La Mancha: De Almagro a Villanueva de los Infantes y alrededores ,2017

Volver a Almagro es volver a descubrir sus rincones con cada luz del día y reparar en detalles inadvertidos, renovar las experiencias de la ciudad asentada en medio de las tierras rojizas que le dan nombre. Y recuperar sabores y gustos gastronómicos en ella y en todo su entorno.

Porque otra manera de volver a Almagro es la de participar en sus festivales de teatro clásico admirando y admirándose con sus propuestas escénicas; pero también lo es la de tomar carretera adelante y, al modo de don Quijote, explorar el ancho espacio manchego, ya que no con gran espíritu aventurero, sí –al menos- con curiosidad y gusto.

Así, en esta oportunidad, partiendo de Almagro y pasando sin detenernos por Valdepeñas, llegamos a Villanueva de los Infantes para seguir por Montiel, Albaladejo, Torre de Juan Abad, Castellar de Santiago, Terrinches, Torrenueva, Sta. Cruz de Mudela y volver –también sin entrar en Valdepeñas- a Almagro.

Un recorrido dispar en el que se puede apreciar la recia arquitectura tradicional salpicada de casonas blasonadas de antiguos hidalgos, la solidez arquitectónica, urbanística e histórica de Villanueva de los Infantes y el paisaje montañoso del recorrido, alternando con amplios y fértiles valles.

verso: Óyeme con los ojos - Sor Juana Inés de la CruzPodemos destacar de la experiencia de Almagro la iniciativa “Apartes, Intervenciones artísticas”, con los mensajes de sus versos escritos en los suelos y aceras de la ciudad, y una exposición en el Espacio de Arte Contemporáneo en la que Dionisio Cañas hace una intervención poética con los poemas traducidos al árabe “a modo de homenaje a los moriscos de Almagro” (sic). En torno al tema de los refugiados Carla Fibla proyecta el documental I Am you / Soy tú. También se puede ver sobre la fachada del edificio del Convento-Universidad Renacentista, cómo Juan López establece una relación entre arquitectura y tipografía fijando en la pared la palabra “verdad” (como conceptoárbol con libros renacentista enfrentado a la “apariencia”) que compondrán las mismas piedras del edificio por medio de la contraforma de las letras que se verán completas al ser iluminadas en la noche. Interesante, también, resulta la propuesta de Alicia Martín que, utilizando un árbol muerto del que brotan innumerables libros, construye la escultura que titula “Sólo vine a ver el jardín”.

En el terreno gastronómico, sin abandonar lo cultural, hay que mencionar la iniciativa “Sabores del Quijote” patrocinada por la Diputación y el Ayuntamiento, con los cocineros Víctor García Chocano y Víctor Villarejo, en el claustro del Museo del Teatro de la que abundan los detalles en el artículo “Los sabores del Quijote en Almagro, 2017”.

Y otras anécdotas –además de las referidas al teatro en el artículo “Festival Internacional de Teatro de Almaro, 2017”- se refieren a las experiencias culinarias del momento.

Destacaría, por un lado, las excelencias de los productos que pueden encontrarse en “Casa Morris” (C/ Las Cruces, 3) como los quesos, la miel o las consagradas berenjenas de Almagro que esta casa sirve al Parador Nacional. En la Plaza Mayor resultan tranquilos los desayunos a la sombra de las primeras horas de la mañana de la Cafetería Teo y en la misma plaza y a otras horas el picoteo en el Biki Bat, con nombre en euskera (Un gemelo) y sus helados de turrón. Aunque no dispone de cocina y los platillos son recalentados, el producto final tiene un toque de dignidad que no desmerece.

Y como todo trueca en la vida, la decepción viene servida por La Posada de Almagro, que conserva el encanto de sus espacios, patios balconados y arquitectura, pero que ha perdido el atractivo de años anteriores en su oferta gastronómica, con un servicio bastante mediocre. (Artículo anterior con cita de La Posada: “Ciudad Real y otros lugares del Quijote”).

El viaje a Villanueva de los Infantes, dejando a un lado Valdepeñas, es un contraste de colores entre el verde de los olivos y los suelos rojizos con el contrapunto calcáreo de sus montañas a través de la Sierra del Moral, la Sierra de los Bailones y, más allá, la Sierra de Alhambra.

Villanueva de los Infantes presume mucho de quijotesca y cervantina; pero, sin dejar de serlo, es mucho más de Francisco de Quevedo. La adscripción a esta villa de la casa del Caballero del Verde Gabán no pasa de arbitraria. Es cierto que la casa es hermosa, bien construida y atractiva, pero no encaja en la topografía literaria de la novela de Cervantes, e imaginar que pudo inspirarse en ella para escribir el capítulo XVIII de la Segunda parte del Quijote es mucho imaginar. No obstante, ahí está y sirve de atractivo turístico que hace posible, al menos, disfrutar de su visita. En la Plaza Mayor, sendas representaciones escultóricas en bronce de Sancho con su burro y de don Quijote frente a Rocinante reivindican las figuras de estos personajes y la de su autor, Miguel de Cervantes Saavedra.

Pero más allá de lo dicho, Villanueva de los Infantes merece la atención de sus edificaciones, casonas y palacios, junto a la iglesia de San Andrés, proyecto gótico de una sola nave y bóvedas de crucería que acoge los restos del escritor Francisco de Quevedo y Villegas en la cripta de una capilla lateral. Podemos prestar atención, de igual modo, al claustro de la Alhóndiga o antigua Casa de Contratación, el convento de Santo Domingo en el que se encuentran las habitaciones, celdas del mismo convento, en las que Quevedo escribió y vivió en sus últimos días, la Casa de los Estudios o el convento de los Trinitarios, la orden que se encargó de conseguir la liberación de Cervantes de su prisión en Argel.

La llamada Casa de los Estudios, muy bien conservada, consta de planta baja con patio interior cuadrado en el que se encuentra un pozo. No es muy grande, pero es muy bella en su estructura sencilla y los elementos arquitectónicos que contiene, destacando las columnas, balaustradas y artesonado de la galería superior. Se dedicó a la Enseñanza, principalmente del latín, y se supone que Quevedo recibió, dio clases –o amabas cosas a la vez- en este establecimiento.

Hay otra visita inexcusable en Villanueva de los Infantes; se refiere al centro de información y Museo de Arte Contemporáneo El Mercado, construido –como su nombre indica- en lo que antaño fuera el mercado del pueblo. En esta oportunidad pudimos disfrutar de una amplia e interesante exposición fotográfica de la colección particular del actor Gabino Diego. Magníficas fotografías con la triple temática del mundo infantil, la figura femenina y los animales, aunque recoge otras instantáneas de artistas como los Beatles. Entre las más de cien fotos expuestas figuran autores como Robert Freeman (fotógrafo de los Beatles), Alberto García-Álix, y fotógrafas de la talla de Cristina García Rodero o Isabel Muñiz. Entre otras firmas pueden encontrarse obras de Javier Vallhonrat, Edouard Boubat, Lewis Hine o Leonard Freed.

A partir de Villanueva de los Infantes lo paisajístico cobra protagonismo en el recorrido. Subiendo y bajando puertos por encima de los mil metros, las montañas y los valles distribuidos a lo largo de las estribaciones béticas de la Sierra de Alzaraz aparecen a la vista sugerentes y atractivos incluso en las horas más centrales de los días de verano.

Pasando Montiel, cuyo mayor interés reside en el castillo roquero alzado sobre un cerro, la visita que va a merecer la pena es la del pequeño pueblo de Torre de Juan Abad. La solidez de sus construcciones en piedra; en el entorno de la plaza del Ayuntamiento y la plaza del Parador con su antiguo mesón o posada nos encontramos con la que fue casa de Quevedo, en la que vivió de grado o por fuerza, según las circunstancias, y que hoy está convertida en museo dedicado al genial escritor. En su retiro forzado escribe: “Los jueces me han condenado a destierro de la Corte; yo a ellos a permanecer en la Corte y en la cortedad”. “Puedo estar apartado, más no ausente; y en soledad, no solo”. Francisco de Quevedo fue Señor de la Torre de Juan Abad, constituyéndose a su muerte el “Señorío de Quevedo” que ha venido perdurando durante más de dos siglos a través de sus familiares descendientes, hasta mediados del siglo XIX. A esta casa volvería al abandonar la cárcel de León, en un frío torreón de San Marcos a orillas del río Bernesga. Llegó muy enfermo y no tardaría en morir en Villanueva de los Infantes bajo los cuidados de los dominicos el 8 de septiembre de 1645.

Del lugar sobresalen, además, una ermita templaria y la iglesia con su órgano barroco, construido por Gaspar de la Redonda Zevallos en 1763.

El recorrido de vuelta hasta Almagro sigue su tónica paisajística pasando por Castellar de Santiago, Torrenueva y Sta. Cruz de Mudela.

En el terreno gastronómico, aprovechando para hacer la comida del mediodía, pudimos apreciar el ambiente rústico, acogedor, del restaurante El Parador (C/ Rey Juan Carlos, 3, en una esquina de la Plaza Mayor) de Villanueva de los Infantes. Nos sedujeron la calidad de sus carnes, en un excelente solomillo, así como la preparación del plato de mollejas, con buen servicio y buena relación entre la calidad y el precio.

Y como todo acaba mejor si al arte, la cultura y el paisaje les acompaña un buen yantar, la experiencia del restaurante precitado El Parador sirvió a ello con toda eficacia, abriendo un esperanzador paréntesis hasta una nueva visita.

González Alonso

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