VILLARICOS
-Almería-

Mes de febrero de 2019

Si el azar o la voluntad de viajar te acercan a este pueblo de la costa almeriense no desperdicies la ocasión de descubrir cuánta historia, trabajos y maravillas encierra en sí mismo y sus alrededores.

A simple vista apenas se distingue algo más allá de los espartos, tomillos, piteras y otras plantas que pueblan las laderas de la Sierra Almagrera, al pie de la cual se asienta la población de Villaricos, apegada al mar y su costa, con dos pequeños puertos, un paseo marítimo bien proyectado y conservado, ancho, con plazuelas, palmeras, y las casas veraniegas distribuidas de manera amena a lo largo del mismo con sus ventanales al mar. Un par de calles paralelas más y otra pequeña plaza son todo el trazado urbano de Villaricos.

Pero no debemos dejarnos engañar. Villaricos encierra en sí y su entorno, bares, restaurantes, tiendas de alimentación, escuelas y el natural afable de sus gentes que viven sobre más de tres mil años de historia, una riqueza arqueológica de primera magnitud. En la misma playa y los alrededores se descubren restos mineros de los siglos XIX y XX que –dedicados a la extracción del hierro- se extienden varios kilómetros hacia levante con chimeneas, hornos de calcinación, toberas, viviendas, fábricas y hasta lo que fue una ermita. La montaña se despeñaba con sus riquezas sobre los embarcaderos y la actividad fabril debió de ser intensa.

Hacia poniente, la costa todavía acoge en los alrededores de la torre llamada castillo restos arqueológicos de las instalaciones fenicias y romanas de salazones. Porque la pesca, recurso explotado todavía hoy día, fue la otra riqueza de Villaricos, cuando se la conocía por Baria. Un poco más allá nos encontramos en nuestro paseo la desembocadura del río Almanzora, encauzado y seco su caudal, pero que conforma una laguna con las aguas que surgen en su último tramo y que alcanzan el mar. Hace tres mil años el río formaba un amplio delta y era navegable por espacio superior a un kilómetro. Fenicios y romanos encontraron así un puerto natural  y seguro a resguardo de las embestidas del Mediterráneo, desde el que enviar sus barcos cargados con atunes pescados en las almadrabas del entorno, el hierro, la plata y los metales extraídos de la Sierra Almagrera. Además, disponían de gran abundancia de agua para la actividad industrial y los cultivos. El nombre de Almagrera la recibe del almagre o barro rojo que forma parte de su suelo volcánico.

El pueblo actual de Villaricos y una urbanización de ingleses, al otro lado de la carretera frente a la torre defensiva, se asientan sobre las antiguas ciudades fenicia y romana. Al lado de la urbanización y sobre la loma que arranca de ella se encuentra la necrópolis fenicia. Sobresalen en ella, en lo que puede verse, los hipogeos excavados en una de las laderas descubiertos en 1864 por Luis Siret cuando trabajaba para una empresa minera dedicada a la extracción de la galena argentífera de la Sierra Almagrera. Este arqueólogo belga, con la colaboración de su hermano Enrique y el excavador Pedro Flores, hizo una labor fundamental para determinar la historia y prehistoria estudiando los yacimientos paleolíticos, neolíticos, calcolíticos y del bronce de Almería. Las investigaciones y excavaciones posteriores sacaron a la luz los restos arqueológicos fenicios y romanos de Baria, pudiendo identificar la ubicación de un templo dedicado a Astarté en lo alto de la loma, villas, dependencias comerciales, termas y la necrópolis mencionada. Las piezas extraídas se encuentran en los museos arqueológicos de Almería y Madrid.

La ciudad fenicia del siglo VII a.C. pasó a manos romanas en el siglo III a.C. después de que Publio Cornelio Escipión, el Africano, rindiera Baria en el transcurso de la Segunda Guerra Púnica entre Cartago y Roma. Baria se mantuvo al lado de Cartago, lo que le supuso un desarrollo económico espectacular llegando a acuñar moneda que llevaba impresa la efigie de la diosa Astarté por una cara y por la otra la de un olivo, símbolo de prosperidad.

El lugar de Baria, hoy Villaricos, constituye así un enclave de capital importancia para el comercio junto a los de Adra y Cádiz; en su entorno hacen aparición también restos visigodos, bizantinos y árabes, lo que subraya la singularidad del lugar y su interés.

A pesar de lo dicho y el valor excepcional del lugar, la presión urbanística sigue sobre los terrenos que acogen los restos arqueológicos, incluso los declarados como protegidos, para construir más apartamentos, por lo que en los últimos meses se viene librando una batalla para preservarlos. La parte amenazada corresponde al área situada al levante de la torre o castillo y –lamentablemente- todo parece indicar que llevarán a cabo los proyectos de edificación.

Podría recomendar algún establecimiento para comer bien, tapear y disfrutar de este pequeño y tranquilo pueblo de Villaricos en el mes de febrero; tranquilo durante la semana, porque los domingos se organizan un mercado y mercadillo muy concurridos por sus calles y plazas, a donde llegan cientos de vendedores ambulantes  más cientos de curiosos y clientes que amenizan la mañana con su algarabía y color. Decía que podía recomendar algunos bares y restaurantes, tales como Don Tadeo y su espectacular arroz con bogavante, el Chiringuito El Faro con su estupenda ubicación en el puerto y estupendas vistas, el Restaurante La Balsica ubicado en el segundo puerto más pequeño o el Bar El Gato en el centro del pueblo, con sus buenas tapas y raciones. Pero estoy hablando del mes de febrero y de los que pude visitar. En los meses veraniegos el número de bares y restaurantes abiertos estarán en proporción a la cantidad de gente llegada a estos entornos tan llenos de luz y azules de cielo y mar. Y entonces, ya será otra historia.

González Alonso

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