MYKONOS.- Grecia en septiembre de 2019

No me había imaginado nunca embarcado en un crucero. Pero las cosas suceden, y cuando es para bien hay que alegrarse. De todos modos, para mi gusto, viajar en un barco tan grande tiene algunos inconvenientes a la hora de visitar los lugares que toca; sobre todo el tiempo tan ajustado, de apenas unas pocas horas para hacer las visitas, la casi imposibilidad de realizarlas por tu cuenta y la masificación en los lugares de destino. Todo ello te obliga a apuntarte –y pagar- las salidas organizadas desde el barco a fin de garantizar que volverás a tiempo de embarcar de nuevo. ¿Lo positivo? Pues el resto. La navegación, las atenciones, la limpieza, las distracciones, el orden y la planificación, la comida, el servicio, la posibilidad de estar solo y tranquilo si lo deseas o compartir tu tiempo en compañía. En fin, una organización perfecta para que el pasajero se sienta cómodo a bordo. Una vez conocidas estas circunstancias a la hora de realizar un viaje por las islas griegas, ya puedes decidir.

Embarcar en el puerto del Pireo es fácil. Lo difícil es llegar al Pireo. Los accesos al puerto atraviesan la ciudad y están habitualmente atascados o al borde del colapso. Debes ser precavido y tomarte tu tiempo para llegar. Imagino que replantearse una reestructuración de estas infraestructuras roce hoy día lo imposible dada la precaria situación de la economía griega, algo mejor que hace unos años en plena crisis mundial, pero todavía con evidentes dificultades. Grecia es, además, básicamente la ciudad de Atenas y su área metropolitana con sus cuatro millones de habitantes de los casi once de todo el país. Y la situación no es la misma en la capital que en las islas, donde la crisis apenas se ha notado, aunque la sobreexplotación de la industria turística puede conducirles al colapso. De hecho, destinos como Santorini han estado bloqueados en algunas fechas del verano y empiezan a plantearse seriamente limitar el acceso a la isla y tomar medidas de sostenibilidad.

Pero ya estamos embarcados, ya todo está en orden en el crucero, ya hemos hecho el simulacro de evacuación, puesto los salvavidas y reunido en los respectivos puntos de encuentro bajo la barcaza correspondiente. El Egeo está tranquilo, la temperatura es suave, el aire apacible. Y tocamos al atardecer el puerto de Míconos a punto de sorprendernos la puesta de sol. La isla se ha convertido en feliz refugio de lo que fueron los hippies en sus años de gloria de los 60, muy al estilo de lo que significó Ibiza. Con serios problemas de abastecimiento de agua potable, hoy día acoge un sinnúmero de turistas que recorren apelotonados las estrechas callejuelas y el barrio de La Pequeña Venecia hasta llegar a la altura de los molinos de viento, restaurados y conservados para uso cultural y museístico. Míconos fue el invento turístico del multimillonario armador griego Aristóteles Onassis, que financió la construcción de un aeropuerto e invirtió enormes cantidades de dinero en la isla.

¿Vale la pena Míconos? Como visita rápida, apresurada, no. La ciudad acostada a su pequeña playa y su puerto se ha convertido en un gigantesco bazar o mercado con todas sus calles y fachadas repletas y cubiertas con los posibles artículos para la venta de regalos o recuerdos. Apenas queda despejada su pequeña plaza abierta al mar en la que puede verse la estatua de la heroína Mandó Mavroguenis que capitaneó la oposición a los turcos en 1821. La historia de la isla arranca, en realidad, de la prehistoria neolítica; en la mitología se recoge la leyenda de que allí están enterrados los gigantes vencidos por Heracles y la época helenística jugó un papel decisivo y fue clave en la provisión de alimentos para la ciudad de Delos, en la isla del mismo nombre, capital de la poderosa Confederación.

No es, ya lo dije, la mejor manera de visitar Míconos llegar en un crucero y desembarcar con otros mil pasajeros para dejarse caer y arrastrar por las callejuelas de la ciudad. La belleza del lugar queda literalmente sepultada y Míconos desaparece para la vista y el disfrute. Pero sospecho que una estancia más reposada en éste o en algún otro punto de la isla sí valdría la pena, porque encierra parajes pintorescos de mindudable gran encanto natural, playas bien protegidas, acantilados y pequeñas poblaciones en las que disfrutar la paz y el sosiego del paisaje. Si, además, las fechas no coinciden con la vorágine turística, miel sobre hojuelas.

El barco zarpa de nuevo.

González Alonso

 

ENLACE A:  OTRAS IMÁGENES DEL BARCO Y DE MÍCONOS



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