Barcelona, mayo de 2014

Nunca puede asegurarse conocer definitivamente una ciudad y desinteresarse por ella. Las ciudades son cuerpos vivos que crecen, envejecen, se reinventan y pueden, incluso, morir desapareciendo para la vida ciudadana y naciendo para la historia. Por eso, en la última visita a Barcelona, pese a haber vivido en ella varios años y durante otros muchos acudir a la cita de sus calles y la de los buenos amigos, no he podido evitar dejar de sorprenderme. Los sitios que permanecenen la ciudad idénticos a sí mismos ya no lo son en la medida en que se han transformado otros próximos o aledaños a ellos. Los lugares que han afrontado reformas y fueron rediseñados, ya son otros lugares. Accesos, vistas, ambiente, espacios que hablan otro lenguaje y describen el pulso de una ciudad magnífica que vive y recuerda y sueña un futuro prometedoramente largo.

Llegué a Barcelona esta vez como de paso. Pero enseguida la cámara fotográfica empezó a funcionar de manera compulsiva interpretando la sorpresa producida en cada rincón y con cada detalle. Cementerio de Sant Andreu con tumbas de potentados rusos cuya magnitud, mármoles y esculturas deslumbran en medio del marco severo de la muerte; panteones de gitanos, monumentales y desconcertantes en lo multicolor de sus flores de plástico, o la guitarra y la pistola en mármol blanco y descomunal tamaño sobre la lápida. Pero sólo era el comienzo de mucho más. Monumento a la Primera República española, bibliotecas con nombres propios como el de Andreu Nin, comunista dirigente del histórico POUM, barrios periféricos conservando casi intacto el encanto decimonónico de su estilo de vida, edificios y fachadas restaurados con indudable acierto y buen gusto. Qué decir de la huella saludable del pasado de eventos como la Exposición Universal de 1888, la Exposición Internacional de 1929 o la más espectacular de los Juegos Olímpicos de 1992 abriendo Barcelona al mar desde la reivindicación de un Cristóbal Colón alzado a su alta columna al final de las Ramblas. El puerto multiplica sus ofertas culturales, turísticas y de ocio, para extenderse hasta la Barceloneta, despejada y limpia, ya incorporada de manera definitiva a la realidad viva de la ciudad.

Todo sorprende en Barcelona. Pero me gustaría destacar lo impactante del templo de la Sagrada Familia ideado por Antonio Gaudí y la belleza del cercano hospital de Sant Pau, de Lluís Domènech i Montaner. El primero, enarbolando la magnitud impresionante de su altura y el esplendoroso interior lleno de luz articulada en colores caleidoscópicos que se derraman desde lo alto de sus noventa y dos pilares y vuelan hacia el cielo abriéndose en abrazos de pétreas ramas de árbol. La cripta encierra la síntesis pura del gótico en forma de templo y por encima de ella el gótico se convierte en creación de la naturaleza, en esa mezcla barroca de formas para un misticismo revelador. Del hospital de Sant Pau, que se encuentra al final de la no muy larga Avenida de Gaudí, se puede decir que parece difícil imaginar algún hospital como éste actualmente diseñado para la funcionalidad tanto como para el arte y la recreación del espíritu. Los pabellones restaurados y abiertos a la vista son un verdadero asombro, una belleza modernista en ladrillo rojo y cerámicas de colores que recubren tejados, columnas y gran parte de sus paredes.

Pero resultaría en extremo largo enumerar las virtudes de una ciudad tan bella. No cabe otra palabra y otro consejo que el de visitarla y vivir, al menos durante unos días, sus calles principales, sus avenidas, paseos y  barrios, así como no olvidarse de volver de vez en cuando. Si Miguel de Cervantes escribió en el Quijote:

Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y belleza, única.

Y en Las dos doncellas de las Novelas Ejemplares, añadió:

Admiróles el hermoso sitio de la ciudad, y la estimaron por flor de las bellas ciudades del mundo, honra de España, temor y espanto de los circunvecinos y apartados enemigos, regalo y delicia de sus moradores, amparo de los extranjeros, escuela de caballería, ejemplo de lealtad y satisfacción de todo aquello de una grande, famosa, rica y bien fundada ciudad puede pedir un discreto y curioso deseo.

Y si Federico García Lorca dejó dicho y escrito en la presentación de Doña Rosita la soltera o El lenguaje de las flores (13 de diciembre de 1935):

La única calle de la tierra que yo desearía que no acabara nunca, rica en sonidos, abundante en brisas, hermana de encuentros, antigua de sangre, la Rambla de Barcelona. Como una balanza, la Rambla tiene su fiel y su equilibrio en el mercado de las flores, donde la ciudad acude para cantar bautizos y bodas sobre ramos frescos de esperanza y donde acude agitando lágrimas y cintas en las coronas para sus muertos. Estos puestos de alegría entre los árboles ciudadanos son como el regalo del ramblista y su recreo, y aunque de noche aparezcan solos, casi como catafalcos de hierro, tienen un aire señor y delicado, que parece decir al noctámbulo: Levántate mañana para vernos; nosotros somos el día. Nadie que visite Barcelona puede olvidar esta calle que las flores convierten en insospechable invernadero, ni dejarse sorprender con la locura mozartiana de los pájaros, que si bien se vengan a veces del transeúnte de un modo un poquito incorrecto, dan en cambio a la Rambla un aire acribilado de plata y hacen caer sobre sus amigos una lluvia adormecedora de invisibles lentejuelas que colman nuestro corazón.

Se dice, y es verdad, que ningún barcelonés puede dormir tranquilo si no ha pasado por la Rambla por lo menos una vez, y a mí me ocurre otro tanto en estos días que vivo en vuestra hermosísima ciudad. Toda la esencia de la gran Barcelona, la perenne, la insobornable, la grande, está en esta calle, que tiene una ala gótica donde se oyen claras fuentes sonoras y laúdes del quince, y otra ala abigarrada, cruel, increíble, donde se oyen acordeones de todos los marineros del mundo y hay un vuelo nocturno de labios pintados y carcajadas de amanecer.

Yo también tengo que pasar todos los días por esta calle para aprender de ella cómo puede persistir el espíritu propio de una ciudad.

Digo yo que si autores como los precitados hablaron así de Barcelona, ¿qué más podríamos añadir que no sea baldío? ¿qué otra cosa escribir que no resulte vano? Dejo que la cámara fotográfica acuda a cada llamada de atención y cada esquina de la sorpresa. Superemos algunas interpretaciones tendenciosas de la historia, más atentas a espurios intereses políticos y partidistas que interesadas en la verdad. Son sólo los malos reflejos de una ciudad que acabará siempre y finalmente abriendo los suelos de sus entrañas y sus sueños a los espejos de sus edades. Así El Born, al margen de todo lo circunstancialmente político, será más bien una oportunidad para saber y conocer lo que de verdad encierra y lo que puede regalar en forma de cultura.

Visto lo visto, dicho lo dicho, sólo espero la próxima ocasión de poder acudir a la cita con Barcelona y al abrazo y la siempre amable y grata acogida de los amigos que viven la ciudad y la aman y la respetan y nos contagian vida y amor por ella, dicho en cualquier idioma, tan hermosamente singular.

González Alonso

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