¿QUIERES PECAR CONMIGO?
Borja Rabanal
Compañía Eixample Teatre
Dirección: Borja Rabanal y Joan Olive
Reparto: Ana Villa es Paz; María Petri es Mónica; Arantzazu Ruíz es Gloria; Ernest Fuster es François de la Fleur; Víctor Fajardo es Roberto
Teatro Campos Elíseos
Bilbao
17 de mayo de 2026
Una buena mañana de primavera, que prometía ser lluviosa, sirvió al caso de descubrir la risa en la comedia de Borja Rabanal, ¿Quieres pecar conmigo? La risa es la cosa más seria del mundo. Por necesaria. Y pretender desautorizar esta comedia o cualquier otra por el hecho de perseguir desatar la risa sin otra pretensión, es un error o mantener una postura falsa ante el teatro que, desde los tiempos de Aristófanes y su Lisístrata, ha explorado con éxito esta opción.
No significa, dicho lo anterior, aprobar cualquier tipo de risa a cualquier precio, como pudiera ser la vulgaridad y los lugares comunes traídos a contrapelo con grosería; estamos hablando de la risa que viene del humor inteligente, destapado en actuaciones gamberras y desenfadadas como el que nos muestra esta comedia. Una fórmula exitosa que cumple seis años de representaciones en Madrid, Barcelona y ahora por toda España.
El argumento es un pretexto para describir de manera muy natural algunas formas de vivir la superficialidad de la búsqueda del éxito virtual en las redes sociales y la banalización del comportamiento sexual y los sentimientos, dejando en un lugar secundario el valor de la cultura y su adquisición, para dar paso a la búsqueda de otras formas de explorar el bienestar físico y espiritual a través de ritos y filosofías de moda, yoga, sexo tántrico y demás. Nos conduce todo ello a descubrir lo que somos debajo de lo que aparentamos ser, como la monja que hace acto de presencia en el piso de las jóvenes treintañeras, las cuales intentan encontrar la forma de tapar los agujeros de sus deudas de la manera que sea, engañando a una monja o engañando a su casero. Con una alta dosis de humor, a veces sarcástico, y acumulación de bromas sin complejos en torno al sexo, tocará esta comedia los temas cotidianos que todos entendemos y vivimos cada día, desnudándolos de vergüenzas y haciendo aflorar los pensamientos y sentimientos reprimidos. Sabemos que la vida no va a ser así, pero nos gustaría que se pareciera en algo a ella, y esa fantasía –explicitada sobre el escenario- nos libera junto con la risa. Sin pretender hacernos reflexionar, también encontramos esa puerta abierta.
El ritmo de la interpretación es muy trepidante y sostenido durante la más de hora y media de representación, y la actuación de actrices y actores es valiente, descarada y desenvuelta, consiguiendo que la comedia funcione y alcance su objetivo, entretener y hacer reír al espectador.
Todo, hasta aquí, es teatro. Y todo, hasta aquí también, es vida. Y, mientras tanto, sigue la mañana amable de primavera paseando las calles de Bilbao.
González Alonso
Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada, mujer hermosa, de belleza serena, apasionada, gran imaginación, vehemente, luego Teresa de Ávila, Teresa de Jesús por decisión propia y Santa Teresa de Jesús, al fin, nos seduce todavía hoy como ayer, después de los 500 años de su existencia, la de una vida marcada por un objetivo: la felicidad; la suya y la de los demás.
Dicho lo anterior, que ni quita ni añade méritos a la obra de Teresa, digamos que su personalidad resultó ser arrolladoramente seductora y apasionada. Ya de niña, leyendo la vida de los santos y los mártires, había ideado escaparse con su hermano a tierra de infieles para sufrir el martirio. Luego, de jovencita, le cogió gusto a las novelas de caballerías de las que fue gran lectora y vivió con intensidad sus amores, batallas, sufrimientos y heroicidades. Todo ello contribuyó a la formación de un lenguaje literario y el modo de abordar, entre otros, el tema amoroso. También la lectura de la obra de San Agustín, como Las Confesiones. Pero la vida religiosa fue lo que cuajó en su alma y acabó siendo monja en contra de la voluntad de su padre. Destaquemos, por encima de todo, el valor que Teresa atribuía a la lectura y las obras literarias, hechas de la palabra, que es la vida y la sabiduría que mueven a la acción, a la que ella se entregó de forma generosa y continuada.















Bueno, éstas y otras muchas preguntas y respuestas me daban vueltas en la cabeza mientras persistía en el intento de ser sorprendido, sacudido emocionalmente o secuestrado por la belleza de alguna obra expuesta, cuando reparé en el mismo museo, el continente de tanto intento artístico, y sus sofisticados espacios. Creí ver cómo la arquitectura no convencional del Guggenheim se erigía como monumento artístico, desafiante, de arriesgada estética, pero también funcional al ser capaz de dar cabida a las exposiciones de representaciones simbólicas que a su vez acogen, o lo pretenden, sensaciones, conceptos, juicios críticos, denuncias, dudas, altos conceptos y en muchas ocasiones también, disparates inasequibles que ni su autor sabe explicar. ¿Será cada obra de arte un museo guggenheim que encierra una belleza a la que soy incapaz de acceder? ¿Estoy tal vez dentro de la obra artística sin acertar a ver sus espacios, sus rincones, los misterios de su simbolismo?