Manuel González

Esto es. Poesía para ser leída, dicha en voz alta con el corazón en alto. Es esto y es más. Dentro de la pulcritud de una escritura clara y precisa, el poeta enfrenta directamente las emociones que visten y arropan la vida, tejidas de dolor en algunas ocasiones, de temores en otras, de esperanzada felicidad en muchas. Son estos los mimbres de la verdadera poesía en el quehacer del verdadero poeta.

Aprecio en Manuel González, entre otras cosas, su tesón y la actitud vital no exenta de un humano optimismo que rezuma hasta en sus versos más desasosegados: “Esta manía mía / de tacharlo todo…”, como un intento vano de corregir el pasado que alimenta el presente y se revela (y aun se rebela) en “esta margarita a medio secar / [  ] / esa boca que alimenta restos de naufragios” donde el amor fue baluarte de “besos que ya no saben a nada” (Interiores, 2015). Incluso cuando “todo termina”, hasta “la paciencia de tu animal de compañía”, se intuye un aliento positivo que invita a aceptar lo peor de la realidad para intentar cambiarla.

Manuel González (San Sebastián, 1971) llega a mi conocimiento con la feliz noticia de haber merecido ser ganador con el poemario “Interiores”, del II Premio Nacional de Poesía Treciembre (Valladolid, 2015); una felicidad compartida a la que se suma mi poemario “Testimonio de la desnudez”. Dos obras formalmente bien distintas, pero en todo complementarias. En los versos de Manuel González y su alto nivel, me he sentido honrado y premiado al considerar el Jurado que los míos merecían convivir y compartir destino en el mismo premio ex aequo con los suyos.

De entonces acá, todo ha sido profundizar en este descubrimiento hasta acercarme a la persona que vive detrás del poeta y admirar en su mirada clara el agua y la luz que llenan de vida sus poemas. Sin trampa ni cartón. Una vida generosamente entregada a la poesía y una poesía generosamente entregada a la vida.

Quiero que cuantos os acerquéis hasta aquí podáis comprobar en vuestra propia alma y en la carne el valor de una poesía, la de Manuel González, hecha para perdurar y ser recordada. Su frescura denota la sinceridad de quien no sabe mentir y no puede, pues el sentimiento y la emoción no admiten disimulos ni engaños, porque si el poeta finge, siempre lo hará en el sentido doloroso de Fernando Pessoa:  finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que en verdad siente. Por eso nos alcanza y nos seduce, sin falsos discursos, frases encumbradas y hueras, expresiones altisonantes. Sencillez y mensaje, muy al estilo -sólo en cuanto a la forma, pues Manuel se encuentra bastante alejado, hoy por hoy, del misticismo- de una soñadora y enamorada Teresa de Ávila.

De este manojo de poemas que aquí traigo, cualquiera de ellos podría ser el primero de un libro o el último de cierre de una obra que ya es extensa pese a la juventud del autor y que promete ser muy larga y venturosa, tal y como esperamos cada uno de sus lectores. El autor de “Eslabón roto”(2011), “Diario de una tristeza”(2014), “Interiores”(2015), “Cicatrices en los tobillos”(2016) y de pronta publicación en la editorial Renacimiento, “Etapas”, forma ya parte de los poetas necesarios, a los que hay que recurrir siempre y de los que siempre sacaremos alguna enseñanza o aprovecharemos una emoción. No hay que olvidarlo. El resto de las palabras, sobran. Vengan sus versos:

Cuando…

Cuando olvidemos nuestras canciones
bailaremos a su compás.

Cuando el viento llore ceniza
será demasiado tarde.

Cuando la razón no se tenga en pie
nos doblarán la otra rodilla.

Cuando levantemos los brazos
colgarán sus paraguas.

Cuando el hambre llame a la puerta
señalarán su camino con migas de pan.

Cuando vuelvan las golondrinas
harán de su metáfora propiedad privada.

Cuando nos quitemos el mono
veremos al esclavo.

Cuando hablen en nombre de la libertad
el eco agachará la cabeza.

Pero cuando abramos las manos
florecerá la revolución en ellas.

***

Generación

Fuimos una generación del siglo pasado
que defendió verdades
con el entusiasmo de los poetas jóvenes.

Una generación de barrio, objetores de conciencia,
amores a primera vista.

Vestida siempre dentro de la misma chaqueta

y barbas a remojo

desengañada de la novena sinfonía de Beethoven.

Una generación que escribía cartas

y soñaba viajar a Londres.

De cuenta conmigo, mochila al hombro,

de calimocho

y toallas con olor a madre

si pintaban bastos.

Una generación de sabores a fresa ácida

que volvía a celebrar su cumpleaños

cada veintitrés de febrero.

***

Tu nombre

 

Tu nombre es una trinchera donde se celebra la vida.

Es un muchacho abierto

a toda clase de locuras

que faltan por cometer

con el corazón virgen de los veinte años.

Es el gemido

de aquel túnel mientras atravesábamos Madrid

sin mirarle a los ojos.

La primera lluvia de primavera.

Un acierto en la verdad más profunda.

Tu nombre es una nueva oportunidad

al final de una larga fila

de no importas.

La ocasión que ambos merecemos.

El traductor simultáneo

convirtiendo cualquier bandera en causa justa.

Un futuro con vocación de amante.

Ese acto revolucionario de tirar la toalla

y volver a ser un niño.

***

A pesar de todo,
los poetas nunca nos cansamos de vivir.

Esta bendita locura
de disculparnos una y otra vez
sabiendo que mentíamos sin ningún pudor
porque todos los excesos merecían la pena
para alcanzar el poema perfecto.

Hubo incluso un tiempo
en el que creímos en nosotros mismos.
Protegíamos la mano de las espinas del mundo
y rechazábamos manzanas porque no quedaban paraísos.
Pero fue tarde.
Nos convertimos en los hijos malditos de Víctor Hugo.
Y así fue como nos exiliamos de espejos sin espalda
a las puertas del abismo,
y maldecimos nuestras almohadas
porque sabían demasiado.

***

Mi abuelo creía en el mar

– a pesar de sus traiciones -.

En sus amigos de la cuadrilla

y los vinos compartidos en la parte vieja.

Callaba el golpe de las olas

rompiendo bajo sus párpados.

Era un cero a la derecha

con conciencia de clase.

 

De vez en cuando

hablaba de golpes y arañazos

en el interior de algunas puertas.

Su juventud había envejecido

en las trincheras de una revolución

a la que seguía esperando.

 

Siempre acompañó mi infancia

con cualquiera de sus manos.

Los domingos por la mañana

me daba veinticinco pesetas

para que terminara con la paciencia

del dueño del quiosco,

y siempre decía que la muerte es de izquierdas

porque a todos nos llega por igual.

***

Nosotros
no dejamos ningún viaje pendiente.
No necesitamos equipaje
porque siempre hacemos todo por primera vez.
Somos la suma perfecta
de todos los pecados
que siempre quisimos cometer.

***

Necesidad

Necesito sucederme.
Esculpirme.
Crearme de nuevo
y volverme absoluto.

***

Gafas

A los once años
me llevaron al oftalmólogo.
El diagnóstico, sencillo.
Vista cansada.
No me extraña.
A esa edad
había visto demasiado.

***

Invierno

El invierno no dio para más.
Ahora puedo decirlo.
Ahora puedo gritarlo.
Hay infancias con el cielo siempre cubierto
a las que no se asoma nadie.
Hechas de madera.
Sin bicicleta.

Pero algún día,
la mía,
tendrá nombre de mujer.

***

Miedo

Me asustaban los uniformes
cuando pasaban por delante.
Sus botas decididas, implacables,
siempre iban con prisa.
Dejaban heridas las plazas,
la hierba, las palabras en voz baja.

Una vez pasadas, sin hacer prisioneros,
tras el polvo,
los antiguos idiomas salían del mar,
volvía a coser las flores,
y llamar infancia al cuarto del fondo
donde se guardaban las pistolas.

***

 



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