El filósofo que llora

EL FILÓSOFO  QUE LLORA

Te dijeron, no llores,
no es para tanto, los hombres
no lloran. Y cerraste los ojos,
apretaste el nudo que ahogaba tu garganta,
contuviste el aire que oprimía tu pecho
tantas veces como las lágrimas
se asomaron al brocal de la tristeza,
la pena de una pérdida, la humillación
sufrida, el dolor de la soledad
y el amor que olvidó tu nombre.

Se marchitaron las flores en el jardín de la vida
sin llanto.

Pero algo andaba mal
en el ánimo y el fondo de las cosas,
y las sonrisas no encajaban en los labios.

Cómo organizar los sentimientos,
cómo limpiar el alma
atrapado en la nostalgia de un pretérito
imperfecto idealizado, y en un futuro pintado
de expectativas
de augusta felicidad.

Así me hicieron una y cien veces cien
aquellos que pasan por la vida
oyendo sin escuchar
y mirando sin ver lo que tienen delante.

Y ya sólo quiero el silencio
y el deleite del descanso, la pausa que me socorre
depurando experiencias, organizando las noticias
del mundo; y, al fin poder, serenamente,
advertir mis emociones
junto a Heráclito de Éfeso,
el filósofo
que llora.

González Alonso

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