LUCAINENA DE LAS TORRES
-Almería-
15 de febrero de 2019

Circulando por la carretera de Los Gallardos nos desviamos en dirección a Sorbas por una carretera de trazado de montaña poco agresivo mientras el paisaje se va abriendo y mostrando su carácter más natural o explotado de modo más respetuoso con cultivos bien integrados en su medio, olivos y almendros, en un entorno amable que transmite serenidad.

Pasado Sorbas, alzado al murallón a cuyos pies corre el río que le da nombre, y antes de llegar a Tabernas, referencia inevitable de los decorados para películas del oeste de los años sesenta, una desviación a la izquierda nos conduce por la carretera comarcal a Lucainena y sus alrededores.

La ubicación del pueblo, acostado a la ladera de la montaña, resulta sugerente. Nos encontramos ante un pueblo con personalidad; sus estrechas calles y callejuelas alzándose hasta la parte más alta que ocupa la iglesia, respiran sabor a tradición de arquitectura rural. La placita del Ayuntamiento, pequeña y simple, es acogedora. Destaca la limpieza de calles y aceras y la buena conservación de los inmuebles con sus fachadas pintadas y adornadas, en algunos casos, con macetas. En el Rincón del Minero, bar y restaurante, se accede a un sencillo menú, digno y asequible.

De Lucainena arrancaba el trazado ferroviario que llegaba hasta Agua Amarga, en la costa; desde las cumbres de la Sierra de la Alamilla y las explotaciones mineras del hierro de Lucainena, aquellos trenes arrastraban formaciones de hasta veinte vagones cargados de mineral. Tres estaciones servían para hacer el cruce de trenes, a los que se incorporaba ocasionalmente un vagón de viajeros, en los más de cuarenta kilómetros de recorrido. Ahora, una vía verde por donde antes discurría el tren minero se hace transitable en unos cinco kilómetros desde Lucainena y varios kilómetros más desde Agua Amarga. El paseo, ameno, fácil y tranquilo. A la salida de Lucainena se conserva la estación del tren y más adelante, a un par de kilómetros, hay un espacio sombreado de esparcimiento con una pequeña cueva excavada para guardar material de conservación.

En los alrededores del pueblo se encuentran los hornos de calcinación en un buen estado de conservación y bien preparados para su visita. Para acceder a ellos puede hacerse, o bien a pie desde el pueblo andando algo más de un kilómetro, o bien tomando la carretera a Turrillas para llegar en coche hasta el mismo pie de los hornos. Hágase como se haga, contemplar estas construcciones industriales y el paisaje que circunda las explotaciones mineras inspira tranquilidad y no cuesta ningún trabajo imaginar lo esforzado del trabajo de aquellos mineros, protagonistas de la actividad y la creación de riqueza de finales del siglo XIX hasta bien mediado el siglo XX.

El viaje desde Lucainena hasta Níjar atravesando la sierra es singular y sorprendente. En un determinado punto del viaje se descubre una subestación eléctrica alimentada por paneles solares que cubren la ladera de la montaña y le dan al lugar un aire de película de ciencia ficción.

Tal vez esta visita, en verano, resulte más calurosa y quizás menos relajada por la posible asistencia de numerosos visitantes. No lo sé. En los días y las horas de un febrero fresquito, despejado y seco, puedo decir que es muy agradable y que la vegetación anima con sus tonos verdes el paisaje, sobre todo en las horas del atardecer donde la luz empieza a ser pura magia.

González Alonso

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