La tosca y ramplona plaza amaneció de buena mañana con un palo de rosal en uno de los maceteros llenos de tierra y vacíos de flores. Todo el perímetro de los bloques de la urbanización lo rodeaban setos cuidados y espacios verdes de césped bien cortado. Pero nunca había lucido ni una triste flor; así que me pareció hermoso el ingenuo intento de hacer crecer un rosal.
Pasaron las semanas y cuando había olvidado el anecdótico tronco de rosal, en un extremo de una ancha y rectangular jardinera elevada, tres débiles tallos sostenían unas escasas hojas verdes. Y poco a poco, de manera regular, iban apareciendo nuevas jóvenes plantas sobre macetas y jardineras, multiplicando la promesa de las flores sobre la austera plaza.
El pronóstico sobre el futuro de las tiernas promesas florales me parecía incierto; pero consideraba elogiosas la voluntad y decisión de la anónima persona empeñada en la aventura; alguien que, con buena intención, pretendía iluminar de color y vida los espacios vacíos entre los feos bloques de viviendas con un suelo cubierto de losetas cuadradas rojas y blancas repartidas de forma regular formando cuadrados concéntricos.
Cada vez que atravesaba la plaza no podía evitar una sonrisa contemplando aquellos tallos repartidos por doquier desafiando al tiempo, el sol y la lluvia, y tal vez la tentación de ese alguien que siempre existe para destrozar –sin que se sepa por qué- lo que hacen los demás. También me preguntaba por las motivaciones de la persona que había asumido ajardinar aquellos espacios baldíos. Por qué lo hacía y para qué más allá de dotar de un aire fresco y colorido la plaza de la urbanización.
Y con el paso de los días y acercándose la primavera, comenzaron a adivinarse los primeros brotes en los frágiles tallos. Entonces, una sensación extraña se apoderó de mi ánimo. Deseaba un buen final para aquellas pequeñas muestras de vida vegetal agarradas al suelo terroso de las por tanto tiempo olvidadas jardineras y temía al mismo tiempo su fracaso o la acción vandálica que les cortara el paso a la vida. A ello se unía la curiosidad despertada por conocer la mano que ponía todo su empeño con los riegos y cuidados de aquellos brotes.
Seguía preguntándome por la razón o el interés del autor de ese trabajo. Las conjeturas que se me ocurrían las juzgaba disparatadas; así que decidí dejarlas a un lado, aunque de manera recurrente volvieran a mi mente las preguntas. Sigue leyendo


Ajú vivía en la cueva de La Loba, que se abría en la pared rocosa de la Montaña Blanca por encima del bosque.
Un día que salieron de caza se movían por el faedo con sigilo, escuchando con atención todos los ruidos y buscando en el suelo rastros de huellas de los animales que al amanecer bajaban a beber al río. Ajú no sabía que Ajá estaba de caza, y Ajá tampoco sabía que Ajú se encontraba en el bosque.
Las flechas de los arqueros salieron silbando al rasgar el aire en busca de la presa y alcanzaron al jabalí al mismo tiempo, dejándolo muerto al instante.
Había un repicar de campanas que llamaban a la reunión, como una asamblea para pasar repaso a la semana. Si hacía bueno, a la salida de misa se formaban corrillos entre las personas mayores, los chicos más jóvenes esperaban para ver salir a las chicas, los guajes salían escopetados y el cura recogía la casulla, el alba y los demás aditamentos con sumo cuidado, conservando el pliegue exacto, y con mimo iban a parar a los grandes cajones de madera apolillada que desplegaban un intenso aroma de alcanfor. Los monaguillos ayudaban en silencio, limpiaban las vinajeras, el caliz y ponían en orden las cosas. Como era domingo y tocaba cobrar la paga, contaban el dinero de la colecta y el cura les daba lo acordado, a peseta la misa de diario y tres la de los domingos, aparte las celebraciones de bodas y bautizos, que era cosa de los padrinos estirarse con los monaguillos.
Antes de ser construido en La Pola de Gordón el ya desaparecido colegio Doctor Álvarez Miranda en el solar del edificio que, según creo, había sido centro de enseñanzas medias durante la Segunda República y que mucho más tarde y hasta día de hoy acabaría reconvertido en Centro de Salud, se podía ver una fragua pegada al costado de la pared de la izquierda del inmueble de piedra y ladrillo raseado. Por la callejuela de la fragua o herrería se llegaba al río Bernesga, y en su orilla había un potro de madera con todos los artilugios para herrar a los animales. Toda la margen del río estaba comida de matorrales y chopos recrecidos que desafiaban a los guajes y ponían a prueba su espíritu aventurero intentando adentrarse por entre los ramajes y, aún, consiguiéndolo en gran parte.
Pastas y rosquillas
Aurora vivía sola. Enviudó joven sin tener hijos. No tuvo hermanos y sus padres faltaron pronto de la casa. Un tío paterno tomó a renta las tierras. Ella se reservó un pequeño huerto, algunos prados y tres vacas lecheras, un gocho y las gallinas. Los sobrinos seguían trabajando sus tierras. Tía, le decían, las tierras rentan poco, ¿por qué no las vendes? La señora Aurora sonreía y callaba, se pasaba la mano por las arrugas de la frente y cerraba brevemente los ojos en lo que parecía un suspiro. Luego volvía a sus fogones y la casa se llenaba de olores a rosquillas y pastas que acababan envolviendo todo el pueblo. Los vecinos salían a las puertas de sus viviendas y aspirando el aire de la tarde y viendo humear la chimenea de la casa de la señora Aurora, comentaban: ¡Ya tenemos milagro!