Blas de Otero, a 100 años de su nacimiento

Ya para siempre los centenarios del nacimiento del poeta Blas de Otero irán hermanados con los de la muerte de Miguel de Cervantes y los cuatrocientos años que los separan. Es éste de 2016 el primer centenario del nacimiento del autor de “Pido la paz y la palabra” (1955) y antes “Ángel fieramente humano”(1950) y “Cántico espiritual”(1942). Éste, también, el cuarto de la muerte del autor del Quijote. Y a uno y otro, en mi opinión, les debemos mucho más de lo que hacemos por divulgar sus obras. Somos los españoles un poco rácanos a la hora de valorar nuestras cosas y reconocer a nuestros autores. Los porqués los desconozco.

Podía pensarse que 2016 iba a ser el año de Blas de Otero. Imaginaba muchos más actos, más reconocimientos, más reediciones de su extensa obra, mesas redondas, espacios televisivos, homenajes, debates, artículos. Esperaba un calendario apretado de días con el nombre de Blas de Otero. Y no está siendo así ni siquiera en su ciudad natal, Bilbao. No digo que no se esté haciendo nada, digo que se está haciendo poco. Entre esos pocos, me pareció reseñable la puesta en escena “Historia (casi) de mi vida.- Blas de Otero” bajo la dirección de Ramón Barea, que pudimos disfrutar en el espacio de la Alhóndiga bilbaína.

Tal vez algo influya en el flojo apoyo institucional vasco el hecho de que Blas de Otero no fuera nacionalista, que su visión de la realidad vasca estuviera tan imbricada en la dolorosa realidad de España que él tanto sufrió como amó y por la que también tanto luchó como hombre comprometido, como poeta comprometido, como militante comprometido de la izquierda política y el partido comunista. Es algo sintomático y enfermizo en esta sociedad que ha llevado a buena parte de su gente a ignorar, despreciar, cuando no a perseguir en sus obras y símbolos ciudadanos, a autores como Miguel de Unamuno o Pío Baroja.

Estrecheces de miras aparte, la sobrada solvencia y calidad literaria de Blas de Otero no puede ahogarse en el olvido intencionado de unos y la pereza de otros. El poeta bilbaíno, consciente de la rareza de la vida y su regalo, ya nos decía: Pensándolo bien, lo primero que hay que tener en cuenta es que con la misma facilidad con que nací, pude no haber nacido. Así como suena, no haber nacido… Ahora
voy a contar la historia de mi vida
en un abecedario ceniciento.
El país de los ricos rodeando mi cintura
y todo lo demás. Escribo y callo.
Yo nací de repente, no recuerdo
si era sol o era lluvia o era jueves…

Crecerá el poeta y dará testimonio de cuanto los ojos infantiles y la juventud temprana ven bajo aquella fina lluvia que formaba parte del paisaje gris de Bilbao: Ha llovido esta noche. [  ] Pasado, futuro y presente se deslizaban íntimamente fundidos en la fina lluvia de madrugada. Llueve en Bilbao

y  llueve llueve llueve
livianamente, emborronando el aire,
las oscuras fachadas y las débiles
lomas de Archanda, mansamente llueve

sobre mi infancia colegial e inerme
(jugando con los chicos de la calle
reconcentrada y tímidamente).
Por Pagasarri trepan los pinares.

Llueve en la noche triste de noviembre,
el viento roza y moja los cristales,
y, entresoñando, escucho…. Llueve llueve
en mi villa de olvido memorable [  ]

 Seguirán años de idas y venidas clandestinas, de incertidumbre y nostalgia, recuerdos pegados a la piel del amor de la madre y de sueños sin concluir para decirnos: Yo quiero cerrar los ojos, ver a mi madre en la romería, sentir el olor de las blancas rosquillas junto a la saya almidonada de mi madre, oír una campanita en la ermita de juguete, reírme sin darme cuenta… Mi casa, por desgracia, es una casa,

un calcetín colgando de un alambre,
donde escribí mis versos más sombríos
[  ]
Esta casa, compañero, esta casa
está sentada siempre, está sentada
[  ]
y yo he regresado, camarada, unos días
a recoger mis libros, mis discos, mis contratos
y he encontrado a mi madre en el pasillo
y a mi hermana en la sala,
y a mí mismo leyendo en un rincón,
comprende, compañero, que han sucedido largos días
y anchas noches, camarada, desde entonces.

Y nos explica Sabina de la Cruz, su compañera, que la obra literaria de Blas de Otero nos resulta necesaria no solamente por su belleza formal, sino por tratar en sus versos el más universal de los temas: el ser humano debatiéndose en su lucha por la felicidad, pero también participando, uno más con los ciudadanos del mundo, por una sociedad más justa y solidaria. Así, hasta su muerte, la que finalmente el poeta enfrentará con lucidez y sin dramatismo cuando nos anuncia: Ayer murió Blas de Otero; no lo sabe nadie todavía, pero es cierto, lo vi pasar por la calle, iba como siempre, distraído y pensativo, llevando un periódico con muy mala gana. De vez en cuando miraba los escaparates, el cielo, el fondo de la calle… No se sabe exactamente por qué ha muerto, las circunstancias últimas; se sabe sólo que unos minutos antes dijo: acerté el camino con todos mis errores.

Recuerdo. No recuerdo. El viento. El mar.
Un hombre al borde del cantil. El viento.
[  ]
Un hombre al borde
de la muerte.
[  ]
Un hombre al borde de un cantil, gritando. Abriendo
y cerrando los brazos.
Un hombre ciego.
[  ]
Avanzo
hacia una luz, hacia una luz. No veo.
Escucho
un silencio de hielo.
Y braceo, braceo hacia la luz,
y tropiezo,
y braceo, y emerjo bajo el sol
¡oh júbilo!, y avanzo… Y no recuerdo
más. Esto es todo cuanto sé. Sabedlo.

Pero este hombre –también en palabras de Sabina de la Cruz-, este luchador, no se da por vencido. La muerte no le ha de sorprender agazapado en el “rincón” oscuro:

y voy a llorar pero de repente me pongo terriblemente serio
y violento
y dispuesto a todo,
menos a morir de balde,
menos a morir en Bilbao,
menos a morir sin dejar rastro de rabia, y esperanza experimentada, y hasta luego y palabra repartida

[  ]
Aunque me expulsen de la vida, lucho
aún. Ancho el amor y el dolor largo.

Todo ello ocurriría el 29 de junio de 1979, sesenta y tres años más tarde de aquel 15 de marzo de 1916, hace ahora cien años que hoy y en este de 2016 recordamos y reivindicamos para la poesía y para la cultura y para la historia y para la humanidad en la que creyó Blas de Otero y por la que luchó desde “la paz y la palabra”.

González Alonso



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