Buenos Aires, segundo paso de baile de un tango interminable. (1,2,3 y 8,9,10,11,12 de diciembre de 2013)

Hacía más de dos meses de la primera visita a Buenos Aires y ya la echaba en falta. Es fácil enamorarse de la ciudad porteña marcada por el eclecticismo de sus construcciones, su colorido, sus librerías, sus gentes y su ambiente cultural. Aunque conocerla a fondo no es tan sencillo. Puede llevarte meses, incluso años o toda una vida, desvelar las muchas y variadas claves de su razón de existir.

Digamos, en principio, que la capital federal argentina es muy grande. En sus cuarenta y ocho barrios aglutina casi trece millones de habitantes. Pero, aunque nos quedemos con los barrios más céntricos y señalados de la ciudad acostada al Río de la Plata, tenemos que hablar de casi tres millones de porteños. Ciudad grande y controvertida, de fuertes contrastes. Del barrio colorista de Boca, con tirón turístico de tango y la calle Caminito, pegado a los muelles del Río de la Plata, podemos pasar al de El Retiro, el de Recoleta, bien trazado, con abundante arbolado, de estilo colonial, o al de Palermo o Belgrano.

La conjunción de estilos arquitectónicos transitan del art decó, al neogótico y el art nouveau, como el emblemático Palacio Barolo de la Avenida de Mayo o a los rascacielos, cuyo último y más moderno exponente lo conforma el barrio de Puerto Madero. Llaman poderosamente la atención edificios como la Casa de Aguas Corrientes en el barrio de Balvanera, de exuberante colorido y ornamentación de la fachada con cerámicas policromadas. También ocupa un lugar destacado el edificio de la Facultad de Ingeniería ubicado en Las Heras del barrio Recoleta; se trata de una construcción neogótica monumental de carácter no religioso que, debido a los sucesivos problemas económicos, ha quedado sin concluir. Comenzado a principios del siglo XX, no se dio por finalizado hasta bien entrado el medio siglo y en él se ha ubicado el Museo de Ciencia y Técnica, que dirige el ingeniero Juan J. Sallaber.

 

En nuestra visita casual al Museo de Ciencia y Técnica, con su fachada recubierta por una estructura de mecanotubo para los trabajos de restauración, tuvimos la suerte de disfrutar de las explicaciones de su director, el anteriormente mencionado Juan J. Sallaber, hombre afable, culto y muy atento, incansable comunicador que disfruta con cada detalle y cada pieza catalogada. Un paseo de lujo por las aulas de estilo gótico y la contemplación de las distintas maquetas de puertos y esclusas, motores, la réplica de la torre Eiffel, el péndulo de Foucault o piezas didácticas, como la que muestra el teorema de Pitágoras. En nuestra conversación don Juan J. Sallaber no faltaron las referencias a España y multitud de anécdotas que nos contó con mucha gracia. Tampoco faltaron las fotos de rigor.

Otro aspecto cultural de gran relevancia en esta capital de Argentina es la capacidad editorial y profusión de excelentes librerías. Entre las Librerías Notables de Buenos Aires no puede dejar de citarse dos, que son El Ateneo y Librería Clásica y Moderna. La primera, enclavada en el hermoso barrio de La Recoleta, está emplazada en lo que fue un antiguo teatro. El escenario funciona como bar, el patio de butacas acoge estanterías y mesas de lectura y puedes, tranquilamente, tomarte un café y pasar unas horas de lectura en alguno de sus palcos, en el escenario o en cualquier lugar de la platea. La segunda, Clásica y Moderna, fue fundada por españoles en 1938 en la emblemática calle Callao, de resonancia tan madrileña, y entre sus estanterías, mesas y libros, puede leerse una historia plagada de citas ilustres de los autores que pasaron por aquí; además, ofrece la posibilidad de tomarte alguna cosa en su bar o degustar una tranquila comida.

Pero tampoco hay que ignorar la existencia de barrios menos glamurosos que han ido emergiendo del chabolismo y que en Buenos Aires denominan como villas miseria. Una de estas villas, es Villa 31, bien pegadita a la parte trasera de la estación de ferrocarril y de autobuses en el mismo barrio de El Retiro, con la réplica, a pequeña escala, de la torre del Big-Ben regalada por los ingleses. La delincuencia que sale de sus calles llega e inquieta a todo Buenos Aires.

La segunda estancia en la capital de Argentina, asentada en la llanura pampeana, vino a ser en la misma calle y en un número muy próximo al de la primera, la Avenida de Mayo. Esta calle, que discurre perpendicular a la inmensa Avenida 9 de Julio  que la corta próximo al monolito y la calle Corrientes, y a una distancia equidistante al otro lado de la misma avenida del edificio gubernamental que sostiene en su fachada la efigie de Eva Perón ante un micrófono, no es espectacularmente larga, pero sí espectacularmente interesante. En primer lugar, porque en sus dos extremos se hallan emplazados dos símbolos institucionales de la nación, el Palacio de Congresos y la Casa Rosada, sede del gobierno y domicilio del presidente del país, en estos momentos la presidente Cristina Fernández de Kirchner, y que alojó a demócratas y golpistas como fueron, respectivamente, Raúl Alfonsín o el general Videla.

En segundo lugar, resulta interesante esta calle por la belleza de sus edificios, la mayoría de estilo colonial y otros rematados por torres, cúpulas y mansardas o buhardillas. Aquí podemos encontrar el ya citado Palacio Barolo, el más alto de Buenos Aires durante muchos años. Se encuentran también entre sus edificios algunos teatros como el famoso Teatro Avenida, buenas librerías, bastantes hoteles y el mítico Café Tortoni.

Del Café Tortoni se puede decir cómo fue lugar de encuentros de artistas, intelectuales y escritores de los que se conserva buen número de documentos gráficos y escultóricos. Posee varias dependencias, con su reservado para comidas o reuniones y su pequeño teatro. Desde el mítico rey del tango, Carlos Gardel, a Jorge Luis Borges, pasaron por este local y dieron conferencias o participaron en diferentes reuniones y actos, personajes como la poetisa Alfonsina Storni, el filósofo español Ortega y Gasset, Albert Einstein o el mismo Federico García Lorca. Lugar ideal para disfrutar una copa de sidra dulce bien fría o un café acompañado de buena repostería, leer el periódico o dejarse arrullar por el encanto y la magia de su atmósfera decimonónica.

Pero la Avenida de Mayo resulta ser, además, el rincón español más grande de todo el inmenso Buenos Aires. En la primera visita me llamaron la atención dos cosas, el que a lo largo de toda la calle ondearan banderas españolas al lado de las argentinas y que, en su mitad, justo en el cruce con Cerrito Lima y la Avenida 9 de Julio, se elevara un monumento al Quijote, representado cabalgando sobre un Rocinante desbocado y apuntando con su espada más allá del horizonte. Lo primero se correspondía con una recién celebrada cumbre hispanoargentina. Lo segundo se refería a la conmemoración del cuarto centenario del Quijote.

La influencia española puede encontrarse  en otros puntos de la ciudad y con otros monumentos, como es el caso del que celebra al Cid Campeador en el barrio de Caballito. Pero la Avenida de Mayo es más que la influencia española para convertirse en memoria y parte de la propia historia de España en Buenos Aires. La mayor parte de los establecimientos llevan nombres españoles o fueron fundados por emigrantes españoles. Hotel Marbella, Restaurante Plaza Asturias, Viajes Hispanya o el Bar Iberia, entre otros. Será en este último establecimiento donde los republicanos españoles y simpatizantes argentinos se reunirían durante los años de la guerra civil española de 1936. En su recinto se seguían los acontecimientos con verdadera pasión. De igual modo, en otros bares como El Español, ahora convertido en sede bancaria, se reunían los simpatizantes del alzamiento militar. Todos los bares y locales a lo largo y ancho de la calle se identificaban con uno u otro bando, de tal modo que de las discusiones se pasó en distintas ocasiones al enfrentamiento violento, reproduciendo en  las calles de Buenos Aires la tragedia que asolaba a la madre patria.

Muy próximo a la esquina del famoso Bar Iberia, ahora llamada Esquina de la Hispanidad, y al lado del café teatro La Clac, encontramos el Hotel Castelar, cuyo nombre rinde homenaje al que fuera el primer presidente de la I República española. Cerca, el impresionante Teatro Avenida. En su paso por Buenos Aires, Federico García Lorca se alojaría en las habitaciones del Hotel Castelar, como atestigua la placa colocada en su fachada, y participó de las acaloradas reuniones del Bar Iberia en compañía de otros escritores e intelecutales. Las mesas del Bar Iberia, que ahora forma parte de los Cafés y  Bares Notables de Buenos Aires junto al Tortoni, guardan grato recuerdo del presidente argentino Hipólito Yrigoyen, Margarita Xirgu o Imperio Argentina. Es una lástima que el bar haya sido reformado y perdido con la reforma gran parte del encanto original que debió tener.

Si después de pasear por la Avenida de Mayo, disfrutar el sosiego de Palermo, el ambiente de Recoleta, dejarte caer por el barrio de San Telmo y la calle Defensa y recorrer la ajetreada, bulliciosa y multicolor calle de La Florida, tienes la suerte de visitar el Teatro Colón y, más aún, deleitarte con la representación de una ópera en este magnífico y singular coliseo, seguramente caerás definitivamente rendido a Buenos Aires.

Agrégale a todo ello que, al salir del teatro y deambular por los alrededores bajo la fina lluvia, encuentras refugio en un pequeño establecimiento como el Bar de Julio, con su  vistosa luna y el nombre del local primorosamente fileteado sobre ella, y en su interior cantan tangos y milongas acompañados a la guitarra por Juan Villarreal, compositor y cantante del que puedes llevarte un disco si se lo pides, porque él no los ofrece. Personas de edad, en algún caso por encima de los ochenta, junto a otras más jóvenes, que van tomando el micrófono y dejando caer sus canciones en un ambiente cordial, cálido y desenfadado.

O imagina, y esto ya será definitivo, ser invitado a degustar una deliciosa y abundante cena a base de platos tradicionales de la cocina judía, como ocurrió cuando la amiga Laura nos abrió las puertas de su casa y preparó para nosotros exquisiteces tales como tarta de berenjena, tarta de jamón y queso, alfajorcitos de maicena, tomates cherries con albahaca, distintas ensaladas y pletzalej con pastrón y pepino agridulce, ejerciendo como una auténtica idische mame o madre judía en su ofrecimiento  generoso y feliz. Entonces, al calor del amor que Laura profesa a la ciudad de Buenos Aires, la estupenda comida, el buen vino, la mejor sobremesa y todas las experiencias acumuladas retumbando en el corazón, ya caes definitiva e irremediablemente rendido y entregado a los encantos de Buenos Aires. Para siempre. Y es que el amor es muy contagioso.

Julio G. Alonso

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