Entre La Rioja y Guipúzcoa: Arnedillo y Tolosa
30 y 31 de enero de 2016

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El tiempo benigno de fin de semana nos abre el recorrido hasta la localidad de Arnedo y el atrayente polígono comercial de sus alrededores, un buen número de naves industriales de distintas marcas deportivas que congregan a cientos de visitantes en busca de buenas prendas de montaña y deportes de invierno a buenos precios.

Una vez colmadas las ansias consumistas, cruzamos sin detenernos el pueblo de Arnedo y seguimos camino de Arnedillo. El río Cidacos dibuja un paisaje de singular atractivo en su discurrir en busca del Ebro, con sus tramos de cauce ancho y pedregoso, evocadores de aquellos que  en Argentina  dan forma al amplísimo río de Las Conchas, así como los cañones de paredes verticales y color rojizo perforadas de numerosas cuevas convertidas, según me pareció, en palomares, y la frondosa vegetación de los valles.

Arnedillo reúne un caserío variopinto bien agarrado a la ladera del monte que se deja caer hasta la orilla del río en el que encontramos un magnífico balneario, la posibilidad de tomar baños de barro, y unas termas públicas en las que, desafiando los ocho grados de temperatura exterior, se sumerge un buen número de bañistas. Son relativamente pequeñas, pero bien acondicionadas a la orilla del río en el que alguna que otra persona se sumerge para alternar los baños calientes con los fríos.

El pueblo, además del singular encanto de su ubicación y arquitectura, nos ofrece una buena ocasión de comer en el centenario restaurante Casa Cañas, al pie de la carretera general. Su brocheta de carne de cerdo, pollo y ternera, con sus verduritas asadas, y otros platos sabrosos de los que se ofrecen al visitante, cumplen las expectativas de un buen almuerzo. El menú se recoge en una carta presentada en forma de periódico; allí pudimos leer un poco de la historia del restaurante y otro poco de la de Arnedillo, con fechas, celebraciones y costumbres curiosas de este pueblo enclavado en un territorio que conserva numerosas huellas de los míticos dinosaurios. Una de esas celebraciones es la llamada Procesión del Humo, que arranca del año 1888 cuando Arnedillo sufrió los efectos devastadores de la viruela negra. Entonces, intentando fumigar el pueblo, prendieron fuego a lo largo de todas las calles a montones de ramas de romero y pino, abriendo las puertas y ventanas de las casas para que el humo entrara. Hoy se hace lo mismo y se procesiona a San Andrés por entre el humo de las hogueras, lo que enseguida hace toser a la gente que toma parte en la misma.

El viaje de Arnedillo a Tudela nos costará algo más de dos horas por carreteras que se van estrechando y llenando de curvas a medida que nos adentramos en Guipúzcoa. La oscuridad de la noche, que cae pronto en invierno, nos privará de la vista del paisaje.

Una vez alcanzada la localidad de Ibarra y sin apenas abandonarla, ya entramos en Tolosa. La ciudad se encuentra inmersa en la fiesta de Caldereros, prolegómenos de los carnavales. Las gentes de Tolosa, que fue ciudad amurallada y capital de Guipúzcoa, o Gipuzkoa en su acepción en vasco, desfilan disfrazadas de zíngaros y haciendo sonar tambores y sartenes; también pasará una numerosa banda de música y los bares y restaurantes del entorno monumental de la ciudad vieja están repletos.

Tolosa, encajonada entre montes y atravesada por el curso sinuoso del río Oria, ofrece un ambiente tranquilo y amable al visitante en medio de sus fiestas. Avenidas bien arboladas y cuidadas, edificios de interés como el Archivo provincial y museos como el de los títeres, ubicado en la plaza porticada, hacen posible una visita amena incluso en medio de la suave lluvia del día.

El anteriormente citado Museo de los Títeres es un bello ejemplo de cómo hacer vivo y lleno de magia un espacio en el que se te ofrece convivir con muñecos articulados, marionetas y títeres de todas las partes del mundo. Un espacio interactivo, ingenioso en su diseño con el uso de espejos que multiplican hasta el infinito la magia que lo hace tan atractivo. Una visita, pienso, obligada en la ciudad de Tolosa, que va más allá de sus afamadas alubias.

La ciudad de Tolosa, con sus pequeñas y diferentes plazas, sus gentes y la vida que respira en sus calles y establecimientos, nos despide en la tarde avanzada del domingo y nos emplaza, con su atractivo, a nuevas visitas en el futuro.

González Alonso

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