Compañía Teatro del Acantilado
Producciones Come y Calla
Interpretación, Natalia Huarte
Texto y dirección, Alberto Conejero
Teatro Barakaldo
7 de marzo de 2026
Vivimos tiempos convulsos. Leonora Carrington vivió tiempos convulsos. Y violentos. ¿Cuándo el mundo se ha sosegado un instante? Apenas puedo recordar algún periodo de tranquilidad, sin miedo o tensiones en nuestra sociedad o las sociedades de otros países.
Y, mientras tanto, en arte y la poesía se abren paso, florecen y se marchitan o mueren aplastadas por las botas de los soldados o las bombas que llueven de los cielos de la ira.
Leonora fue flor en el árido desierto de la incomprensión, las guerras y las postguerras, en ocasiones más crueles que las mismas guerras. Y, llevada en alas del amor o la pasión por la pintura o la rebeldía y el ansia de libertad, cruzó fronteras, enfrentó la devastadora violencia física y psicológica, miró de frente a los ojos de la muerte con las armas de su genial experiencia del arte y una fuerza de voluntad sin límites. El escenario de todo ello, la Segunda Guerra Mundial de 1940 y la postguerra española tras la cruenta sublevación militar de 1936 contra la II República, su derrota y la instauración de una cruel y dilatada dictadura.
Pero, yendo al teatro y cómo llevar todo esto a una representación, he de advertir lo que a mí me parece la enorme dificultad de dramatizar dolorosa y poéticamente, con –en ocasiones- alguna concesión socarrona y un respiro de felicidad, la experiencia vital de la pintora surrealista Leonor Carrington. Y tener que hacerlo con un solo personaje en escena, el de la misma Leonor, el reto se convierte en desafío que pudiera resultar insalvable.
El escenario, desnudo de todo, se convierte, desde la oscuridad de sus sombras, en un enorme lienzo en blanco sobre el que la actriz Natalia Huarte irá dibujando y dando color a los episodios más relevante del personaje. Y en esa desnudez total se arropa la vida de Leonor.
Iniciará su relato desde el patio de butacas anticipando lo que vendrá mientras se acerca a ese lienzo, metáfora de su vida, sobre el que irá dejando los trazos surrealistas de lo que quiso ser y lo que la dejaron ser.
El ritmo, mantenido con pulso firme, irá creciendo poco a poco y la tensión dramática con él, permitiéndose algún que otro rasgo de fina ironía, para llegar a los episodios más desgarradores y profundos de la existencia de Leonora.
Qué decir, qué más se puede decir de la obra y su puesta en escena; buena la dirección escénica de un texto muy bueno; acertada y mágica la iluminación, como acertado fue el espacio sonoro; excelente la interpretación de Natalia Huarte, creíble, natural, honesta y sin concesiones al sentimentalismo. Y así, digo, se hace el teatro. Y así se puede ver y agradecer el teatro.
González Alonso






Bueno, éstas y otras muchas preguntas y respuestas me daban vueltas en la cabeza mientras persistía en el intento de ser sorprendido, sacudido emocionalmente o secuestrado por la belleza de alguna obra expuesta, cuando reparé en el mismo museo, el continente de tanto intento artístico, y sus sofisticados espacios. Creí ver cómo la arquitectura no convencional del Guggenheim se erigía como monumento artístico, desafiante, de arriesgada estética, pero también funcional al ser capaz de dar cabida a las exposiciones de representaciones simbólicas que a su vez acogen, o lo pretenden, sensaciones, conceptos, juicios críticos, denuncias, dudas, altos conceptos y en muchas ocasiones también, disparates inasequibles que ni su autor sabe explicar. ¿Será cada obra de arte un museo guggenheim que encierra una belleza a la que soy incapaz de acceder? ¿Estoy tal vez dentro de la obra artística sin acertar a ver sus espacios, sus rincones, los misterios de su simbolismo?
Desobedientes 18/98
Vamos a ver. Para empezar, teatro, teatro… no. Creo que sería mejor definir este espectáculo como “conferencia dramatizada” para hablar sobre la desobediencia civil y la insumisión. A partir de ahí, con el texto como principal protagonista y los argumentos esgrimidos a favor de una actividad social como es el impulso de la desobediencia civil tendremos lo que se presenta como obra de teatro.
No cuestionaré la natural necesidad del ejercicio de la libertad para oponerse a leyes injustas; lo que resulta problemático es decidir quién tiene la facultad de definir una ley como injusta y desobedecerla. Y no tengo una respuesta, pero sí muchas dudas. También tengo la certeza de que, democráticamente, las leyes van cambiando y adaptándose a las necesidades del pueblo y su voluntad. Así la ley del aborto, el divorcio, la eutanasia, los matrimonios homosexuales, etc. se van abriendo paso y aplicándose con mejor o peor acierto. Siempre se ha dicho que las leyes van por detrás del desarrollo de la sociedad. Es la misma sociedad en su conjunto la que finalmente impulsa los cambios. Por eso en la obra representada se dice que no es Martin Luther King quien crea el movimiento contra la discriminación de los negros, sino la sociedad quien crea a Martin Luther King. El papel de asociaciones y movimientos pacifistas es importante en cuanto a la organización y extensión de la sensibilidad social para el cambio. Ocurrió en España con la obligatoriedad de la mili o con la paralización en Euskadi de la central nuclear de Lemoniz, a pesar de la nefasta injerencia de ETA. 
En la aparición de la atracción amorosa se da una variable a considerar no prevista durante la experimentación, y es que la pareja se ve y tiene interrelación antes de iniciar el ensayo. ¿Pudo darse en ese momento el inicio del enamoramiento? ¿Qué efectos pudo producir la posterior administración de dopamina en esa atracción? ¿Se podría realmente comercializar un elixir de amor? Se abren así otros interrogantes en torno a la verdadera naturaleza del sentimiento amoroso. Otro problema a considerar será si a los efectos terapéuticos buscados se les puede añadir otros efectos secundarios o efectos adversos graves por una sobreexposición accidental o mal calculada. En el caso que se nos presenta, el joven sufrirá una amnesia general temporal de pronóstico incierto.




Naturalmente, a través de la larga historia de amor de dos personas ancianas se suceden escenas previsibles y momentos reconocidos, felices y dolorosos, que se pueden anticipar fácilmente. Eso no es un problema; el problema sería contar dichas escenas o mostrarlas de forma plana o superficial. El trabajo de profundizar en ellas y en sus consecuencias, es lo que las hace válidas para el teatro en la puesta en escena.
Pero la costumbre de la cuelga será, pienso, menos conocida. El caso es que los cumpleaños se celebran en León (capital y provincia) de esta manera; una manera tan peculiar como única de la que se desconoce el origen o, al menos, no se tiene gran certeza ya que la tradición se ha ido transmitiendo de forma oral de generación en generación sin que se sepa que haya constancia de documentos escritos de antigüedad significativa. Aun así, si damos crédito a los versos que escribió Quevedo a lo largo de los cuatro durísimos años de prisión en las mazmorras frías y húmedas de lo que fue Hospital de San Marcos en León, hoy lujoso y confortable Parador Nacional, la costumbre de la cuelga ya se practicaba en los cumpleaños del siglo XVII.
Hoy, a la otra orilla del río, se abre un ameno y agradable parque poblado de setos, estanques y árboles de distintas clases, desde castaños a robles y tilos, al que se le ha puesto el nombre de Parque de Quevedo y en el cual le rinde homenaje un pequeño busto del escritor y poeta. No sabemos lo que diría Quevedo si alcanzara a tener noticia de todo ello y si el dolor de sus huesos sería menor al sol del invierno en el parque o a la sombra del verano junto a las fuentes y estanques.