LA FOTO DE CLASE
Tal vez sería marzo o abril. El día muy claro, el cielo azul intenso. Hacía todavía frío, pero don Julio nos había explicado que íbamos a hacernos una foto y allá íbamos todos limpios y guapos -todavía era el tiempo de por un lado las chicas y por otro los chicos-.
Después de un rato para colocarnos según estatura y edad, venía la foto. Se hacía esperar, el sol pegaba de frente y no había forma de mantener los ojos demasiado abiertos, así que se fruncía el ceño o se cerraban directamente esperando el momento del clic para abrirlos, pero cuando lo oíamos ya era tarde y salíamos con cara de dormidos.
Mino, Vilches, Toño Mayorga, Jesús el del médico, Celso, el otro Jesús o el boti, Titín o Vicente el de Visita, Julito, Manolo el de Marcial, Esteban el del tranviario, Morales, Ismael, Matías, Mazón, Tino, Joaquinito, Amadeo, Manolo, Cesarín, Toño el de Mirantes, Julio, Enrique el del Español, Enrique el portu, Marcelo… ahí y hasta donde la memoria alcanza con los nombres, que las caras y algunas aventuras y desventuras no se olvidarán nunca, patrimonio de la infancia gordonesa de La Pola de entonces.
Corría, creo, el año 58 o 59. Estábamos descubriendo el bolígrafo, pues todavía escribíamos con tinta y el plumín metido en su palillero cuando se trataba de escribir «en serio» y en el cuaderno de clase, aquella especie de diario que empezaba con la fecha y la máxima del día. Habíamos dejado la pizarra y el pizarrín, o casi, y don Julio nos había enseñado cómo funcionaba el bolígrafo Bic, los kilómetros de renglones que se podían escribir con aquella barra estrechina que se podía ver a través de la parte transparente del bolígrafo, que, además, podía cambiarse por otra de color rojo que utilizaba el maestro para corregir, ya que la que tenía para escribir era azul. Y nosotros escuchábamos y observábamos los movimientos del maestro manipulando el moderno bolígrafo mientras nos lo mostraba, admirando su trazado continuo y fino en un pequeño papel, cómo la tinta se secaba de forma inmediata, todo como si fuera una gratuita sesión de magia.
Después venían las consideraciones sobre el uso legal del invento, que si para firmar documentos oficiales no servía, que si la escritura con tinta fresca era de otra calidad, que si esto o que si lo otro. Y volvíamos la mirada a nuestros tinteros de porcelana; don Julio repartía con cuidado la tinta hecha a mano en una botella y nosotros nos agarrábamos a los palilleros para escribir la máxima del día con la conciencia de utilizar algo valioso, algo necesario para poder escribir documentos oficiales e importantes.
El bolígrafo del maestro descansaba en el bolsillo superior de su chaqueta, al estilo de las nobles plumas estilográficas, pero investido de modernidad. ¡Pero no servía para firmar papeles legales!¿Serían, entonces, legales las correcciones que nos hacía el maestro con este artilugio? Y seguíamos escribiendo atentos a no echar borrones en el cuaderno y hacer aquella letra ligada inglesa que tanta claridad y elegancia daba a los textos. Hasta el recreo.
González Alonso

Fue, también es posible, ese incipiente realismo mágico que habías inaugurado en Buenos Aires lo que más impresionó el alma adolescente de aquel primer lector de teatro. Y también, pueda ser, una de las causas o razones que desataran mi vocación y fervor por las artes escénicas representando y dirigiendo más tarde algún grupo de teatro juvenil con cierta aceptación o participando brevemente de la experiencia en otros como Los Cátaros de Alberto Miralles en Barcelona.
El argumento: Un grupo de amigos acostumbran a invitar a cenar a una persona que consideran idiota para burlarse de ella dejándola hablar y provocando sus explicaciones, a veces engorrosas; pero finalmente el supuesto idiota pone en evidencia a los burladores generando un verdadero caos al quebrarse las intenciones de estos amigos de la risa a costa de los demás.





Cada vez que atravesaba la plaza no podía evitar una sonrisa contemplando aquellos tallos repartidos por doquier desafiando al tiempo, el sol y la lluvia, y tal vez la tentación de ese alguien que siempre existe para destrozar –sin que se sepa por qué- lo que hacen los demás. También me preguntaba por las motivaciones de la persona que había asumido ajardinar aquellos espacios baldíos. Por qué lo hacía y para qué más allá de dotar de un aire fresco y colorido la plaza de la urbanización.




