Almería: 10 etapas de noviembre de 2017
Primera parte:

Etapas I, II, III, IV y V

Etapa I: Parador Nacional de Albacete

Día soleado y fresco de noviembre en medio de la pertinaz sequía que asola la Península Ibérica. De camino hacia el destino de Almería se suceden los paisajes castellanoleoneses, madrileños y manchegos prolongándose en los colores ocres, rojizos y verdes de las tierras preparadas para el cultivo y los otoñales de las arboledas aledañas a los cauces de los ríos. Viaje apacible por la larga autovía que atraviesa la altura de la meseta hasta Albacete, con parada y fonda en el Parador Nacional a última hora de la tarde, ya anochecida, y tras la búsqueda del hotel en unas cuantas vueltas y revueltas por la ciudad hasta dar con la salida.

El Parador Nacional sorprende por su ubicación; pero, sobre todo, por resultar ser una construcción de finales delos años 60 del pasado siglo con un estilo de casa manchega tan bien conseguido que podría pasar por haber sido emplazamiento de convento, casa de campesinos ricos, palacio de recreo o monumental alquería, granja, cortijo o estancia de los siglos XV o XVI.

El lugar, con amplias habitaciones de abiertas balconadas al patio interior o a los jardines traseros bien arbolados y con pistas de tenis, resulta ser muy apacible, silencioso y tranquilo. El restaurante, bien atendido por el servicio, con sencillez, cercanía y naturalidad, se esmera con los platos manchegos en su oferta, exquisitos en su elaboración y atractivos en su presentación. El pisto manchego o el secular atascaburras se hermanan con otros platos como las tostas de arenque, el bacalao confitado, el atún asado con pimientos o unas generosas y bien conseguidas croquetas de jamón. La compañía de un tempranillo de la Rivera del Júcar, un Cinco Almudes de crianza, acaba de hacer todo perfecto junto con unos postres de helados variados.  Todo puede ser degustado en medias raciones, con lo que tienes la posibilidad de hacer un atractivo menú degustación.

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Etapa II: Albox y Carboneras

Con una temperatura envidiable del siempre soleado día, una vez atravesadas las sierras, tierras y huertas murcianas, entramos en Almería.

La posibilidad de acceder al agua que se potabiliza en Carboneras se traduce en la roturación de fincas dedicadas a los frutales y que van pintando de verdes intensos el árido paisaje almeriense.

En dirección a Albox se inicia el ascenso por un terreno montañoso al norte de la Sierra de los Filabres. Al atardecer, de Albox a Carboneras, los paisajes kársticos nunca dejan de sorprender.

 

Etapa III: Punta de La Polacra en Rodalquilar y la Isleta del Moro

Desde Rodalquilar, aproximándose en coche a la Punta de la Polacra, puede iniciarse este paseo cómodo por una pista asfaltada de subida prolongada y suave, con algunos tramos más empinados, hasta la torre de la Punta.

Noviembre recoge en sus días las fechas de floraciones de especies que pueblan las laderas de los montes de la Punta de la Polacra, tales como la satureja montana o saureja, usada como especia culinaria en aderezos o en la preparación de aceitunas y también con fines medicinales, la albaida con sus flores amarillentas, los tomillos, los romeros, el salao verde y el oscuro y las retamas altas y las bajas. Estas y otras clases de plantas son visitadas por las abejas de las colmenas que los apicultores trasladan a la zona.

Las vistas desde la Punta de la Polacra o Cerro de los Lobos con su faro, además de bellas y sugestivas, resultan ser de gran interés para hacerse una idea de la evolución geológica de un entorno volcánico espectacular y conocer las riquezas que contiene. El oro y el plomo argentífero extraídos de Rodalquilar, los testigos volcánicos de Los Frailes, dos moles gemelas que reciben otros nombres como Las Teticas, la recortada y abrupta línea de costa con lugares como Cala Carneja y la Isleta del Moro o Los Escullos al levante o el Cabo de Gata a poniente, todo resulta ser los suficientemente atractivo como para repetir este paseo que puede extenderse a través de diferentes pistas por otros lugares de indudable atractivo de los alrededores.

A pocos kilómetros de Rodalquilar, la Isleta del Moro nos permite un buen almuerzo a la orilla del mar, batiendo contra la misma fachada del restaurante, a base de pescados frescos como el pargo o la gallineta.

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Etapa IV: Cabo de Gata y San Miguel

Atravesando el laberíntico mar de plástico que forman los invernaderos, damos con San Miguel del Cabo de Gata. La orilla de la playa, en la parte dominada por una gran torre defensiva y emplazamiento antiguo de almadrabas para la pesca del atún, se encuentra poblada de barcas de pescadores y un restaurante en que degustar el pescado recién pescado de la zona en un ambiente de noviembre dominado por la tranquilidad.

Al fondo de la bahía se distinguen Retamar y Almería; una pista de tierra paralela a la costa te permite hacer un paseo a pie o en bicicleta de unos 4 kilómetros hasta Retamar.

Siguiendo en dirección al Cabo de Gata, siempre al lado de la extensa playa, podremos observar un humedal y las instalaciones salineras de la zona. Luego, alcanzado el faro, estaremos en el Cabo de Gata. Desde el mirador de Las Sirenas, la vista se extiende hacia un mar Mediterráneo lleno de leyendas.

Las inmediaciones del Cabo de Gata resultan ser el hábitat de una especie en extinción, desaparecida del resto del Mediterráneo y que precariamente sobrevive aquí, la llamada foca monje. En estas focas se encuentra el origen del nombre del mirador, ya que los pescadores las confundían con sirenas al observar nadar a estos mamíferos desde lejos.

El Cabo de Gata, así como la sierra que arranca del mismo, reciben su nombre –probablemente- de las ágatas que abundan en sus suelos; de Cabo o Sierra de las Ágatas o del Ágata, pasaría a ser el actual Cabo y Sierra de Gata por pérdida de la a inicial del nombre.

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Etapa V: De la Isleta del Moro a Los Escullos

Dejando el coche en la Isleta del Moro, una pista bien señalizada y cómoda, nos conducirá por un paseo atractivo hasta la playa del Arco en Los Escullos, en donde se alza un interesante y bien conservado castillo. La erosión del litoral que cierra la playa por poniente, deja a la vista numerosas formas caprichosas y figuras que, según la luz y la hora del día, se antojan conocidas y con parecidos diferentes. La costa almeriense es visitada y habitada, además de por la foca monje, por especies como los delfines, los salmerones y los atunes, conservándose artes de pesca antiguos como las almadrabas.

Tanto la Isleta como Los Escullos disponen de buena oferta gastronómica y hoteles.

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González Alonso

 

 

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