Un día y medio: Arantzazu, Campas de Urbia y Oñati
25 y 26 de agosto de 2016

 

Rebasando Oñati, antes Oñate, la carretera se abre a la derecha hacia Aránzazu, hoy Arantzazu, el monasterio reconstruido y recreado en la concepción artística de Néxtor Barrenetxea, Jorge  Oteiza y Chillida. Lo más selecto de la representación vasca de la cultura del arte escultórico, pictórico y arquitectónico, acompañados por el pintor abstracto madrileño Lucio Muñoz, para crear una obra de arte contemporáneo adelantada a su tiempo y, como toda obra de arte de este calibre, sujeta a la polémica.

El concierto de Ara Malikian

La larga ascensión hasta Arantzazu no se justifica solamente con el objetivo de admirar la obra del Santuario y el espectacular entorno natural que lo acoge. En el espacio amplio de la iglesia y mágicamente sobrio en su monumentalidad se ofrecía un espectáculo de singular importancia también, muy acorde –en su versión musical- con el conjunto arquitectónico y sus desafíos. Se trataba, ni más ni menos, que de Ara Malikian a la cabeza del grupo de cuerda y percusión formado por Humberto Armas, Jorge Guillén del Castillo, David Barona, Tania Bernaez, Nantha Kumar y el percusionista Héctor “El Turco”.

Ara Malikian es un mago del violín. Libanés de ascendencia armenia, pronto emigró a Alemania, pasó por Reino Unido y otros lugares europeos y vino a recalar en España. En Madrid, confiesa irónicamente el músico que se declara vegetariano, descubrió el jamón ibérico y se enamoró de todas sus bondades haciéndole perder los sentidos. Hombre culto criado en el seno de una familia de sólida formación artística y musical, ecléctico, renovador, desenfadado, respetuoso con las diferentes manifestaciones culturales, que no confunde a las personas y sus valores con las ideologías políticas o religiosas, se expresa y profundiza en las raíces musicales judías, árabes, europeas y de todo el mundo, sin discriminación. La música española culta y popular ocupa un lugar importante en su repertorio y sus creaciones respiran un aire fresco y profundamente vitalista que se hace exquisitamente contagioso.

El grupo de Ara Malikian, sobre el escenario, se me antoja como una suerte de siete fuentes manando la misma agua, pura, vital y cristalina. Cada fuente con su peculiar sintonía, su voz reconocible, y entre las siete, la que mana en las cuerdas del violín de Ara Malukian con la fuerza y la capacidad expresiva de un mago que sigue con el alma y el cuerpo en cada contorsión y salto el goteo y el torrente de las notas cada una de las composiciones que interpreta.

Además de las piezas propias de Ara Malikian, el espacio de la iglesia de la basílica se inundó del ritmo frenético y la recreación lírico-musical de piezas de tradición judía y árabe, de Manuel de Falla, Pablo Sarasate, Antonio Vivaldi, Paco de Lucía y Johann Sebastián Bach. Un espectáculo, pero también un espacio de recreo espiritual y la oportunidad de rendir homenaje a todas las víctimas del odio, la xenofobia, las guerras y la violencia en general que Ara Malikian denuncia a través de lo que significó el genocidio de más de millón y medio de armenios, entre ellos sus propios abuelos, a manos del imperio turco en 1915. Un gesto y una actitud que le honran y nos honra y devuelve la dignidad al ser humano.

Ni que decir tiene que el éxito fue absoluto y que la ocasión mereció la pena y la merecerá siempre que el arte sirva y promueva, como fue el caso, el entendimiento al tender puentes y descubrirnos iguales en nuestra diferencia, porque el alma humana es la misma cuando se llega a ella por los caminos de la vida del arte, la música, la poesía, la emoción al fin.

La subida a las campas de Urbia

Una vez terminado el concierto, qué cosa mejor que disfrutar de una buena cena y agradable estancia en el hotel aledaño a la basílica. Y a la mañana siguiente de otro día soleado y caluroso de agosto, qué mejor alternativa que caminar iniciando la subida de unos cuatro kilómetros y unos 400 metros de desnivel a las campas de Urbia por entre la frondosidad del bosque mixto de hayas, arces y robles que cubren en su casi absoluta totalidad el trayecto. Una hora y media un poco larga que nos acercará a la visión del pico Aizkorri y su cordillera, también a otra hora larga de duro ascenso que rehusamos en esta ocasión.

La llegada a las campas de Urbia, dominadas por pastizales y brezos, su ermita y su posada, se hace a través de un camino bien protegido por frondosos fresnos. En los alrededores es abundante la manzanilla, en un momento bueno para la recolección.

Oñati

Al mediodía, tras el descenso de unos diez kilómetros de  estrecha carretera desde Aránzazu a Oñati, es el momento de darse una tregua a resguardo del fuerte sol en un restaurante de la ciudad, hacer un poco más de tiempo parapetados tras un café bien frío y compartir, a las cinco en punto de la tarde torera, la visita guiada que nos descubrirá lo fundamental de la capital de un condado alavés enclavado en el corazón de Guipúzcoa, a la que pertenece desde principios del siglo XIX, y en donde –curiosamente- se habla un perfecto euskera vizcaíno. Paradojas.

Iglesia, claustro construido sobre el río, antigua universidad del Santo Espíritu, plaza mayor o de Los Fueros y su entorno, títulos nobiliarios, historias de personajes que dejaron su impronta en la ciudad, todo será someramente explicado por la atenta y simpática guía que, con buen humor, nos explicó por qué los oñatiarras son conocidos por el mote de “ranas”, txantxikuak en el euskera del condado e igelak en el euskera batua y que nos regaló este paseo sin miedo, desafiando las altas temperaturas de este día estival.

Un día y medio, como se ve, puede dar para mucho y muy bueno. O eso creo tras la experiencia vivida y eso pensaba mientras conducía de vuelta a las tierras vizcaínas de Leioa acostadas a la desembocadura del río Nervión.

González Alonso

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Vídeos del concierto de Ara Malikian:

 



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