rodea el pequeño centro urbano, la continuidad de fachadas de colores vivos de todas clases es un desafío al ojo humano y la tentación de capturar su belleza a través de la cámara fotográfica. Avanzas lentamente, te detienes, miras hacia atrás, adelante, a un lado y otro, y en todas las miradas encuentras un motivo que admirar, disfrutar y fotografiar. La iglesia y su torre inclinada se acostan a la amplia plaza rodeada de establecimientos, tiendas y restaurantes, ofreciendo sus servicios para hacer, si cabe, más grata la visita.

Visitar Venecia puede ser visitar el llamativo y sorprendente espectáculo de sus calles y canales; también disfrutar de la gastronomía y la cordialidad de los venecianos. Pero hay también una Venecia cultural, de museos, exposiciones, conciertos y teatros, no menos atrayente. De entre todo ello, imprescindible mencionar el Palacio Ducal, al lado de la catedral o basílica de San Marcos, y el mítico teatro de la ópera La Fenice. Su visita, bien organizada por medio de audioguías, es un regalo al buen gusto y un placer de los sentidos. La belleza de la ornamentación de sus palcos y patio de butacas, que cubren más de tres kilos de oro macizo extendido en los dorados de la sala, resulta muy llamativa. Cautivan los motivos representados y la falsa boveda azulada que forma el techo del teatro, una ilusión óptica realmente sorprendente.

Nunca pudieron ponerle a este teatro un nombre más apropiado, pues fue devorado por las llamas en tres ocasiones (la última, de manera intencionada, en enero de 1996) y en las tres ocasiones ha resurgido de sus cenizas este ave Fénix o Fenice, multicolor y de agraciado vuelo, siendo reconstruído hasta el último detalle cumpliendo el lema: donde estaba, como estaba.

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Convengamos que Venecia representa hermosamente lo efímero de la belleza. Pero, aún sabiendo de antemando su final cierto, merece la pena  dejarse invadir por su emoción. Es por eso que plantearse si resultará o no conveniente viajar a Venecia se convierte en una simple pregunta retórica, porque nadie –en lo más íntimo de su ser- puede renunciar a la la belleza. A fin de cuentas, creo que estamos hablando de la misma vida y la necesidad de amar que la sustenta. Venecia es expresión de todo ello; una de esas creaciones, como un gran poema, una sinfonía, una pintura, que se convierten en grito de nuestros anhelos y reflejo de lo mejor del ser humano. Porque nos reconocemos en su belleza, nos quedamos. Venecia te espera.

González Alonso

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Otras notas.-
Está bien dejarse perder por Venecia y probar suerte con los restaurantes. Es una ciudad cara y los precios aumentan a medida que te acercas a la Plaza de San Marcos.

En la misma Plaza de San Marcos, donde hay hasta cuatro locales que ofrecen música en directo, tomarse un café en alguno de los reservados del Florian o en los mismos soportales de la plaza es un pequeño placer.

El restaurante que más me gustó está en el mismo lugar del que menos me gustó, ambos en el Campo de Santa Margarita. Muy buena la pasta, en su punto, casera, con gusto, en raciones adecuadas y buena relación con el precio, en el restaurante Do Torri. También ofrecen buen marisco.

En el otro extremo de la plaza y al otro extremo de la calidad, está el Restaurante Pizzeria Ai Sportivi. Te ofrecen complementos de los platos que te los cobran aparte sin avisar que no están incluídos en el plato; pueden servirte un entrecote que pides poco hecho trayéndote un trozo de carne seca que no pasa de filete. Los pescados sin sabor y la pasta congelada, mal hecha. Eso sí, en raciones abundantes.

Sólo son ejemplos de las sorpresas que, como en cualquier viaje, puedes llevarte. Es cuestión de suerte.

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