Alberto Infante, poeta y novelista

Es evidente que quien mejor habla de un poeta es su poesía; pienso, incluso, que el mismo poeta puede resultar prescindible, pero también es verdad que a través de lo que piensa, siente y la manera que tiene de experimentar su vida, podemos alcanzar a comprender su obra, alcanzar al hombre que habita detrás de sus versos. Y eso, también,  lo encuentro interesante.

Alberto Infante (Madrid, 1949), es novelista y poeta. Hago esta salvedad dado que no todos los poetas, ni siquiera muchos, pueden presumir de narradores, lo que ocurre también a la inversa, que pocos narradores pueden demostrar tener aptitudes para la lírica. Alberto reúne ambas cualidades y en ambas se desenvuelve de manera admirablemente solvente. Hoy, ahora, nos encontramos ante su último trabajo en verso, “Paisaje interior” (Ediciones Vitruvio- Madrid, 2019), que pretende ser un libro de poesía reunida con los poemas escritos y publicados entre 2004 y 2013, a los que se suman los poemas inéditos de “Principio y final” (2019).

El libro se abre con las letras de Alfonso Berrocal en un prólogo perfecto, el que cualquiera desearía recibir para su propia obra. Pero si el prólogo es extraordinario se debe, por una parte, a las virtudes y conocimiento del prologuista y, por otra, a la calidad de la obra a la que nos sirve de introducción.

No se trata aquí de resumir dicho prólogo ni hacer un análisis de la obra de Alberto Infante; pero he de decir que gran parte de las notas que había ido reuniendo mientras leía este “Paisaje interior”, las encontré luego en las palabras de Alfonso Berrocal, sólo que mucho más claras, argumentadas y concisas. Y es que en esto actúo de manera invariable, siempre leo en primer lugar la obra y luego los prólogos, epílogos o las notas sueltas que acompañen a la obra.

A mí, Alberto Infante, me sorprendió y descolocó inicialmente porque lo tenía catalogado como novelista. Le había oído leer algunos poemas en las veladas de Noches Poéticas, que no es el mejor lugar para escuchar y sentir de verdad la poesía, y había leído algunos poemas sueltos suyos en su página oficial, “Alberto Infante “, enlazada en este cuaderno de Lucernarios; pero todo ello no era suficiente como para tenerlo en cuenta en la faceta de poeta. Estaba equivocado. Alberto Infante, al que admiré como novelista tras la lectura de “Constantes vitales”, me deslumbró como poeta. Y no como cualquier poeta hecho al azar, hecho a ratos y caprichos, ocasional, de paso; porque nos encontramos, ante todo, delante de un poeta de una gran madurez y coherencia exquisita, escritura pulcra, respetuoso y de un amor incuestionable por el idioma, escritura culta sin concesiones a las extravagancias, las futilidades ni el cultismo, ni dado a los excesos de los que el propio poeta nos advierte “que pueden acabar próximas al fingimiento”, es decir, caer en lo impostado, lo falso. Una escritura, en fin, llana y directa, sin tropezar en lo vulgar, comprometido, pero sin recurrir a soflamas, consignas, ideas e ideologías manoseadas. Al monocromatismo temático, Alberto opone su paleta abierta a un abanico de amplios colores. Los poemas de Alberto Infante siempre nos dicen algo y se mueven –nos mueven- en una búsqueda permanente desde un carácter conceptual y transido de filosofía, reflexivo, que lo aproxima al pensador holandés de origen sefardí hispano-portugués, Spinoza. Eso, por un lado. Por el otro, nos encontraremos ante una relación afortunada y productiva con el lenguaje pictórico y visual.

A lo largo de su trayectoria poética, Alberto descubre su propia voz, la modula y va dotando de matices nuevos que aportan riqueza al poema. No es escritor, dijimos, de un solo tema, ni lo será tampoco de una sola estructura estrófica o versal; de hecho, sus últimos poemas, de mayor amplitud, se escriben –muchos- en prosa poética, muy alejados de los poemas breves y polimétricos de épocas anteriores.

Todo revela en Alberto una constante evolución, pero siempre lo encontraremos fiel a su esencia y coherente con su manera de enfrentar el mundo y, dentro de él, lo humano, lo valioso y perdurable, los tremendos errores, los destinos escritos en nuestro ADN y el de las sociedades que formamos. No hay amargura en sus versos, ni desencajada ira, ni lamento vano. De manera estoica, tierna, humanamente próxima, nos descubre la belleza de las cosas y nos acerca a las emociones que la vida nos regala. Si hay una constante en su poesía, será la del latido de la vida, por un lado, y por otro, la aceptación de nuestra condición temporal, lo efímero de la existencia, una certeza que quizás venga reforzada, además, por su condición profesional dedicada a la medicina.

No creo que valga la pena el que yo agregue muchas más razones y virtudes sobre lo que la obra poética de Alberto Infante significa y nos descubre. Por esto, suspendida aquí la pluma de esta introducción, os invito a explorar algunos poemas de “Paisaje interior” traídos a este cuaderno en la seguridad de que, como escribió José María Muñoz Quirós, nos ayudarán “a construir nuestro propio paisaje y a habitarlo de música, de luz, de belleza y de senderos interiores que nos conducen a nuestro centro”.

Y así lo creo.

González Alonso

POEMAS DE ALBERTO INFANTE:

No recuerdo

No recuerdo bien qué hice o dije,
o, más bien, qué dejé de hacer o de decir.
Recuerdo, sí, tu llamada nocturna.
Y siendo como eres orgullosa,
el cálido, cercano tono que empleaste.

Y, también, que me dormí pensando
qué más habrías dicho, o hecho,
o, al menos, intentado, si aquella no hubiera
sido tu postrera noche en la ciudad,
si yo no hubiera colgado tan aprisa.

(De La sal de la vida, 2004)

*

Madrugada en blanco

A las 4:56 de la mañana la belleza
lo destruye todo y no hay cómo
echarse atrás, encender la luz, poner un disco,
evitar que una vez más al amanecer
se lo coman no los gallos sino
los afilados tacones de las transeúntes
o las ruedas de los tranvías.

A las 4:56 de la mañana relámpago sin rosa,
no clamor
sino presencia ausente.

A las 4:56 de la mañana,
exactamente a las 4:56 de la mañana,
si hubiera vida,
lo amado
valdría más que lo escrito.

(De “Diario de Ruta”, 2006)

*

No hay Godot en Beckett

Que seas irlandés, flacucho y desgarbado,
y salgas de un cine junto al Sena,
y sea el invierno del 38,
y te apuñale un vagabundo,

que sobrevivas,
y vayas luego hasta la cárcel
y preguntes “¿por qué lo hiciste?”
y él, tranquilo, responda “y yo qué sé”,

algo tendrá que ver me digo
con que en el 52 Estragón y Vladimir,
en medio de la nada
hablen, peroren, disparaten,
se crean necesarios
esperen a quien no vendrá,
pues Godot nunca vendrá.

¿Cómo va a venir si sabe bien lo que le espera?

(De “lLos poemas de Massachusetts, 2010)

*

Los bufones de Pría

 I do not know much about gods
T.S. Elliot

Contemplando estos acantilados pienso en The Dry Salvages. Pienso en ellas sin razón alguna porque nunca las vi y ver, lo que se dice ver, yo sólo he visto estos.

Son hermosos, fuertes como el mar que choca, y se alza, y entre las rocas excava su privado dominio. Pero pienso en Les Dry Salvages y me digo: “Alguna vez iré”. No sé por qué, pero lo digo.

Quizá sea el ritmo del viento, el olor a vacas y a heno, el sonido del verso que una vez usé. Todo eso estaba allí, y estaba antes, lo mismo que yo estoy ahora aquí y es mi primera vez. Solo que ahora me esfuerzo por ver las cosas como son: las altas rocas calizas, el lodazal del camino, tu bello rostro, la excitación del momento.

No es fácil ver las cosas como son. Las cosas cambian, nosotros cambiamos. Hasta los acantilados cambian; a otro ritmo, pero cambian.

Todo esto fue así desde el comienzo.

No sé mucho sobre dioses o ríos. Tampoco sobre acantilados. Pero esto sí lo sé: iré. Porque he estado yendo y viniendo. Como los acantilados. Como el mar. Como las nubes. Como las vacas.

Desde un principio. Yendo y viniendo.

Alguien debería saberlo. Yo, francamente, no.

(De “Carta de ajuste, 2013”)

*

Billy Collins cita a Juan Ramón Jiménez

Desde la biblioteca y el mediano plazo al jardín japonés
podríamos seguirle el rastro
ignorando su distribución.

“Lo peor de la muerte debe de ser la primera noche”
escribió Juan Ramón Jiménez
y Billy Collins arrancó de ahí.

Se lo escuché en YouTube:
“Esa noche debe de ser la única noche”, exclamó.
Y se me quedó grabado.
También el final, algo bastante corriente
sobre el espino y la rosa pero que dicho
por él parecía nuevo gracias a su sentido
del humor y a su manejo del swing.

Oyéndole me repetí que la poesía es un juego muy serio
para explicar lo inexplicable con imágenes hermosas
y eludir el hecho de que todo paraíso es artificial
y todo sueño poco más que una desordenada
sucesión de fragmentos
que no logramos reconstruir.

Billy Collins nació en Manhattan y se crio en Queens
un lugar a cuyo río Juan Ramón le regaló su mar,
el mar de Moguer, que era más blanco
y más azul y estaba muy lejos.

Eso no se lo escuché a Billy Collins
aunque supuse que lo conocía,
cómo no conocer ese fragmento
que tiene de sueño lo que sólo los sueños
pueden tener: espacio, tiempo, río, discurrir por una orilla
y aparecer en otra,
orillas de Moguer a lo largo del Hudson,
mareas y olas de Moguer
arenas dulces y soles anunciando el ocaso,
es decir, la primera y única noche
porque las demás no cuentan,
aseguran, insisten, confirman,
pero no cuentan,
lo que cuenta es esto
que una tarde, otro poeta,
en otro lugar,
en otra lengua.

Yo había leído antes a Billy Collins
y, lo confieso, no me había parecido gran cosa
pero ese día sí
pues eso tiene también la poesía
que nos devuelve la voz de los muertos
en las palabras de los vivos
en el tono, el ritmo, el sonido de las palabras de los vivos;
los significados están bien, y la respiración,
y el slang, y el sentido del humor,
pero es lo otro, lo otro,
lo indefinible y otro.

Quién haya vivido lejos
y distante y solo
me comprenderá.

(De “principio y final”, 2019)

24 de febrero de 2020

*

 

 



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