(Bolivia)Por La Quiaca a Tupiza y el salar de Uyuni en el tren wara-wara (14, 15, 16 y 17 de octubre de 2013)

El viaje a La Quiaca inicia su ascenso para pasar de los 2900 metros de altitud de Humahuaca a los 3400 metros  después de haber sobrepasado los 3800 metros de altitud durante alguno de los tramos del recorrido. La carretera se hunde entre las montañas durante unos pocos kilómetros siguiendo el curso del río; el resto transcurre por la altiplanicie en la que las vicuñas pastan la escasa, rala y seca vegetación. De todos modos, en diferentes ocasiones aparecen a nuestra derecha formaciones espectaculares de diferente colorido y una belleza semejante a la de la famosa Colina de los Siete Colores de Purmamarca o la del   paisaje que se ofrece a la vista desde el Hornocal, en Humahuaca, y sus impresionantes 4300 metros de altitud.

Aunque vamos haciendo una subida escalonada y nos estamos adaptando relativamente bien, la altura empieza a hacerse notar y el recurso a masticar hojas de coca nos ayuda, o eso creemos, a superar los trastornos de estas altitudes.

La Quiaca es un pueblo de frontera cuyo destino está unido al de Villazón en la parte boliviana y al funcionamiento del tren que ahora se encuentra suspendido desde hace un año por obras de reparación y reconstrucción de parte de la línea y un puente. Así que, de momento, el tren llega hasta Tupiza , a más de cien kilómetros al interior de Bolivia.

El paso de frontera te retrotrae a la situación en España hace más de cuarenta y cinco años en los pasos con Francia, Portugal o Marruecos. La acumulación de gente es enorme desde primera hora de la mañana. A pesar de los acuerdos entre argentinos y bolivianos para agilizar el paso las cosas se complican, sobre todo en los casos de de familias con hijos menores. El trámite de pasaportes para extranjeros es bastante caótico, yendo de las manos de un funcionario a otro hasta que te los devuelven sellados para la firma del registro y la carta migratoria.

Villazón, en la parte boliviana, es el trasiego de casas de cambio de moneda, tiendas, restaurantes y puestos de comida callejera que va desde la frontera hasta la estación de autobuses, dejando una plaza bastante amplia a mano derecha, en una larga calle en cuesta. Los carritos para transportar las maletas que arrastran penosamente por unos pocos pesos bolivianos o argentinos, que todo vale, algunas personas de origen muy humilde entre los que predominan los rasgos indígenas, ofrecen un espectáculo que no me atrevería a calificar sin recurrir a las condiciones impuestas por la dureza de la pobreza.

Tratando de mantener la cabeza despejada en medio del clamor de ofertas de transporte para llevarte  hasta Tupiza y con la vista siempre fija en el equipaje, al fin conseguimos la mejor oferta en el transporte de autobús. No queda claro cuál es el precio del pasaje. Al subir, una mujer de uniforme nos pide dos pesos por usar la terminal de autobuses y a regañadientes nos entrega un boleto en el que consta el precio de un peso. El autobús gime por una pista polvorienta hasta alcanzar la carretera asfaltada a la salida del pueblo. El olor a hoja de coca y la poca limpieza del vehículo forman un todo del que es mejor abstraerse.

Las horas avanzadas del día cubierto de nubes visten los paisajes de una aridez de colores aún más intensos. Las montañas, poco a poco, nos van cercando hasta meternos entre hoces y pasos estrechos. Colores a izquierda y derecha sobre las paredes erosionadas y verticales. Luego, la montaña se rinde y se abre en valles angostos y bien trabajados con parejas de bueyes al yugo. Adobe y verde intenso de los campos sembrados. Seguimos río arriba y la sucesión de valles es la sucesión de paisajes diferentes e iguales a sí mismos. Al final de esta diversidad, Tupiza. Ciudad a pie de estación de ferrocarril que ofrece a los amantes de caminar  rutas por parajes de excepción. Final de viaje y comienzo de otro más largo hacia Uyuni. En medio, una comida sencilla y casera: sopa de agua, zapallito con arroz y carne, también con arroz, acompañado de maíz cocido.

El tren wara-wara o tren de las estrellas arranca ya de noche desde Tupiza. Se trata de un largo tren de vía estrecha. En la estación se amontonan sacas y bolsos de mercancías de  personas de rasgos e indumentaria indígenas que esperan sentados en el suelo. Existe la posibilidad de facturar el equipaje. Cuando se inicia la subida al tren se da todo un trasiego de bultos en busca de acomodo. El vagón arroja un olor ácido y fuerte a sudor de campo y trabajo que se mezcla con los olores a comidas y platos tradicionales que la gente, lentamente, empieza a consumir. Pero hay un olor por encima de todos que sobrevuela e impregna el ambiente, y es el de las hojas de coca que cada cual va acomodando en la boca y dando vueltas con parsimonia formando una bola.

El recorrido del tren, aun en la oscuridad, no deja de asombrar. Las montañas se acercan cada vez más a la línea férrea y ésta se empina por riscos y sobre cárcavas tan profundas que cuesta adivinar el discurrir de los ríos por sus profundidades. Puentes y curvas interminables. El tren se estira pesadamente arrojando sus luces a los abismos y contra las paredes recortadas de las cimas. En medio de esa inmensidad abrazada por la oscuridad, el tren es un gusano de luz que avanza tembloroso, pero inequívocamente decidido a conquistar cualquier altura. Luego siguen las planicies para estrecharse de nuevo en gargantas, valles cultivados y verdes, de nuevo planicies polvorientas y otra vez el discurrir, río arriba, salvando obstáculos, hasta llegar a Uyuni. Es la una de la madrugada y el viento frío es el único rumor mezclado con el arrastrar de maletas hasta el alojamiento.

Desde Uyuni, en un todoterreno, empieza el recorrido por el salar y los desiertos de las cumbres andinas. El salar de Uyuni es, en sí, espectáculo y espejismo. La inabarcable extensión blanca salpicada de islas como la del Pescado, deslumbra con sus reflejos sobre los que parecen flotar las cordilleras circundantes. Vivir la magia del salar da paso, tras bordear otros parajes desérticos y campos cultivados de quínoa, a la magia de pasar la noche en un hotel de sal. La extraña sensación de la luminosidad de su interior con el suelo en el que pisas la sal suelta y de sus muros formados por bloques de sal compactada se complementa con la calidez y agradable temperatura.

El recorrido del día siguiente continúa sin descanso por otros salares y desiertos, como el de Dalí con sus formaciones y tonalidades surrealistas o el de Siloli con su árbol de piedra para llegar al Parque Nacional de la Laguna Colorada e intentar dormir en medio del intenso frío de los 4200 metros de altitud, llevando como mejor se puede el mal de altura con la sensación de falta de aire para respirar o el intenso dolor de cabeza. Una noche corta, pero eterna. Imposible conciliar el sueño sin sentir la ansiedad de la falta de oxígeno. A las cuatro y media de la madrugada había cinco grados bajo cero. Y con esas horas y esos fríos arrancamos hacia los geiseres, las lagunas Blanca y Verde, los volcanes, y sobrepasar la cota de los casi 5000 metros de altitud.

Ciertamente resulta una experiencia dura. Pero, ciertamente también, todo el cúmulo de sensaciones que la Naturaleza en estado puro nos ofrece es un regalo inestimable que nos provocará sentimientos y emociones para las que no habrá nunca olvido.

Bolivia se acerca a su frontera con Chile hacia las nueve y media de la mañana. Otra historia.

Julio Glez. Alonso

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4 Responses to “07-De La Quiaca (Argentina)por Villazón a Tupiza y el Salar de Uyuni en el tren de las estrellas (Bolivia)”


  1. 1 ITZIAR GOROSTIZA
    noviembre 3, 2013 en 22:06

    !!Cuanto belleza en la luz, el color, el aire, la altura…!! Un abrazo para todos valientes viajeros, que la madre naturaleza os acoja con sus crudos contrastes e inmensidad.
    Agurtzane la segunda voz está superando su soledad y reafirmando sus capacidades en las nuevas canciones “Tema de Lara” y “Oi Ama” de Benito Lertxundi. Te esperamos con los brazos abiertos.

    • noviembre 8, 2013 en 19:21

      Yo te doy las gracias todas por tu presencia y Agurtzxane me dice que te diga que os habéis metido en un buen berenjenal con el tema Oi ama, de Lertxundi. Es bonito, pero… De todas formas, “¿qué se nos ha puesto a nosotros por delante hasta ahora?”… Añade que cuando vuelva necesitará clases de recuperación porque estará desentrenada.
      Abrazos y abrazos.
      Salud.

  2. 3 Amagoia
    noviembre 6, 2013 en 00:22

    vidorra padre la que os estais pegando…………disfrutad……besos.


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