Florencio Gutiérrez Peña, abogado, doctor en Derecho y poeta gordonés (León)

Florencio Gutiérrez Peña, nacido en tierras leonesas del Concejo de Gordón, en Los Barrios, es abogado de profesión y Doctor en Derecho. De su dedicación al estudio e investigación de las leyes nos deja obras como El derecho de anticresis en el Código Civil Español (Madrid 2004) o bien Notas de la usucapión, prescripción extintiva y caducidad (con apuntes sobre acciones civiles)(Madrid 2008). Pero no lo traigo aquí sólo por estos merecimientos, que con ser sobrados para tenerlo en cuenta no serían nada sin los de su condición de hombre en el sentido cabal del término, que incluye la honda inclinación por lo humano y el ambiente -tanto histórico como natural- que lo alimenta; y, en este contexto, quiero que esté aquí por su condición de amigo, con un sentido de la amistad expresado en la generosidad, la entrega y la proximidad. Y yendo más allá, como natural resultado de la combinación de todas sus circunstancias, está aquí por su calidad y condición de poeta, que es esa peculiar actitud de observar el mundo desde la sensibilidad estética y el subjetivismo, apuntando a la emoción como herramienta poderosa de la reinterpretación de ese mundo observado e interiorizado. Porque su poesía mana fresca y libre de servidumbres descubriéndonos en cada tema las aristas sin herirnos, los sueños sin ensoñaciones, la palabra.

Amo y señor de sus paisajes, de su memoria, testigo de realidades a veces ingratas, poseído de un ansia de vida que se impregna de fe y trascendencia, Florencio Gutiérrez Peña eleva su voz y nos la acerca al corazón y allí, dulcemente, amargamente, con pasión, nos la deja. Es así como acontece en cada verso y cada poema de su libro Poesía (Madrid 2008), del que hoy tenemos el regalo de vivir y disfrutar los que siguen.

Con las gracias a Florencio Gutiérrez Peña y el deseo de que encontréis serena felicidad en la siempre venturosa ocasión de sus versos.

*Sobre el libro Poesía podéis leer el artículo que tras su publicación escribí para la revista virtual Alaire en octubre de 2008: Poesía, de Florencio Gutiérrez Peña

 

YO QUIERO UN MUNDO…

Yo quiero un mundo donde corra sin tristeza el goce
Sí, yo quiero un mundo con silbos de júbilo
Un mundo con cierzo y brisa y tallo tierno
Un mundo de tulipanes y jacintos
Un mundo de perlas y esmeraldas
Un mundo de dulces cantos sin engaños
Un mundo sin sombra de pecado y con vuelo libre
Sí, yo quiero un mundo despreocupado
Hecho con flores de almendros milenarios
Un mundo vivo, digno, bello, de ojos profundos y veraces
Aún no perdí del todo la esperanza
 
Mientras… ¡Ay, amo la vida, la ley más profunda!
Sí, amo el purísimo azul de las encumbradas estrellas
Sí, amo la fronda apretada de la patria del roble y del anciano olmo
Sí, amo la sonrisa del brezo colorado y de la flora pobre del llamargal
Sí, amo ver correr al tímido corzo sobre las espumas de la verde yerba
Amo acariciar los esponjosos musgos de la roca viva
Amo el enebro enano y la púrpura de la rosa alpina
Amo la hoja de rosoli y el rastro del aire en el hondón del bosque
Amo el manzano silvestre y el mostajo y el fresno de la colina
También amo a la lagartija de turbera y los cantos remotos de la alondra
Y los pétalos azules de la violeta palustre y la pujanza del pasto
Y los tonos cárdenos y los límpidos ríos…
 
Sí, yo quiero un mundo donde corra sin tristeza el goce…
Aún no perdí del todo la esperanza
 
 

 

ES CUESTIÓN DE ELEGIR.

Quiero vivir entre el olor alado de las sombras cultas.
Sin jactancia, sin brillo, sin trueno, sin hinchazón de las cosas.
Vivir sin prurito de sobresalir, de aventajar a nadie.
Pasando inadvertido, invisible.
Sin ambiciones serviles. Sin laureles.
Embelesado entre los callados límites
De la verdad no examinada nunca.
 
Quiero vivir con espíritu alerta.
Bajo el prestigio del silencio.
Vivero de alboreos y de auroras.
Semillero de sueños, alarife de obras.
Solana que expurga el titileo que deja
La opaca sequedad de la memoria.
 
Quiero vivir a las afueras de la gran historia.
Sin ser del todo nada ni nadie.
Estar sin ser visto, andar sin notarse.
Santificar la vida luciendo la alegría.
 
Quiero vivir sin difusión pública.
Entre las nieblas del anonimato.
Sin tener que lucirme en el océano de la humanidad.
Pero no alejado del mundo y enfrentado con él.
 
Quiero vivir sin imposición de ideas.
Ni de gustos ni de preferencias.
Sin adoctrinar ni dar mensajes.
Sin palabras mayúsculas.
 
Quiero vivir apartado de la confusa vocería.
Lejos de lenguas lisonjeras de inmortales méritos.
A distancia de los eriales de cosmopolita ignorancia.
Sin engolamiento de palabras hueras.
Ni espurios gestos ni ademances vacuos.
 
Quiero vivir ajeno a banderas ornadas de lujo desgastado.
Extraño a corifeos con yermos egos exornados.
Levantados sobre la gregaria ingenuidad
De seguidores complacientes.
 
Quiero vivir sin señales de almas sucias.
Sin jayanes bregados en hábitos de baja humanidad,
Laureados por el dolor ajeno, que es el mío.
 
Quiero vivir segregando mi propia vida.
Sin amargura ni desesperanza.
Sin discordias ni turbulencias.
Sin malquerencias ni sinsabores.
Descubriendo la rica polisemia de la humana existencia.
 
Quiero vivir saboreando con gratitud eterna
La voz hermosa de la vida breve.
Enamorado de la vida.
.
 
.
 

ORACIÓN DE AMANECIDA.

¡Ay Señor, Señor!
¿Dónde está ese bello jardín que nunca se marchita?
¿Dónde esa perla de cielo sonreído?
¿Dónde el brillo divino de la gracia regalada?
¿Dónde el dulce torzal de abrazos que perduran?
¡Cándido frescor de la tierra alborada!
¡Flor exquisita de celestial imperio!
¡Ay, Ay!¿O acaso es todo tal como en esta vida?
Armónico caos compungido que presto se consume,
Al punto que sin los aires alegres de la regia Tierra,
Todo sólo talle de mortal ciprés sería,
Y trozo de indefensa greda.
 
¡Ay Señor, Señor!
No te enojes conmigo por leve que pagano fuese.
Yo sigo dócil la pura ruta que llega hasta Ti, aunque esté repleta de infernales breñas.
Porque no quiero ser sólo impía arcilla que late yerma de hortelano amor.
Ni sólo razón seca que atestigua la vida acogiéndose a la tangible naturaleza.
A veces soy hombre que vive escéptica inquietud avanzando sin saber adónde.
A veces soy hombre aromado de fe en lucha anegada de dulce desconsuelo.
Que ora curado de espantos ante Tus límpidas aguas manaderas.
 
¡Oh Señor, dulce refugio de mi pía inocencia restaurada!
¡Sálvame, Sálvame! Del terrible y obstinado vacío que vislumbro.
Para sentir el día siendo llama que arde sin quemar las cosas invisibles.
Para ser yo sintiendo en Ti el gozoso temblor de la esperanza.
Para llegar hasta Ti por el aire azul huyendo de la plena muerte, muerto mi cuerpo.

 .

.
INSOMNIO DECEMBRINO

Es honda madrugada; sentado en un ancho sillón aledaño al ventanal de mi biblioteca, supremo refugio, siento el ruido de la lluvia y el goteo de los hilos del agua cayendo sobre los guijarros amarillos. Suena el runrún del arroyo que baja henchido deslizándose sobre las desgastadas rocas grises. Por la llanada del oscuro cielo pasan nubes llorosas en busca de nuevos horizontes…

La noche sola; el valle rezuma agua; en silencio el pueblo, durmiendo, sin nocherniegos. Columbro la espadaña de la iglesia con las campanas en reposo, enmudecidas. El perro dormilón acurrucado a mis pies. Me levanto, doy vueltas y revueltas por el recibimiento, por el comedor, por la sala… hasta que clarea la primera luz del día iluminando los encantos de las cosas, recobrando sus colores y sus formas.

Escampa. La plaza del pueblo se despereza y aparecen dos hombres fugaces atravesando la portalada. Un penacho de humo plateado se divisa sobre la cima de un tejado. En lontananza la alta soledad de las montañas, con manchas de espesos pinares sobre la blanca nevería. Se despiertan los campos, los angostos senderos, las verdes praderías, las mansas lomas, las suaves colinas…

Oigo el reloj de la sala que tintinea las ocho. Fuera, el día lleva una melancolía indefinible… ¡Dulce sueño mío, ven, retorna a mí, aunque sea con tu confort de temblorosas penas!

 

 

 

EVANESCENCIA.

No recuerdo, la verdad, qué dijo,
aquel poeta secreto, con sueños de filósofo,
en su honda pose, ante el público.
 
Sed de heterodoxia y afán de expresarla;
disidencia absoluta, con halo de glamour mediático;
eso vi, mas no recuerdo, la verdad, qué dijo.
 
Preciosismo efectista, grandielocuente magia,
multicolor orfebrería bizantina, incluso pedante;
eso vi, mas no recuerdo, la verdad, qué dijo.
 
De su laberíntica esencia no descubrí nada,
porque su hondura, de asombrosa fuga,
resultó incompatible con la sencillez,
y no recuerdo, la verdad, qué dijo.
 
Le daré una segunda oportunidad al artista,
a ver si capto el rasgo y rango de su contribución,
pues no recuerdo, la verdad, qué dijo,
con tanta palabra ornada y ufana en el vacío,
que a la razón no alumbra, ni al corazón ensancha.
 
En fin, lo digo y lo repito; yo reivindico la inefable delicia
de las tersas palabras: rosa, casa, surco, sombra, viento, nada…
de intensa claridad total, de profunda alma, de floración sin tedio;
luminosas palabras que todos conocemos, necios y sabios, de corrido.

 .

.
A CASTALIA.

¡Oh hermosa Ninfa, hija de Aquelao!
Los poetas bendicen tu recuerdo.
Y yo pongo lirios sobre tu eterno sueño.
Y un suspiro y un beso, también
Corono de laureles tu libre libertad.
¡Oh dulce y bella Castalia!
Venciste a los dioses, venció la libertad.
Yo canto tu luz aureolada de egregia independencia.
Loo tu salto abandonado sobre las aguas hondas del adiós.
Y tu naufragio y el virtuoso gesto que burla la arrogancia.
¡Oh hada libre y poderosa!
Sosiega mi desbocado corazón amante.
Defiéndeme de la ternura evanescente.
Cúrame del amor mortal que me consume.
Y del mortal amor desfalleciente.
Antes déjame flotar sobre el remanso de tu fuente,
Mi frágil velero enamorado…
Una vez más.
.
 
.
 

EL PALO DE LOS POBRES. (Circa 1850)

En la aldaba
que está embajo del balcón,
alantre de mi puerta,
en Nochebuena,
entávia pican en auxilio
los chancleta y méndigos
con acento,
para comer cuchiflitos y viandas,
en mi amplia casona de acogida,
de rústica piedra, de amable pausa.
 
Son numerosos y hay nevada con ventisca,
y por la fría impaciencia de la espera,
espelurciados, hambrientos, quejumbrosos están,
mas no se emburrian ni se palestrinan,
ni tiran de cheira ni de cachiporra;
son humildes buenas gentes
de heráldica pobreza.
 
Albertido, yo entoncies,
dándome modo, sin esparabanes,
asusanando a Renuvero, en broma,
salgo a la puerta y digo, con mucho aquél:
¡Abavos! vais a arramar el húmedo rocío
sobre vuestros bellos alamares,
y se calman y ríen.
 
Convidados, de uno en uno pasan.
Emprencipian cogiendo las cacias,
los cuchares y las beboras para el secaño,
y arrellanados sobre la larga mesa de pino,
llena de carracas, comen a esgalla hasta saciarse,
y gozan y se alegran de plena conformidad.
Aluego corre leche y miel que migan
con la farraspa de la fogaza,
que antes han esmiajao.
 
Pocos no falan nada, sólo mascan.
Entre ellos no hay morugos ni foscos.
Casi todos, bienaventurados, sin lágrimas,
parecen las sonajas de la pandereta.
¡Juasús que agradecidas gentes!
 
Es cierto, sí, después de lamberse
los dedos desde la réiz de las uñas,
el focico se lo limpian con las manos
hsta los jarandos; mas siempre
en mi corazón su desventura.
 
Al acabar la cena, sin alabancia,
como buen cristiano, a los más lambrones
o necesitados les meto en el zurrón
un compango de queso, carne o jamón,
a modo de comuelgo de confradía,
y también cazapetos
para aliviar la enjundia de gallina
que enrita la barriga.
 
Ya alta la noche, al salir al cielo raso,
algunos espirrian, por la fuerte falisca;
otros desatorgan la minga sobre el muradal;
cualisquiera se pega un jostrazo, por la pella;
y en patolea todos, al cabo, excolumbran…
 
Y así
hasta la próxima,
lambiofando mentres tanto
de aquí y de allá;
habitando el ensimismado silencio,
cada uno según su propia senda,
empinado camino que labró el destino,
bajo la desteñida luna…
 
¡Bienaventurados, para siempre jamás!

 .

.

 

UN PASEO MONTAÑÉS

 En el valle, el casal se apiña en soledad antigua.
Las chimeneas expulsan un humo cenizoso,
Que la suave brisa aleja entre la luz sombría.

Paseo en silencio por la era, junto al almiar.
Es la hora de claridad del crepúsculo vespertino.
Y la luz del día amengua y va palideciendo.

A mi lado, unos mozalbetes embebecidos
Y desaliñados farfullan bagatelas.
Otros, vociferantes, se dan mojicones.

En derredor atisbo un paisaje verde oliva,
Con pinceladas amarillas y bermejas en el soto,
Y manchas de gris pardo sobre los altos cerros.

Allá a lo lejos, sobre los picachos, dos águilas reales.
Más abajo, en la suave loma, planea el alimoche.
De una sebe sale un treparriscos, lo miro largamente.

Grandes vacas pardas descansan en el prado en melifluo asueto.
En la campareta de la nación, un asno estoxo se revuelca, luego rosna.
Aromas de heno se condensan en el aire fino del fenecido atardecer.

El nocturno se esparce sobre el feraz campo,
Cuando la tarde se ha mudado anochecer henchido.
Un turbión de estrellas diminutas lucen en la sonochada.

El paseo se desvanece a cada paso.
Una incipiente tristeza me embarga.
Mañana vuelvo a la ubérrima Madrid.

¡Ay! Me siento desterrado de la flor de mis lares.
Dejaré el solar, sierras, almas, corazones.
Y un nido de juncos fríos sobre la luna.

Sí, yo que soy hijo de los vientos del norte…
Yo, que amo las altas volandas del aire…
Yo, que pastoreo las cumbres de la alborada nieve…

¡Oh Gordón, cuanto antes regresaré de un brinco!

**Paisaje nevado gordonés (León).-Fotografía de Alfredo García

 
 
MI PRIMER PUEBLO INFANCIA
(A Los Barrios de Gordón)
 
 
Pueblo erguido desgastado por los siglos.
Pueblo empinado, austero, resistente.
Pueblo benigno podado de gentes.
Pueblo adarme en los anales de la historia.
Pueblo enterrado en el olvido de los mapas.
Pueblo de acero torreón, gigante en nada.
Pueblo perfecto en el silencio.
Pueblo de sosegado derroche.
Pueblo hecho de sutiles robusteces.
Pueblo fortísima devoción de mi montaña.
Inolvidable pueblo mío en que me nacieron.
Manojo de recuerdos inolvidables
Que no envejecen en mi corazón.
 
¡Ay, los infantiles años!
Amado pueblo mío:
¿Recuerdas el acento de nuestra voz de niño?
¿Y las ruinas del hogar perdido?
¿Y el agua cristalina de los viejos caños?
¿Y la nevada cumbre?
¿Y el cielo de la noche?
¡Oh, cuántos recuerdos!
Que doquiera me siguen
Con ternura de apetecible vuelta.
¡Amo la tierra, el campo, los animales!
¡Ay, y a las desaparecidas gentes campesinas!
 
 ¡Venid conmigo y con aquel niño!
¡Mirad lo que he visto con mis ojos!
¡Ved lo que llevo en el corazón!
 
Hombres sencillos.
Casal apiñado.
Arrebol vespertino.
Humo cenizoso.
Montes nevados.
Celajes en el cielo.
Turbión de estrellas.
Luz que amengua.
Lágrimas del rocío.
Lozana campiña.
Paseos junto al almiar.
Amasijo de yerbas olorosas.
Águilas reales sobre los picachos.
Arroyos transparentes.
Caños de agua fresca.
Estiércol sustancioso.
Tierras minúsculas labradas.
Ganados en los verdes campos.
Algún caballo relinchando.
Novillas rojas soberanas.
Ubres de vacas apacentadas.
Ubres de ovejas algodonadas.
Ubres de cabras retozonas.
Blanquísima leche nevada.
Olor a cuadra bienoliente.
Olor a heno divino.
Olor a tomillo.
Hemina. Celemín. Arroba.
Perales injertados.
Esquejes fértiles.
Estaca de fresno.
Sangrantes moras.
Zarzas a la orilla del sendero.
Cardo estéril vivo.
Nidos de pájaros.
Bandada de palomas.
Sombras de olmos frondosos.
Varas de duros avellanos.
Piel curtida por los recios aires.
Infancia apartada del mundo.
 (…)
 Y palabras, palabras ya silentes…
Palabras crucificadas por el olvido…
Abeseo, alamares, amurniar, colombrones…
Cuchiflitos, encaño, esgañar, estil…
Esparabanes, excolumbrar, flecho, güevo, manada…
Pregancias, rebojo, sentón, secaño, talonjo…
Exilio de palabras… Abatidas al alba…
Ecos de melancólica despedida…
¡Ay, amor vivo rodeado de palabras muertas!
 
¡Cuánta nostalgia, cuántas imágenes, cuánta complicidad!
Ahora, ¡pueblo mío!, peregrino soy realizando un corto viaje por la Tierra.
Pero a tus andantes caminos sin firma, volveré descalzo.
Sí, volveré a lo menudo, a lo simple, a tu humilde existir de quietud.
A ver en la sonochada la estrella secreta que me pertenece.
Sí, volveré a tu dulce amparo: sencillo, puro y claro.
Para beber en ti la última gota de mi luz.
Para que descanse en ti mi memoria mortal.
Para que me abraces hacia dentro de ti, al cabo.
 
Feria tradicional en La Pola de Gordón (León).- Fotografía de Alfredo García*Feria tradicional en La Pola de Gordón (León).- Fotografía de Alfredo García
 

Para concluir con esta introducción a la poesía de Florencio Gutiérrez Peña quiero acercaros de su mano a la realidad, en algún caso todavía de sangrante actualidad, de dos ciudades, Estambul y Bagdad. Así es como nos las hace vivir el poeta:

 

ESTAMBUL

En el reloj gótico y de péndola que cuelga de la pared color albero de mi alcoba de viajero, tañen las doce horas de medianoche. Estoy tumbado sobre una cama turca; devoroleo un libro espléndido con las poesías de Constantinos Petros Fotiadis, Cavafis (1863-1933), en traducción francesa de 1958, por Margarita Yourcenar y C. Dimaras…

Es estío en Estambul, antigua Bizancio, antigua Constantinopla. La ventana de mi aposento está entreabierta; entra un airecillo de húmeda brisa proveniente del mar de Mármara, y con él notas lejanas de un festivo acordeón, y palabras, palabras evanescentes que se esfuman perdiéndose entre la barahúnda del nocturno.

Unos faroles de época alumbran con luz pálida la calle estrecha y elegante donde está el hotel en el que me asiento, en esta ciudad tesoro, capital de Imperios, de inmensa historia universal eterna, de líneas puras perfectamente egregias: Santa Sofía la Mayor, Santa Sofía la Menor, mezquita de Muhammad II el Conquistador, mezquita de Selim, mezquita de Solimán, mezquita de Bayaceto, la Biblioteca, o la mezquita azul de Ahmed, cuyos seis minaretes, pistilos de una flor de piedra, diviso desde el balcón de mi dormitorio, que antaño ocupó el literato francés, de magnífico estilo, Julien Viaud, más conocido por el seudónimo de Pierre Loti.

Me asomo al balcón y respiro los olores que exhala este hermoso mundo de vieja mansión desgastada. La sonochada cubrió el inmenso cielo bordado de estrellas e infatigables luceros parpadeando; la noche huidera se va lenta, aguardando el agasajo de mis enamorados ojos. Noche inolvidable bajo la iluminada luna colgada sobre el celeste del Bósforo. Me siento un elegido de la suavidad divina, que no sé de dónde viene, para vestir mi alma con este afán de serena belleza.

Proseguiré leyendo a Cavafis, hasta que luz rosada del alba abrace la faz del nuevo día… en este Estambul que sigue su camino humano sin que se borren las huellas de su visible paso por las anchas soledades del aire, por la densa historia propia, por la vida del tiempo.

¡Qué pasado tan rico advierto! ¡Qué mundo tan hermoso aprecio! ¡Qué ciudad tan bella contemplo! Oh, sí, ¡La inmortal Estambul! ¿La habéis visto a la caída de la tarde, en el crepúsculo del verano?

 
 
 
BAGDAD
Por sus calles, a cada paso,
Sólo la muerte dolorida y abrumada,
Sólo la muerte sola.
Sin un beso.

.


7 Responses to “Florencio Gutiérrez Peña”


  1. 1 Florencio
    septiembre 22, 2010 en 20:10

    Querido amigo Julio:

    Gracias por tus amables palabras de introducción y por distinguirme con tu amistad; y, decirte, que acaso no podré pagar con ninguna clase de agradecimiento lo que haces por mí, de lo que es un obsequio más de tu bondad y cortesía conmigo, la feliz ocasión, que me honra, de dar cobijo a algunos de mis sencillos poemas en tu excelente cuaderno de bitácora, de alta consideración literaria y que supone para los lectores, entre los que me hallo, un regalo espiritual significante, en un tono que siempre me sienta; recibe, pues, por todo, mi testimonio de gratitud, y respeto, afecto y admiración.

    Réstame decir, que constituye para mí un motivo de especial satisfacción saludar con todo mi aprecio a los lectores de tu Lucernario, de los que tengo alta opinión, que siempre, o las más de las veces, por lo que sé, tienen el ojo entrenado en la poesía y en el gusto por los libros, la idea y la cultura en sentido sustancial, sobre un fondo de serenidad cordial y de libertad.

    Y no va más, sino nuevamente gracias y mi saludo con un afectuoso abrazo,
    Florencio

    • septiembre 23, 2010 en 23:36

      Sabes, querido Florencio, que del reconocimiento de la obra nace la admiración por la persona. El hecho de ser paisanos y tú contar con unos años menos no hubiera significado otra cosa que saber de la existencia mutua, haber sido objeto de algún comentario o anécdota con otros amigos y poco más. Pero la suerte quiso que hubiera ocasión de entablar una correspondencia mayor e intercambio de vivencias, historia personal y trabajo, a raiz del inicio de los Encuentros de Los Jóvenes Gordoneses de los 60 y de ahí el despertarse mi interés y curiosidad, de ponerte rostro de años, experiencias, y mirada inteligente y vida laboriosa. Aunque la iniciativa de los encuentros sólo hubiera servido para esto, ya me daría por satisfecho. No hay pues, amigo mío, necesidad por tu parte de agradecer nada, máxime cuando yo no creo haber hecho apenas algo más que reconocer en tus trabajos la satisfación y placer espiritual que en ellos regalas. De tener necesidad de hablar de agradecimientos, tendría que ser justamente a la inversa, como es natural; sobre todo por aceptar estar en este rincón que, bien sabes, casi nada significa en el universo de la red y mucho menos en el del mundo literario. Para mí, estar aquí con naturalidad y humildad, sólo por el placer de compartir, significa mucho.

      Me he sentido muy satisfecho pudiendo ponerte el primero en la lista de los autores que vengan a llenar este espacio y colmar de calidad e interés esta bitácora con sus distintas voces.

      Con un abrazo.
      Salud.

      Julio

  2. octubre 26, 2011 en 19:45

    Julio:

    Gracias por traer aquí a Florencio Gutiérrez Peña. Es un autor muy interesante por la profundidad de sus textos.

    Un abrazo
    Ana

    ******

    Florencio:

    No conocía tu poesía, Florencio y me ha encantado. Verso libre, verso medido, prosa poética…Te apuntas a todo y con éxito. Eres elegante en tus formas y hay trasfondo filosófico en tu poesía.

    Estambul” es un texto de prosa poética maravilloso. Me ha hecho trasladarme a esa ciudad de ensueño. Por otra parte, en un estilo clásico y sobrio, el poema “Es cuestión de elegir” me ha gustado mucho también. Refleja una gran sabiduría ese vivir anónimo, fuera de los escaparates de la gloria, la vanidad, la fama…

    Seguiré con atención tu poesía (le preguntaré a Julio) y te dejo aquí:

    Mis mejores deseos para tu vida y para tu escritura
    Un abrazo
    Ana

  3. 4 Florencio
    noviembre 7, 2011 en 18:18

    Estimada Ana:

    Un gusto saludarla, y le agradezco la bondad de sus amables palabras y cálidos parabienes sobre mi poesía aquí presentada.

    No he podido escribirla antes, pues el insano tráfago de mi vida de abogado me ha hecho demorarlo un día y otro.

    La poesía es una forma de vivir, de percibir la vida. La poesía es vida expresable, pero sabiendo que no hay palabras suficientes para expresar la vida entera en su multiforme mudanza. Y, sea cual fuere su codificación estética, a mi ver, hay poetas de espesa oscuridad y otros de pura claridad.

    Los primeros suelen ser poetas de gabinete, secos, insípidos, desarraigados de la tierra en la que la humanidad se mueve con sus grandezas y miserias, y soy incapaz de leerlos gozosamente por sus inaprensibles laberínticas sinuosidades, por indigestos intelectualmente y difíciles de desentrañar. Son crípticos, con sumisión a lo hermético. Sutilezas espesas que no importan más que a unos pocos. Fachada. ¿Dónde está la emoción de la poesía? ¿En la metáfora indescifrable? ¿En la inasible reflexión? ¿De qué vale, en última instancia, esa retórica? ¿Es ésa la única manera de expresar algo profundo o bello? Y, sin embargo, sé de la libertad en la expresión personal y sé que para disfrutar de la poesía hay que tener una formación, que dé entidad y sustancia a la lectura. Los segundos, poetas impregnados de vida y en diálogo con el mundo en su fluir plural, si buenos, ponen espíritu en sus versos y son poetas de madureces, que saben anudar la eficacia expresiva y el sentimiento, la belleza estética y la emoción, la memoria y lo cotidiano y, al cabo, con estilo personal y lenguaje terso y bien articulado, siembran poesía, con raíz y tallo, haciendo brotar hojas y flores para provecho de lo leído. Estos poetas es muy probable que son los que tienen mayor interés.

    De estas dos cultivadas tendencias de escribir poesía, como lector soy seguidor de esta última. Por su naturalidad la estimo más y me deja recuerdo duradero. A la otra soy reacio, por su dificultad de acertijo. Y así, Ana, desde esta visión, su poesía, de cualidades excelentes, delicada, sustanciosa y evocadora, escrita en un lenguaje esmerado que no padece malformaciones retóricas, me ha proporcionado un tiempo magnífico de lectura, sintiéndome inclinado a continuar en aquellas horas de descanso que me permitan mis tareas, en la premura de la labor diaria. La poesía se tiene que leer con pausa, paciencia y calma, y su poesía es acicate sabroso que me estimula a releerla.

    Con los mejores deseos y la mayor simpatía, muy cordialmente.
    Florencio

  4. 5 paloma Martin
    diciembre 7, 2011 en 12:57

    Estimado Florencio:

    Ha sido un regalo inesperado leer tu maravillosa poesía. Cuando te conocí hace ya unos años eras una joven promesa y me alegra mucho ver que has conseguido hacer lo que deseabas cuando eras un estudiante de derecho y leías a Rilke.
    Felicitaciones y un beso.
    Paloma.

    • 6 Florencio
      diciembre 12, 2011 en 18:16

      Estimada Paloma:

      Gracias por la bondad de tu comentario, y me alegra saber que te gusta la muestra de mi poesía que aparece aquí. Me permito indicarte que, algo más de ella puedes ver en el Rincón Literario Gordonés, sito en http://www.comarcadegordon.net/Foro/index.php.

      Tengo un excelente recuerdo de ti, que viene de la lejanía de los años mozos en que simultaneaba yo mis estudios de derecho (y antes otros) con el laboreo en la consabida entidad de seguros, en la que coincidimos, y donde hallé entrañables compañeros, de sincera confianza, de trato afable, de grata recordación, que perdí de vista, sintiéndolo, cuando que me fui de la compañía para ejercer de abogado, hace ya muchos años. Recuerdo con nítida claridad aquella época, de agradables días. ¡Cuántos recuerdos atrayentes me evoca!

      Te deseo felicísima Navidad.

      Un afectuoso abrazo, con mi amistad.
      Florencio

      • 7 paloma Martin
        diciembre 18, 2011 en 17:35

        Estimado Florencio:

        Encantada de que aún me recuerdes, la verdad es que no estaba muy segura de ello. Gracias por proporcionarme el enlace del Rincón Literario Gordones, a partir de ahora lo visitaré.

        También te deseo una muy feliz Navidad.

        Un gran abrazo.

        Paloma


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