Viena y Salzburgo, 2008

La antigua Vindobona o “ciudad blanca” en su origen celta que es ahora Viena, sinónimo latino de Viana o Veana, “monte o colina”, no puede entenderse sin sus esencias austriacas empapadas de Danubio, música, filosofía, psicoanálisis, pintura y poesía. Hay nombres para todas y cada una de las artes que se acogieron y acogen a la fascinación de la capital de Austria. Pongamos, entre otros, a Otto Bauer o a Max Adler, teóricos del marxismo desde el intento de combinar socialismo y nacionalismo o de aproximarlo desde la filosofía kantiana, dando origen a la socialdemocracia europea del siglo XIX. Y sigamos con Sigmund Freud, Gustav Klimt, W.Amadeus Mozart, Josephe Haydn, Schubert, Gustav Mahler, Johann Strauss o el rey del vals, el poeta Schiller con monumento frente a al Academia de Bellas Artes y delante del escritor alemán Goethe. En la arquitectura descuella la figura señera del valedor de la arquitectura funcional y defensor de la recuperación del clasicismo Otto Wagner; pero no puede dejarse de admirar la huella de otro arquitecto, F. Hundertwasser, en edificios tan espectaculares como el Hundertwasserhaus, de alegres colores azules, blancos, rojos y amarillos, suelos irregulares, tejados cubiertos de jardines y ventanas desiguales, inaugurado en 1986.

La impresión que recuerdo de Viena es la de una ciudad amplia en sus avenidas, sólida y monumental en sus edificios emblemáticos, animada y colorista en su casco antiguo, bastante tranquila, con muchas bicicletas por todas partes, activa en las protestas y reivindicaciones callejeras como pude comprobar en dos ocasiones bien distintas, una de médicos en las proximidades del Parlamento y otra de grupos ecologistas y alternativos por el centro de la ciudad. También la actividad cultural ocupa un lugar de importancia en la vida de la ciudad, sobre todo en torno a la música y el Palacio de la Ópera, uno de los más célebres a nivel mundial junto con la Fenice de Venecia. Me queda, también, un recuerdo de parques y jardines en torno al canal del Danubio, de barrios residenciales bien construidos y una sensación de orden urbanístico al que se le escapan pocos detalles.

De mi visita a Viena y luego Danubio arriba navegando hasta Salzburgo, destacaría El Belvedere y sus jardines de estilo francés que acoge entre sus pinturas más famosa la de El Beso, de G. Klimt; el Museo Quartier y sus colecciones de arte moderno y contemporáneo; la Ópera del Estado con la impresionante escalinata de sus vestíbulo; la catedral de San Esteban, en cuyos alrededores un grupo de tunos españoles interpretaban sus canciones; el antiguo Palacio Imperial de Viena, emplazado en el centro de la ciudad con la Escuela Española de Equitación y sus exhibiciones con caballos españoles llevados por primera vez a Austria por el emperador Maximiliano II en 1562; la ya mencionada Casa de Hundertwasser, multicolor y vanguardista; el impresionante Teatro Nacional y un largo etcétera de iglesias, museos, parques, ruinas romanas y monumentos que llenarán muchos días. Recuerdo, también, cómo en la capital austriaca donde cosecharon tantos éxitos los tenistas Thomas Muster y Bárbara Schett, tuve el placer de ver la retransmisión de la final de Wimbledon que ganó Rafael Nadal frente a Roger Federer. Creo que en la cafetería donde se seguía el partido yo era el único que aplaudía y seguía las jugadas de Nadal, para sorpresa de los seguidores de Federer y de algunos “neutrales” que, finalmente, tuvieron que conformarse y encajar el resultado.

En el apartado gastronómico, además de la cerveza y las salchichas, destacaría los platos de carne y guisos como el gulasch, un estofado picante con pimentón acompañado de unos pequeños bollos de pan que se sirve también con otros ingredientes como las patatas y los huevos fritos. La variedad de carne más consumida es el abrojo de vacuno. Otro plato interesante son los pimientos rellenos o gefüllte paprika, que llevan una mezcla de arroz y carne bien picada y se sirven con patatas o salsa de tomate. En los postres hay que destacar la repostería y los famosos pasteles vieneses. En la inevitable y obligada visita al Café Landtmann recuerdo esa experiencia de probar algo de la  amplia oferta que pasean por el local en unos carritos con varios pisos de bandejas. Este café, abierto en 1873 por Franz Landtmann, era frecuentemente visitado por personajes célebres entre los que destaca Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, que solía tomarse en él su café de la mañana. Se trata de un magnífico café con cuatro grandes salas bien amuebladas con sillones tapizados, lámparas de cristal, grandes espejos y mesas nobles en que pasar un rato muy agradable en medio del habitual barullo de gente que acude atraída por su fama.

Resultaría larga la lista de lugares, bares, restaurantes, plazas y rincones de interés en Viena; además, la memoria es corta y pasados ocho largos años de este viaje, aunque me reconozco en las fotografías, ya no me acuerdo de los nombres de cada sitio donde me las hice, como el lugar donde se hacía publicidad del álbum Rain de The Beatles o la plaza frente al monumento de Schiller. Pero cerraré este repaso apresurado con la impresión –esta foto sí la tengo bien localizada- del edificio del Parlamento, situado en una zona más tranquila y de edificios más clásicos que confieren un aire más frío a la ciudad del Danubio. De estilo griego en honor a la cuna de la democracia, en sus amplias rampas de acceso se levantan monumentales estatuas de filósofos y pensadores griegos, y al pie de una de ellas se sacó la fotografía.

Decía cerrar este repaso en el Parlamente austriaco, pero no puedo dejar de citar la recomendable experiencia de navegar por el Danubio y, atravesando Wachau y el valle de los Nibelungos, visitar la imponente abadía de Melk, fundada en el siglo XI por los benedictinos y ampliada con estilo barroco. De la biblioteca y los frescos de su bóveda, iglesia conventual, historia y vistas sobre el Danubio te queda, junto con la sorpresa, un recuerdo imborrable.

Siguiendo la navegación llegaremos a Salzburgo, su estrecha calle principal y sus originales y tradicionales carteles anunciando establecimientos y marcas de tanta actualidad como McDonald o Zara, su Palacio de la Música de exterior bastante anodino, el cementerio y la evocación de la película “Sonrisas y lágrimas”, el castillo, el ambiente impregnado de la vida y la obra de Mozart, los museos y las riberas del Danubio. Todo de grata memoria, experiencia singular y visita que pide, tal vez exige, otras visitas a este país europeo. Todo será.

González Alonso

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