Navaleno, entre amigos y setas
(Soria, 6-7-8 de noviembre de 2015)

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Las tierras sorianas son siempre un destino oportuno y ofrecen siempre atractivos suficientes, paisajísticos, de costumbres, festivos y gastronómicos, como para justificar el viaje.

Las fechas otoñales de noviembre, además de la ya tradicional matanza del gocho y las castañas (que en tierras leonesas de Zamora y León se recogen en la celebración del magosto), nos regalan la posibilidad de la recolección de las setas. Los pinares de Navaleno se pueblan de gentes que, armadas de cestos de mimbre e ilusión, se entregan a la búsqueda y recolección de las variedades micológicas que ofrecen los montes y la posibilidad de pasear bajo  la sombra del bosque y al sol de los claros que se abren en las laderas y vaguadas.

El buen tiempo, si acompaña, todo lo hace más fácil y agradable. Así fue en estos pasados días y, con todo a favor, el grupo habitual de amigos que casi cada año acostumbramos a llegar hasta Navaleno, nos instalamos en el Hostal La Tablada, al lado de la plaza del Ayuntamiento. El alojamiento, antigua residencia de ancianos, es sencillo, de habitaciones amplias con baño, ofrece servicio de comedor y tiene un precio muy atractivo de 35€ por noche en habitación doble con desayuno. La atención y el servicio, muy cordiales.

Los días, cálidos, no resultaron ser de muchas setas –que escasearon- en los montes; pero sí fueron días de amigos, buenos y agradables paseos y de aventura gastronómica.

Entre los distintos establecimientos emblemáticos de Navaleno, como el de El Maño o el Hachero, destaca la estrella Michelín conseguida por el restaurante La Lobita, a pie de la carretera general a Soria. Probar fortuna con la nueva cocina de La Lobita, era de justicia. No es que nos resultara desconocido. En experiencias anteriores a la concesión de la preciada estrella, ya habíamos tenido ocasión de tomar parte en las jornadas micológicas, con agrado y sorpresa. Eso nos animó a participar en éstas que hacen las decimosegundas celebradas.

El resultado, lamentablemente, fue desalentador. Pienso que el desafío o reto de la estrella Michelín les ha pesado mucho y desorientado a los gestores de La Lobita. Entregados a unos ensayos y experimentos gastronómicos de complicada o acabada elaboración, pero de finales que rozan el desastre, cuando no son simplemente desastrosos en algunos casos, no pasan más allá de pura parafernalia teórica y literaria que poco tiene que ver con la buena mesa.

Diez platillos con el protagonismo de las setas para abarcar las demasiadas tres horas largas de mesa. Bosques en el plato que se reducen a diferentes clases de setas salpicadas con un pequeño y natural piñón, pretendidamente naturales, al lado de un trocito de codorniz con el título de escabechada. Todo ello se resume en un sabor soso, repetido y acuoso de las setas para acabar con el bocadito de codorniz, frío y sin ninguna gracia.

Otra ocurrencia fue la de pretender sorprendernos con una sopa, o dos sopas, sin ninguna sopa. El título lo definía como una transición de la sopa castellana a la sopa de setas. En la presentación, minimalista, aparecía un helado de torrezno seguido de un huevo escalfado y un cuadradito de pan crujiente empapado de jugo de setas. En la transición, en fin, se perdió la sopa o –con imaginación- siguió el ejemplo del Guadiana desapareciendo por entre el helado y el torrezno bajo el puente del huevo escalfado.

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Con el ajo carretero, evocación del contundente cocido maragato, se riza el rizo para acabar con un chupito de caldo. La costilla con patatas fue lo que más se aproximó a lo que deben ser una una costilla y unas patatas, con su pequeño toque de hongos. Siguieron un canelón de pollo asado semisólido en un vasito de yogur; un salmón, unas pochas frías y horriblemente sosas y crudas en número exacto de 30 por plato adornadas por una lámina de boletus crudo.

Como los platos y la comida no daban para más, decidimos tomarlo con humor y poner nota a cada ocurrencia. Sacada la nota media de los platos evaluados por los seis comensales del caso, la nota arrojó un 2,66 sobre un máximo de 5 puntos. Un aprobado más que generoso dadas las circunstancias y la ocasión.

De vuelta, siempre con el tiempo tan estupendo que nos acompañó, aprovechamos para hacer parada y comida campestre en un merendero próximo al monasterio de San Pedro de Arlanza, en unos parajes de singular encanto, y seguir luego hasta Covarrubias, dar un paseo, tomar un café y rememorar la historia de la joven princesa Cristina de Noruega, venida a reposar sus restos en esta localidad burgalesa, tan lejos de sus tierras. Y, de nuevo, a casa y hasta el año que viene, dios mediante.

González Alonso

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