Marcelino y su carretilla

Marcelino y su carretilla

Entre tantos como fueron en aquella década de infancia de los 50 del pasado siglo XX en La Pola de Gordón, me viene a la memoria la imagen de Marcelino y su carretilla. Era un hombre joven, con una chepa no demasiado prominente, moreno y de estatura mediana, que no gozó de muchas luces ni, en ocasiones, de demasiadas buenas intenciones cuando hacía alguna de las suyas entre la ropa tendida a la orilla del río o cualquier otra barrabasada.

Aunque no llegó a aprender a leer ni escribir, lo de ser maestro para mandar y tener a los guajes quietos debió de gustarle bastante, así que era frecuente que los niños y niñas más pequeños del pueblo pasaran por su particular escuela organizada al aire libre. Cuando conseguía reunir a media docena de rapaces, los hacía sentar en el suelo y hacer que escribieran o hicieran como que escribían en un trozo de teja, en el suelo o en una pizarra, usando para escribir un trozo de yeso. En fin, que aquella parodia duraba lo que duraba la paciencia de los improvisados alumnos hasta que salían corriendo cada uno en una dirección y Marcelino en la de todos y en la de ninguno, con lo que se daba por finalizada la clase.

La chavalería tampoco se cortaba un pelo a la hora de cizañar, así que era frecuente oír gritar desde una esquina, ¡Marcelino, pan y vino!, haciendo alusión a la famosa película de igual título, pero que al susodicho Marcelino maldita la gracia que le hacía. De ahí, tal vez también, la inquina que cogió a cuanta gente menuda se le ponía a tiro.

Otra costumbre de Marcelino era la de llevar una carretilla por el medio del pueblo. No sé si acarreaba algo alguna vez, tal vez sí, pero la mayoría de las veces se paseaba con su carretilla vacía, así que para darle algún uso que cuadrara con sus aviesas intenciones, acostumbraba a invitar a subir a cuanto guaje se topaba en su recorrido. Cuando tenía la carretilla llena, comenzaba una frenética carrera que llegaba hasta el puente, a la orilla del río Bernesga por la parte del Arenal; allí paraba en seco y volcaba la carretilla echando toda su carga terraplén abajo hacia el río.

Los usuarios del transporte, que ya se temían el final, se negaban a subirse teniendo que pagar el viaje con el revolcón, pero casi siempre acababa convenciendo a alguno para participar en la experiencia, con la promesa de que esa vez el paseo acabaría de manera bien diferente. Y, naturalmente, nunca cumplía su palabra. Hubo, en fin, intentos de apearse en marcha, la estrategia de agarrarse a la carretilla de Marcelino cuando hacía de volquete y otras triquiñuelas que nunca daban resultado. Lo más seguro era no subirse, pero ya sabemos lo que para un guaje resulta ser el desafío de librarse de acabar en el río y, además, darse un paseo en carretilla.

Parece ser que usaba dos tipos de carretilla, la clásica y típica de las obras, con su caja, y otra para transportar otra clase de bultos, plana, en la que cabían más víctimas. Usaba ambas con igual maestría.

González Alonso
.

10 comentarios en “Marcelino y su carretilla

  1. Excelente post con esos recuerdos tan bonitos de una infancia tan diferente a la que ahora hay. Con Marcelino en la calle instruyendo a los niños. La calle, en aquel entonces, era la «casa» de la infancia durante buena parte del día. Gracias por compartir, Julio. Un abrazo grande.

    Le gusta a 2 personas

    • La calle… Es cierto, Marylia, vivíamos en la calle y a veces corríamos riesgos que los mayores ni podían imaginar (recuerdo, con 10 años, escalar la pared vertical de una roca para llegar a una cueva, y otras aventuras). Hoy esto sería impensable. Pero salimos con bien, salvo algún percance de poca importancia (en una lucha tirándonos piedras, unos a una orilla del río, los otros a la otra, terminé descalabrado y con siete puntos de sutura). Fue, en fin nuestra infancia de pueblo en los años sin televisión ni teléfonos móviles; bueno, sin teléfono. En el pueblo había una centralita y un teléfono público. En casa, salvo el alcalde, el cura y el médico, creo que nadie lo tenía.
      Muchas gracias por detenerte a leer y comentar. Salud.

      Le gusta a 2 personas

  2. Interesante refrescar la memoria, recordando las hazañas sin reglas, sin miedo, sin protocolos y tantos otros, los cuales, en el presente, serían vistos de mal modo y peligrosos. Mientras que Marcelino, no habría probablemente un final feliz. Experiencias de vida. Muy bello. Un gran saludo, Julio.

    Le gusta a 2 personas

    • Tienes razón, Frida; han cambiado muchas costumbres y nos movemos en otro paradigma social, con lo cual es probable que algunas conductas como la reflejada en estos recuerdos fueran censuradas; ni a Marcelino se le permitirían estos juegos ni a los «guajes» los suyos. Cada época sostiene la vida de las relaciones sociales con los palos del sombrajo de sus limitaciones morales. Para mí y los que entonces fueron niños como yo, fueron tiempos de aprendizaje en la calle y de instrucción en la escuela. No fueron malos tiempos aunque estuvieran lejos del paraíso.
      Mil gracias, y salud.

      Le gusta a 2 personas

    • Sí, Julie, muchos de aquellos recuerdos todavía perviven en la memoria de cuando la vida, que era la infancia, era eterna. Más tarde supimos que no era así, pero habíamos perdido la infancia y su eternidad; lo que quedaba sólo era tiempo. Recuperar estos momentos me devuelve a la eternidad y la vida. Un abrazo, gracias, y salud.

      Le gusta a 3 personas

Replica a orededrum Cancelar la respuesta