Teresa de Ávila: 500 años más allá del místico amor

Monasterio en Ávila de Santa Teresa de Jesús

Aquellos juegos de niña de hacer monasterios, de rezar el rosario o pedir limosna, acabaron en pedir limosna, rezar el rosario y hacer monasterios en una sucesión de desafíos para los que la constancia fue herramienta fundamental. Aunque las enfermedades la acorralaron desde joven, éstas solamente afectaron a su cuerpo, no a su espíritu ni estilo de vida, marcado por el humor y el amor. El humor cotidiano y las bromas –a veces pesadas- que gastaba a sus monjas, y un amor místico que empapará toda su obra lírica, sobre la que cabe alabar su arrebatada belleza.

La poesía lírico-religiosa de Teresa de Jesús se escribe en versos fáciles de una gran originalidad y en un estilo ardiente y apasionado. Sus poemas tienen un indudable acento popular y destacan por su claridad –ella decía: escribo como hablo– incluso al tocar temas complejos como puede ser el de la experiencia mística. Para ello recurre a las comparaciones que extrae de su experiencia y al uso de alegorías o metáforas continuadas para explicar lo inefable y contradictorio, esa desazón de místicos y poetas ante la conciencia de que, según Fray Luís de León, la lengua no alcanza al corazón (Germán Vega García-Luengos). Así, parafraseando a Menéndez Pidal, podemos decir que en su esfuerzo por dar a entender lo incomprensible de la vivencia mística, expresa de forma creativa lo sublime de la erótica amorosa.

Visionaria impenitente que dice ver a Jesús, visitar el infierno o volar ángeles en sus arrebatados éxtasis, trasladará toda su energía espiritual e intelectual a la construcción terrenal de espacios, monasterios, en los que se acogieran a la oración y el amor de Dios, las mujeres. Una vida que, no hemos de olvidar, Teresa la entendía como un medio para hallar la felicidad. Desde su punto de vista, no puede alcanzarse mayor grado de libertad que cuando se es feliz.

Lienzo de Santa Teresa de Jesús y Jesucristo

De su obra, resumidamente, destaquemos la parte autobiográfica con, entre otras obras, Las Fundaciones; la doctrinal, en la que destaca Las Moradas y, además de la mencionada obra poética, hay que resaltar el estilo epistolar en sus Cartas, de las que alcanzó a escribir 409.

Pero, tristemente, y por terminar, el martirio que soñó de niña viéndose descuartizada a manos de los infieles y que –por fortuna- no tuvo que sufrir en vida, lo alcanzó a padecer estando muerta y a manos cristianas, o infieles para los llamados infieles por los cristianos. Un mundo, como se ve, todo de infieles según desde qué credo se juzgue a los demás y que, lamentablemente también, 500 años después no ha terminado.

Murallas de la ciudad de Ávila

De modo que, en un ir y venir de su cadáver –encontrado incorrupto y con olor a rosas, un raro y muy lento proceso de descomposición- de Ávila a Alba de Tormes y de Alba de Tormes a Ávila, se va a quedar una mano en esta ciudad, en Alba de Tormes un brazo, un meñique no sé dónde, a Roma llegarán su pie derecho y la mandíbula superior, la mano izquierda acabará en Lisboa, el ojo izquierdo y la mano derecha en Ronda, Alba de Tormes se hará, también, con su brazo izquierdo y el corazón, otro dedo está en París y otro más se encuentra en Sanlúcar de Barrameda. La macabra devoción religiosa parece no tener fin y otros restos y dedos son distribuidos por toda España, gran parte de Europa y América.

No obstante, importa lo que importa, y después de 500 años de aquel de 1515, sentir la fuerza seductora de esta mujer, su voz femenina y la autoridad del timbre lírico y amoroso de su poesía, no deja de ser sorprendente y alentador, digamos que un milagro en el contexto de la santa, que alienta un futuro de, al menos, otros 500 años. Pero eso ya lo contarán otros.

González Alonso

Alba de Tormes (Salamanca.- Reino de León)

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