Praga en la memoria
2007

Ciudad de leyenda y leyendas, a las cuales resultan ser muy aficionados los checos. Entre ellas se cuenta en Praga la del hombre de hierro que se ahorcó después de conocer la muerte de su joven prometida ahogándose en las aguas del Moldava, desesperada al verse rechazada en su boda porque el hombre creía que ella le había sido infiel. ¡Ay, los celos! Dicen que el llamado hombre de hierro se aparece cada 100 años, pero estábamos en Praga a dos de su próxima aparición, que sería en 2009, así que no resultaría probable encontrárselo paseando su culpa por ninguno de los puentes tendidos sobre el río.

Hemos dicho el Moldava, ese río majestuoso que conduce su impresionante caudal por el medio de Praga y sus orillas abrazadas por numerosos puentes entre los que destaca el de Carlos IV. Imprescindible cruzarlo varias veces. Festonado de altas estatuas, este puente gótico une directamente la Ciudad Vieja con el castillo de Praga en la otra orilla.

Pero el Moldava es mucho más. En la música será también el tema de la obra Mi País (1874) del compositor romántico checo Smetana. Porque en la patria de Franz Kafka, de Milan Kundera o de Antonin Dvorzak, la música es devoción hasta el extremo de discutirle a Viena el legado de Mozart o manteniendo una inquebrantable devoción por los Beatles. Los hippies de Praga –en su momento- llegaron a levantar un muro en homenaje a John Lennon tras su asesinato en Nueva York. Un estudiante mexicano lo representó en un mural y cientos de pintadas lo han ido cubriendo y desdibujando. Pero allí, en el típico barrio de Malá Strana, continúan reuniéndose anualmente para honrar la memoria del antiguo componente de los Beatles entonando sus canciones, y a los pies del muro llegan continuamente curiosos y amantes de la música del cuarteto de Liverpool y simpatizantes de John Lennon y sus ideas pacifistas.

Después de pasados nueve años, rememorar la visita a Praga resulta estimulante. Cada recuerdo es un brochazo suelto que va encajando en el cuadro de una ciudad tan hermosa como llena de misterio. Pongamos el ejemplo del Castillo de Praga, aupado a la cima de una colina, y todo lo que contiene (palacios, iglesias, galerías, jardines…), desde el que se descubre una singular y atractiva vista de la ciudad; la Plaza de la Ciudad Vieja; el Puente de Carlos IV; el antiguo cementerio judío; la comercial Plaza Wenceslao… cada rincón, cada plazuela, es una caja de sorpresas palpitando belleza e historia. Así, desde la alta torre del Ayuntamiento de la Ciudad Vieja, se descubre una sugestiva panorámica de la plaza y la ciudad con sus edificios de tejados rojos. El reloj astronómico concita la presencia de centenares de visitantes cuando marca la hora y al toque de las campanas cantan los gallos y desfilan los autómatas del siglo XV. Es un reloj que, además de dar la hora, reproduce las órbitas de los planetas, el Sol y la Luna alrededor de la Tierra.

De la belleza de los edificios de Praga en fachadas, balconadas y ornamentación, nada que decir. La retina es una fiesta de imágenes que no se borrarán facilmente. Lo sensato y aconsejable es  dejarse llevar por las avenidas y las callejuelas, coger sus tranvías o el metro, detenerse ante no pocos escaparates y descubrir el arte en las calles en una arriesgada apuesta por integrar lo más vanguardista en la nobleza más clásica y esplendorosa. Así, nos sorprenderá un hombre colgado por un brazo en la mitad y lo alto de una calle; un cerdo a punto de saltar desde un trampolín al agua, la desbaratada cuba gigante cuyo contenido puedes ser tú mismo, la amalgama de chatarra y desconcertantes objetos elevándose fundidos en una escultura o la Venus de Boticcelli en el fondo de un zapato blanco gigantesco de tacón.

No hace falta hablar de las salas, teatros e iglesias que ofrecen conciertos, ni la realidad viva del teatro negro de marionetas. La Laterna Magika, al lado del Teatro Nacional, fue uno de esos brochazos de imaginación y fantasía; otros resultaron ser el mercadillo Havelsky con sus abarrotados puestos de frutas, objetos de artesanía, tejidos y toda clase de recuerdos; también el impactante antiguo cementerio judío y las sinagogas, entre las que destaca la Sinagoga Española, de espectacular estilo morisco y que reemplazó a la sinagoga más antigua de Praga tras su destrucción en 1867. Tiene museo, un órgano excepcional y es el lugar donde la comunidad ortodoxa judía celebra sus servicios.

Los vestigios del régimen comunista también son evidentes en la ciudad, aunque muchos monumentos han sido desmantelados o reconvertidos. El rechazo al totalitarismo no niega la historia reciente vivida y sufrida. Puede visitarse, además, el Museo del Comunismo, centro de documentación en el que se vive con gran realismo lo que significó la dictadura, a través de los símbolos y objetos originales. Algunas salas, como la de los interrogatorios, resultan escalofriantes.

Pero volviendo al lado amable de Praga no podemos olvidar su gastronomía. Salchichas, buenas cervezas, platos típicos como los guisos de carne o guláhs, el cerdo con buñuelos y chucrut, los halusky o fideos gruesos o los panecillos alargados que se untan con queso o se mojan en salsa.

De entre los lugares para comer, recuerdo el Restaurante U Pinkasú; este local, ubicado en un edificio de una antigua cervecería de 1843, te ofrece la sorpresa, además de sus clásicas comidas y cerveza, de poder leer la carta en español e incluso poder llevártela –pagándola, por supuesto- en la que se cuenta la historia del establecimiento junto con episodios significativos de la ciudad. La sopa de callos, el cazo de sopa de col con salchichas y barquito de nata, el Fuerte caldo de res acompañado de albondiguillas de hígado, chicharrones caseros, salchicha marinada de cebolla, paté de cabeza de cerdo, foi gras, arenques ahumados o queso para acompañar las cervezas, ensalada o el solomillo, gulásh de ternera, codillo de cerdo asado, pato asado, pescados como la carpa o la trucha, son muchas de las ofertas que te ponen sobre la mesa, para acabar con los licores típicos y bebidas espirituosas. Los fieles al vino también tienen a su alcance un buen surtido de tintos y blancos.

Degustar la elegancia, los platos de presentación impecable, el exquisito servicio hasta para catar el vino, es decidirse por entrar en el Restaurante del lujoso Hotel París, en Legerova, 75. También puede probarse fortuna en el Restaurante Müstek, en la prolongación de la calle Wenceslao y a la salida del metro.  Otras buenas opciones son el codillo del Pivovarsky Dum, en la calle Jecna/Lipová, 15; la comida vegetariana en la Ciudad Vieja, entre el puente de Carlos IV y el final de la calle Wenceslao, el Country Life (Melatrikova, 15), en un portón y calleja que da a dos calles en donde abundan las tiendas de productos naturales. O también el restaurante Zahvada V Opera, en Legerova, 75.

Y las tiendas, claro. Pasear, perderse en los mercadillos y detenerse ante los atractivos escaparates, ceder a la tentación de traerte un recuerdo, o dos. Todo forma parte de la memoria de hace ya nueve años, y al recordar, sentir también el deseo de –en alguna otra ocasión- volver a Praga. Creo que valdrá la pena.

González Alonso

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