Ávila y Sierra de Gredos.- Primavera de 2015

Muralla de Ávila.Teresa de Ávila.Murallas de Ávila
La vuelta a Ávila en esta tercera ocasión venía precedida por el interés especial de la celebración del quinto centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús, la excepcional escritora y mujer que iluminó, junto con San Juan de la Cruz, la literatura mística española del siglo XVI. Con este motivo, la ciudad de Ávila, junto con la salmantina Alba de Tormes, organizó una edición de Las Edades del Hombre. La visita, pues, transcurrió entre el arte religioso y la exaltación de Teresa de Ávila, el paseo por la ciudad monumental y la gastronomía, en el espacio de dos días soleados y fríos de primavera.

Santa Teresa de Jesús- VitralLas Edades del Hombre recogen, para mi disgusto, una visión oscura y hasta tenebrosa de la vida de Teresa de Jesús y del catolicismo. Tres iglesias acogen la exposición, centrada en el personaje de la santa, haciendo excesivo hincapié en el aspecto religioso y la experiencia espiritual de Teresa en detrimento de la cuestión humana, familiar y la faceta literaria. El contexto histórico sirve de marco para explicar los aspectos relevantes en la experiencia de Teresa: Inquisición, Reforma luterana y Contrarreforma tridentina, Lepanto, el Imperio Español en Europa, América y Asia, Fray Bartolomé de las Casas y la cuestión indígena, etc. La impresión general que se desprende de la visita es la de presentarnos una época obsesionada con la muerte, reveladora de un cristianismo triste y sufriente, cargado de culpas y castigos, tormentos y penitencias. Una espiritualidad tenebrosa en contraste con la luminosidad de la figura de Teresa de Jesús y la frescura de sus escritos, sobre todo la poesía, tan apasionados y cargados de un intenso amor místico hecho con los mimbres del amor carnal. Pienso que Santa Teresa no se merece una cosa así. Queda muy poco o nada de su espíritu jovial, alegre y hasta bromista y mucho, demasiado, de su tormento.

La ciudad, excepcional, se levanta como un milagro entre la Sierra de Ávila y el pie de la Sierra de Gredos. La rara esplendidez de sus murallas con sus 2516 metros de longitud, 2500 almenas, 88 cubos o torres y 9 puertas, es capaz de atraer a gentes de cualquier rincón del mundo; así, pudimos conocer al joven estudiante chino Kao Rem que, frustrado por no poder acceder a las murallas por ser día de descanso, se unió a nosotros en la visita a Las Edades del Hombre con la intención de que le sirviéramos de ayuda para comprender qué era y qué fue la vida de Teresa de Jesús. Naturalmente, se sorprendió mucho con todo; le produjeron cierto rechazo y perplejidad las reproducciones de Jesús crucificado y hubo ocasión para contrastar ideas religiosas cristianas y budistas, de las que nos dio algunas ideas. Debo aclarar que ni él ni nosotros somos creyentes, aunque tanto nosotros como el joven chino respetamos las expresiones de arte de la religiosidad como elementos de la cultura.

Sopas de ajo, judiones y patatas revolconas.Menú del Restaurante Siglo XII - Ávila.Chuletón de Ávila en el Restaurante Siglo XII

La parte gastronómica la resumiré recomendando, en primer lugar, el Restaurante Siglo XXI, justo al costado de la catedral. Un buen menú a base de sopa de ajo de sabor equilibrado y un pan ligeramente tostado, judiones con chorizo, patatas revolconas, virutas de morcilla y chuletón de Ávila al que no se le puede poner ningún pero, a un precio razonable de 20 euros. En segundo lugar, en el que se llama La Escalera de San Juan, a pie de las escaleras y en la calle Martín Carramolino, pueden ofrecerte, incluso, un atractivo menú portugués también por 20 euros. El Restaurante Barbacana situado extramuros en los soportales de la Plaza de Santa Teresa, fue una decepción; algo más barato y de raciones abundantes, pero con defectos de cocina recalentada, exceso de grasas y frituras nada atrayentes.

El alojamiento, en el céntrico Hotel Las Moradas de la calle Don Gerónimo, a escasos cincuenta metros del hoy abandonado Hotel Continental desde el que podía verse de frente la catedral, resultó confortable y estupenda la habitación en forma de apartamento.

Castillo de El Barco de ÁvilaDesde Ávila, siguiendo la Sierra de Gredos, llegamos al Barco de Ávila. Las circunstancias quisieron que conociéramos mejor de lo que pretendíamos esta ciudad, que no pasaba de hacer unas fotos al castillo y el puente románico sobre el Tormes. Una avería en el coche nos posibilitó conocer y tratar a gente muy amable, como David, el dueño del taller Carrer Auto que actuó con gran profesionalidad para resolver el problema de la avería, o el joven de la tienda Legumbres Herederos de Felipe Moreno: Neli Jiménez, en la que nos abastecimos de los famosos y magníficos judiones del Barco de Ávila, alubias negras, chocolate de Zamora, lentejas negras cultivadas en Tierra de Campos de León y Palencia y de almendras recubiertas de cacao o “chichirimundis”. Además de visitar su plaza mayor, siempre con la vista en la Sierra de Gredos todavía con nieve, hubo ocasión de pasear sus alrededores y contemplar los restos amurallados que se conservan de la ciudad medieval.

Con todo, dado que El Barco de Ávila se encuentra bien comunicado por autobús, pudimos acercarnos hasta Plasencia. El Valle del Jerte, húmedo y lluvioso, nos ofreció su paisaje espectacular de cerezos todavía en flor en el puerto de Tornavacas, envueltos en la niebla que vestía con su encanto melancólico el verde de los árboles hasta las cumbres de la sierra.

Catedral de PlasenciaPlasencia (Cáceres) y sus dos catedrales superpuestas, una empujando a la otra, con la elegancia austera de su Parador Nacional, su plaza mayor, Ayuntamiento con torre y papamoscas, sus calles húmedas y, pese a todo, bulliciosas de grupos de estudiantes y turistas, resultó ser una visita amable e interesante con alojamiento en el Hotel Alfonso VIII y cena de picoteo en el Bar Restaurante Español de la plaza mayor a base de gazpacho, croquetas de perdiz y setas y puntillitas andaluzas que, sin ser nada excepcional, sirvió para satisfacer nuestras expectativas.

Y ya de vuelta a casa por la Ruta de la Plata, parada y fonda en Béjar (Salamanca). El Hostal Extremeño, emplazado en medio y todo lo alto de la ciudad antigua y monumental, ofrece a buen precio un alojamiento grato en habitaciones reformadas y cómodas. El trato familiar de su dueño, le da encanto. Y para comer o cenar nada mejor que acudir a La Parrilla Bejarana, próxima a la plaza mayor y emplazada en lo que fue antigua Posada u Hostería. El restaurante ocupa los bajos del inmueble destinados en su tiempo a servir de cuadras para las caballerías de las carretas que pasaban por la Posada. Columnas de madera y granito de una sola pieza, vigas increíbles en un equilibrio admirable y, en fin, un entorno magnífico para degustar todo lo que el cerdo nos puede ofrecer y regalar a unos precios mucho más que atractivos: solomillo, lagarto, pluma, chorizo, queso, tomate, más un buen vino Ribera del Duero, abundante pan blanco, degustación de morcillas (oferta de la casa) de patata y de calabaza al estilo extremeño, sendos orujos y la conversación simpática, fluida y amable de su actual regidor, todo ello y para dos personas por 33 euros y 90 céntimos. Un lujo y un placer.

BéjarLa ciudad antigua de Béjar languidece en el abandono secular de sus regidores. A veces, al anochecer, parece una ciudad fantasma de casonas blasonadas entregada al ensueño del olvido, inmuebles y soportales cargados de humedad soportando el paso del tiempo con resignación. Béjar no se merece este final. Todo lo construido alrededor del centro histórico y monumental es un despropósito y un despilfarro innecesario. La historia, la memoria, el arte, la esencia de Béjar y también su futuro, están en las calles entregadas a la agonía del paso del tiempo y la indiferencia. Esperemos que quienes tienen que hacerlo, reaccionen antes de tener que meter la piqueta y arrasar la cresta de la colina donde se halla emplazada esta bella y antaño famosa y rica ciudad textil.

Carretera adelante, otra ciudad reclama nuestra atención y nos ofrece la visita a la hora del almuerzo. Se trata de Tordesillas. Pequeña y relativamente bien cuidada, sobre todo el entorno de la plaza mayor y los Palacios del Tratado, se deja visitar sin agobios y refrescar la memoria de lo que fue una de las decisiones que marcaron el curso de la Historia de España, de Portugal y del mundo. Para comer, de paso y sin complicaciones, topamos con el Mesón Castellano. Dos pequeños comedores y un menú invariable a menos de 10 euros. No se pueden pedir peras al olmo, pero las chuletillas, el conejo y las sopas de ajo estaban bastante bien, así que tan contentos.

Después, sí; el resto, hasta casa, todo es carretera.

González Alonso

Rincones de Ávila:

Museo del Ejército (Intendencia)..........................

Rincones de Plasencia (Cáceres):

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Rincones de El Barco de Ávila:

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Rincones de Béjar (Salamanca):

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Rincones de Tordesillas (Valladolid):

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