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La montaña de la mina.

La montaña de la mina. (Foto de la red)

.

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La sonrisa rellena un poco la tristeza de su cara
y mira a los ojos de la montaña con la paz gris de sus iris
llenos de madrugada.

Lloran las laderas brumas de lágrimas y faedos
en el camino de la hulla; el trueno
de la dinamita, y el semblante pálido. No sé
si sabrás mantener en su sitio las alfombras,
si las pisadas murmurarán pasos anudados al suelo
o los fogones arderán los carbones de la vida
y los pucheros. Miras
por la ventana con miradas quietas y las manos
quietas, anatomías de luces agrisadas de ceniza y lluvia;
la niebla humedece los cabellos del alba
y tus ojos grises acogen la ausencia ungida del silencio
que te viste. No vendrá
nunca más; por el sendero estrecho del monte
se perdieron sus pisadas. El abrazo gigante
de oso verde y negro te robó su abrazo
en lo obscuro de los carbones de la mina.

Eras bella
ante la muerte y la luz de una mañana
en tus ojos tan grises. Extrañamente bella
ante la sediciosa ambición de la montaña.

Julio G. Alonso

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6 Responses to “La montaña de la mina.”


  1. mayo 17, 2010 en 00:42

    “No sé
    si sabrás mantener en su sitio las alfombras”

    Tienes muy buena mano para escoger imágenes y romper márgenes: resulta majestuoso, a la vez que tosco, a la vez que cálido pero distante; irregular pero configurado, a la vez que íntimo…

    Sabes que no soy boca para estos pastos pero me gusta, y eso ya es la …

    Recibe un abrazo,

    Juanjo

    • mayo 18, 2010 en 20:29

      Juan José:
      Conociendo tu pasión por la métrica y la poesía clásica, gusto que también comparto, y sabiendo de tu fecunda inspiración, amén de una sólida formación literaria, pues no tenía más remedio que esperar alguna recomendación o advertencia sobre este poema que se desarrolla en todos los términos que has expuesto; pero, sobre todo, me hace feliz tu aprobación sabiendo el poco apego que tienes por los versos libres (a los que también hago mis objeciones). Con un abrazo y las gracias.
      Salud.

      Julio G. Alonso

  2. 3 Perfecto Herrera Ramos
    mayo 17, 2010 en 10:01

    Hermosa montaña, origen de tu poema.Es difícil buscar una imagen que extrapolada simbolice tal belleza, sus predominantes hayas retorcidas y talladas por el tiempo silencian tanto a los robles como a las encinas que las acompañan y todo conforma un espacio idílico, mágico y su voz se ve impregnada del murmullo sordo de las hojas, matizada por las notas del agua al paso por sus cristalinos arroyos y acompañadas del melódico trinar de variados pájaros. Cada día, cada estación, podemos sorprendernos al encontrar un nuevo faedo, un desconocido faedo que siempre será el mismo, que siempre será eterno.

    Este poema me gusta mucho, es bello en si mismo.

    Un abrazo.

    • mayo 18, 2010 en 20:35

      Amigo Perfecto:

      Pocos como tú tienen esa rara sensibilidad para leer en cada página de la Naturaleza, de la hoja otoñal a la gota de lluvia en el alero, del canto de la alondra a la ola suave en las playas almerienses y, además, sentirlo todo transido por el paso del tiempo en el que vas desenvolviendo buen número de tus poemas. Por eso, agradezco tu paso por este poema encerrado en las montañas que envuelven de faedos y pastizales el negro pozo de la hulla en donde encuentran la viudedad algunas jóvenes de mi tierra. Con un abrazo agradecido.
      Salud.

      Julio G. Alonso

  3. 5 Castillo
    mayo 17, 2010 en 19:00

    Amigo Julio:
    El poema entra muy dentro, con eso para mí es suficiente, nunca podre criticar la construcción por ser lego en la materia, pero dentro del mensaje hay algo que no se me puede escapar, es el sentimiento vivido por las mujeres de compañeros que nos dejaron en plena juventud y que toda una vida común se fue al traste en unos minutos, solo por querer vivir, por ello lo voy a dejar como homenaje muy especial a mi amigo Toñin, que ante todo era buena persona a pesar de ser un minero con dos … aunque parezca contradicción , lo vuelvo a repetir.
    Sobre todo buena persona

    • mayo 18, 2010 en 20:40

      Amigo Castillo:

      Donde habla la voz de quien ha sentido lo obscuro de la mina, respirado el aliento mineral de la hulla y vivido la muerte de compañeros, al que escribe sólo le cabe callar y escuchar. Dejemos, como dices y deseas, estos versos en homenaje a Toñín, minero, buena persona y amigo, y a su viuda, que vio cómo su juventud se alejaba envuelta en luto. Gracias por tus palabras, amigo.

      Salud.

      Julio G. Alonso


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