La clase trabajandoRosi, una niña cubana en mi clase

Al comenzar este curso ha venido una alumna nueva a mi clase. Es Rosi, una niña cubana de nueve años. Llegó con su madre y las preocupaciones propias de cualquier comienzo de curso, más las de sentirse recién llegadas de Cuba.

La entrevista cordial. La niña, una chica espigada, morenita y muy guapa, con cierta timidez. Tras un vistazo a su expediente y algunas pruebas iniciales comprobé que su nivel escolar es francamente bueno. Es un reflejo, pensé, del nivel escolar cubano. He dicho escolar y no educativo, por aquello de la formación en valores que los regímenes autoritarios suelen manejar y para salvar todas las sospechas sobre el régimen castrista.

Estudiando y haciendo tareasPara comenzar le dejé un libro de matemáticas que tenía de sobra. Luego se lo ofrecí para todo el curso y ahorrarle así a su madre el tener que gastar unos euros de más. Pero el libro ya lo tenía en la librería. Me preguntó, no obstante, si podía quedarse con el que le había dejado y había estado usando hasta hora. ¿Para qué?, le pregunté extrañado. No es para mí, me dijo, es para llevarlo a Cuba cuando vaya, y dejarlo en mi escuela de antes para que puedan usarlo mis otros compañeros. Le respondí que cuando se fuera a Cuba que me pidiera este libro, y que le daría también otros de los que disponemos para que los llevara con ella. Pero me sorprendió el sentido solidario de su petición.

Rosi es amable y muy correcta. Es una niña como todas las demás, alegre, dicharachera y campechana, pero con un punto de reflexión en casi todo lo que hace. Se ha ganado, como no podía ser menos, la simpatía de toda la clase.

Pero de nuevo hoy, a la hora de salir al recreo y después de recoger y ordenar el El patio de la escuelamaterial de sus compañeros, ya que le toca ser responsable de la clase durante esta semana, se quedó –como acostumbra a decir ella- conversando conmigo un rato mientras sacaba su bocadillo de la mochila. Con calma, retira la bolsa de plástico en que venía guardado, una bolsa pequeña de pan de molde, desdobla con mimo el papel de aluminio que lo envuelve y vuelve a plegarlo con cuidado, introduce el papel de aluminio doblado en la bolsa de pan de molde y con delicadeza lo guarda de nuevo en su mochila. Todo ello mientras me hablaba sin parar de distintas cosas. Luego, antes de irse, me ofrece con total naturalidad compartir su bocadillo.

Mis alumnos rompen el papel o las envolturas de los bocadillos, y eso aquellos que traen bocadillo, porque lo más usual es el bollo industrial; lo tiran a la papelera y si se tercia y no están por la labor, parte del bollo o bocadillo acaba también en el mismo lugar.

El bocadillo del recreoAhora, estoy pensando en la eficacia del sistema escolar cubano, capaz de enviarme una alumna con un buen nivel para el curso que tiene que afrontar. Pero también estoy pensando en el valor del sistema educativo –lo que comprende formación en valores, pensamiento, autonomía personal- llevado a cabo desde la isla, capaz de enviarme a una alumna que ha interiorizado la importancia que tiene la reutilización y reciclaje de los materiales y que  piensa en los demás para compartir un libro de matemáticas. En parte, mérito del régimen cubano; en parte, debido a la fuerza de la necesidad, el aprovechamiento y conservación de los bienes en una isla acosada política y económicamente por los Estados Unidos y doblegada por un régimen dictatorial. Pero, sobre todo, gracias a la sensibilidad y el alto concepto de la dignidad que atesoran personas como mi alumna Rosi, de nueve años de edad.

González Alonso

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