Carta a Alejandro Casona

 

CARTA A ALEJANDRO CASONA
(Alejandro Rodríguez Álvarez.- 1903/1965)

Ya sé que no me conoces. Te extrañará esta carta inesperada que, de cualquier modo, me gustaría que no fuera enojosa o inoportuna.

El caso es que, casi cuando tú te despedías de esta vida yo empezaba a tener noticias de tus escritos. Fue un paisano tuyo, buen profesor de Ciencias y buena persona que aterrizó por tierras de la montaña leonesa, quien –no sé  de qué modo y forma confidencial- me hizo llegar tu pieza teatral “La dama del alba”. Había algo misterioso en la entrega de aquel librito bien forrado y cuidado, un aire de clandestinidad  en la entrega tal vez debido a tu pasado republicano y de exilio en una España asolada por el pesado silencio impuesto por el miedo de la dictadura. Sea como fuere, mis catorce años de estudiante de Bachillerato, bastante torpe con las cosas de las matemáticas y las ciencias, se iluminaron con las letras, los diálogos y el argumento de aquella dama del alba en la cual la muerte se nos muestra con natural misterio en medio de una historia de amor, o dos, con final trágico y feliz al mismo tiempo.

Fue, también es posible, ese incipiente realismo mágico que habías inaugurado en Buenos Aires lo que más impresionó el alma adolescente de aquel primer lector de teatro. Y también, pueda ser, una de las causas o razones que desataran mi vocación y fervor por las artes escénicas representando y dirigiendo más tarde algún grupo de teatro juvenil con cierta aceptación o participando brevemente de la experiencia en otros como Los Cátaros de Alberto Miralles en Barcelona.

No fue la del teatro la única afición o vocación compartida –salvando todas las distancias-. También ingresé en la Escuela de Magisterio de León y también pasé por la Universidad en Barcelona y luego en San Sebastián para hacer la carrera de Psicología. No viví, afortunadamente, el drama de una guerra civil y mi exilio no pasó de ser una búsqueda de trabajo y oportunidades por otros territorios de España.

Y hablando de España. Hicimos una transición política hacia la democracia y llevamos cuarenta y dos años de funcionamiento constitucional. Las libertades que tú y los tuyos perdisteis, o mejor dicho os arrebataron violentamente, siempre están en riesgo y siempre necesitan ser defendidas. Muchas cosas de hoy te parecerían cosas de ayer. Pero no quiero pecar, como antaño te reprochara algún crítico, de pesimismo histórico; ni quiero renunciar a algo que me complace compartir contigo –aunque también te lo criticaran-, como es la exaltación de “la capacidad del hombre para inventar, no importa dónde ni cómo, un paraíso” (José Monleón en Primer Acto). La misma dura crítica también te ha reconocido la autoría de “un teatro bien escrito y artesanalmente sabio”. Sigue leyendo

El jardinero

 

EL JARDINERO
González Alonso

La tosca y ramplona plaza amaneció de buena mañana con un palo de rosal en uno de los maceteros llenos de tierra y vacíos de flores. Todo el perímetro de los bloques de la urbanización lo rodeaban setos cuidados y espacios verdes de césped bien cortado. Pero nunca había lucido ni una triste flor; así que me pareció hermoso el ingenuo intento de hacer crecer un rosal.

Pasaron las semanas y cuando había olvidado el anecdótico tronco de rosal, en un extremo de una ancha y rectangular jardinera elevada, tres débiles tallos sostenían unas escasas hojas verdes. Y poco a poco, de manera regular, iban apareciendo nuevas jóvenes plantas sobre macetas y jardineras, multiplicando la promesa de las flores sobre la austera plaza.

El pronóstico sobre el futuro de las tiernas promesas florales me parecía incierto; pero consideraba elogiosas la voluntad y decisión de la anónima persona empeñada en la aventura; alguien que, con buena intención, pretendía iluminar de color y vida los espacios vacíos entre los feos bloques de viviendas con un suelo cubierto de losetas cuadradas rojas y blancas repartidas de forma regular formando cuadrados concéntricos.

Cada vez que atravesaba la plaza no podía evitar una sonrisa contemplando aquellos tallos repartidos por doquier desafiando al tiempo, el sol y la lluvia, y tal vez la tentación de ese alguien que siempre existe para destrozar –sin que se sepa por qué- lo que hacen los demás. También me preguntaba por las motivaciones de la persona que había asumido ajardinar aquellos espacios baldíos. Por qué lo hacía y para qué más allá de dotar de un aire fresco y colorido la plaza de la urbanización.

Y con el paso de los días y acercándose la primavera, comenzaron a adivinarse los primeros brotes en los frágiles tallos. Entonces, una sensación extraña se apoderó de mi ánimo. Deseaba un buen final para aquellas pequeñas muestras de vida vegetal agarradas al suelo terroso de las por tanto tiempo olvidadas jardineras y temía al mismo tiempo su fracaso o la acción vandálica que les cortara el paso a la vida. A ello se unía la curiosidad despertada por conocer la mano que ponía todo su empeño con los riegos y cuidados de aquellos brotes.

Seguía  preguntándome por la razón o el interés del autor de ese trabajo. Las conjeturas que se me ocurrían las juzgaba disparatadas; así que decidí dejarlas a un lado, aunque de manera recurrente volvieran a mi mente las preguntas. Sigue leyendo

Teresa de Ávila: 500 años más allá del místico amor

Teresa de Ávila: 500 años más allá del místico amor

Ya toda me entregue´y di
y de tal suerte he trocado,
que mi Amado es para mi
y yo soy para mi Amado.

Santa Teresa de Jesús, Teresa de ÁvilaTeresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada, mujer hermosa, de belleza serena, apasionada, gran imaginación, vehemente, luego Teresa de Ávila, Teresa de Jesús por decisión propia y Santa Teresa de Jesús, al fin, nos seduce todavía hoy como ayer, después de los 500 años de su existencia, la de una vida marcada por un objetivo: la felicidad; la suya y la de los demás.

Teresa de Ávila pertenecía a una familia acomodada de judíos conversos o cristianos nuevos. Así como en el caso de Miguel de Cervantes podemos hablar sobre un montón de conjeturas acerca de su pasado judío, la raíz hebrea de la santa de Ávila está fuera de toda duda. Alrededor de 1950, la noticia causó estupor y cierta conmoción. Américo Castro dejó escrito que intuía o encontraba pistas en el estudio de su estilo literario, al que encontraba bastantes similitudes con el de los cristianos nuevos o judíos conversos de la época. Estas sospechas se confirmaron vía documental cuando Narciso Alonso Cortés encontró los papeles en la Real Chancillería de Valladolid que demostraban fehacientemente la ascendencia judía de la familia de Teresa de Jesús.

Teresa de çAvila o Santa Teresa de JesúsDicho lo anterior, que ni quita ni añade méritos a la obra de Teresa, digamos que su personalidad resultó ser arrolladoramente seductora y apasionada. Ya de niña, leyendo la vida de los santos y los mártires, había ideado escaparse con su hermano a tierra de infieles para sufrir el martirio. Luego, de jovencita, le cogió gusto a las novelas de caballerías de las que fue gran lectora y vivió con intensidad sus amores, batallas, sufrimientos y heroicidades. Todo ello contribuyó a la formación de un lenguaje literario y el modo de abordar, entre otros, el tema amoroso. También la lectura de la obra de San Agustín, como Las Confesiones. Pero la vida religiosa fue lo que cuajó en su alma y acabó siendo monja en contra de la voluntad de su padre. Destaquemos, por encima de todo, el valor que Teresa atribuía a la lectura y las obras literarias, hechas de la palabra, que es la vida y la sabiduría que mueven a la acción, a la que ella se entregó de forma generosa y continuada.

La formación académica de Teresa de Ávila fue limitada, por lo que debemos hablar de una mujer autodidacta. Sigue leyendo

Vincit malos

VINCIT MALOS
(Vincit malos pertinax bonitas.- La bondad persistente vence al mal.)
Séneca

Teneos firmes en la bondad constante,
alta la guardia y alertada el alma
pues venceréis la ambición de los malvados.

No es cuestión de fe y oración ni mansedumbre;
tampoco caridad ni ofrendas generosas
en los altares de los dioses.

¿Pues cómo, entonces, es la bondad que dices
que acaba sin fe con la maldad ni rezos
ni el suave auxilio de la compasión
o generosa ofrenda a las divinidades?

Bien os digo bondad sostenida en los brazos
de la recta justicia, la recta igualdad, que siguiendo el curso
de la razón despierta
alienta en el pecho de la humana virtud
solidaria..

Aquél es el bien que en su muda oratoria
temen los poderosos y conduce los pasos
por la espaciosa senda abierta a la conquista
de la libertad.

Aquél es el bien entregado a la paz verdadera
en nada alejada de la naturaleza de las cosas.

Y así el hombre será feliz gracias a la razón
que nada teme ni desea nada, dichoso
en su juicio recto,
pues sin salud moral nadie puede alcanzar
a ser llamado bienaventurado.

Una vez más te preguntamos, ¿qué virtud
de la condición humana
adornará la victoria sobre el mal?

Yo os diré, una vez más, que de todos los valores y virtudes
la primera misión es, sobre todas, ser hombre
y así, siéndolo, firmes en el carácter perseverar en el bien.

Veréis caer las torres, desplomarse los cielos,
hundirse en los océanos la ciega ambición de los tiranos
convertidos en nada sus imperios;
veréis cómo se vuelve el pesimismo y el miedo
contra sus obras indignas
y el poder absoluto de sus actos.

Perseverad, perseverad en la bondad
que vence la indignidad de los perversos
y alegraos, cantad alto aleluyas
y al amparo de la muda oratoria de la virtud
celebrad la felicidad en la victoria.

González Alonso

La muerte de la ilusión. Sobre el desilusionado caballero don Quijote de la Mancha

LA MUERTE DE LA ILUSIÓN
El desilusionado caballero don Quijote de la Mancha

Miguel de Cervantes se refiere a don Quijote como “el ingenioso hidalgo”, en la primera parte de la novela, y como “ingenioso caballero” en la segunda. La discusión del término “ingenioso” como persona ocurrente se desliza hacia el espacio de la locura en la distorsionada interpretación de la realidad y la acción consecuente ante la realidad interpretada. Para acabar el ropaje psicológico del personaje es más que probable que Cervantes leyera y conociera la obra del médico Huarte de San Juan (1529/1568)         y sus observaciones sobre la melancolía. También el aspecto físico de don Quijote y Sancho parece responder a su teoría de los cuatro tipos de humores de las personas. Según este célebre médico, que fue una autoridad en toda Europa y se le considera el patrón de la Psicología en España, la alimentación desempeña un papel fundamental en la salud en general y en la del cerebro en particular, de modo que cuando es deficiente o desequilibrada y a su vez el cerebro se ve expuesto a un gran trabajo y actividad muy exigente, éste se debilita.

Cervantes nos presenta un hidalgo enjuto de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, entregado frenéticamente a la lectura y olvidando el cuidado de la alimentación de por sí deficiente y escasa: En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio.

Si el hidalgo Alonso Quijano, el Bueno, enfermó de un exceso de trabajo intelectual y un defecto de su alimentación, también es verdad que siguiendo lo que dicta el sentido común y recomienda Huarte de San Juan, ama y sobrina intentaron recuperarlo en cada una de sus vueltas a casa a base de buenas comidas seguidas de riguroso descanso y privándole de lecturas, para lo cual llevaron a cabo junto al cura y el barbero una gran quema de libros –en su mayoría de caballerías- en un acto inquisitorial donde fueron juzgados y condenados al fuego.

No se hace necesario subrayar el alcance del significado de esa quema de libros; considerarlos culpables del mal de don Quijote sería querer ignorar lo que significa el uso responsable y equilibrado de las cosas. No se nos escapan otros aspectos de este hecho de la condena de los libros en el contexto de una España armándose cada vez más y encastillándose en un catolicismo excluyente sin reparar en medios y expulsando a judíos y musulmanes por, entre otras, razones de fe. Sigue leyendo

Don Quijote, profeta y cabalista.- Dominique Aubier

Don Quijote, profeta y cabalista
Dominique Aubier

Ediciones Obelisco, Barcelona-1981

Que un autor no puede escapar a su tiempo es cosa natural y generalmente admitida sin discusión. Miguel de Cervantes Saavedra, el escritor, no fue excepción. Como poeta, como dramaturgo, como novelista, reflejó el mundo que lo rodeaba y proyectó sus sentimientos, miedos, ideas y pensamientos que interpretaban o trataban de explicar ese mundo de su época desde su personal subjetividad.

El caso, en el caso de Cervantes, es que no estaba del todo clara la ascendencia judía de su familia. No era una cuestión baladí en la época. La limpieza de sangre había que demostrarla y, por supuesto, pagarla con la compra de títulos de nobleza que Cervantes y su familia nunca consiguieron. Fuera judío converso o simplemente judío, también es cierta su formación erasmista. Y todo ello representaba un riesgo serio ante una Inquisición extremadamente atenta.

Pero el escritor, decimos, no escapa en ningún caso a sí mismo y su mundo. Por eso, en la lectura de sus obras, no dejamos de hallar rastros de lo que significó su vida, detalles de las experiencias, creencias y pensamientos. Es lo que Dominique Aubier, en su obra “Don Quijote, profeta y cabalista”, viene a descubrirnos. Y lo hará rastreando la monumental obra cervantina en una dirección determinada, la de los indicios y pruebas de estar ante un libro encriptado, un auténtico tratado de conocimiento esotérico, lleno de simbolismos y claves hebraicas a través de una prosa cercana, asequible, y una historia inverosímil que consigue, como el mismo Cervantes quería, que el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla.

Si lo referido a los nombres, apellidos y ascendencia era muy tenido en cuenta en la España renacentista, en el particular caso de los judíos esta preocupación será obsesiva. Y Cervantes da sobradas muestras de esta obsesión. Pedro Salinas lo nota cuando asegura que “cada nombre en Cervantes es una pequeña aventura donde cada sílaba se juega contra otra sílaba, y donde la fonética se enfrenta al significado”. Y Fray Luís de León lo subraya afirmando de manera categórica que “cada uno es lo que su nombre significa”. (De los nombres de Cristo, 1583)

Dominique Aubier se detiene y especula en la representación de los nombres elegidos para la novela que Cervantes ofrece a sus lectores. Y lo hace desde el convencimiento de que el Quijote es un libro profético que enlaza con la historia de Ezequiel y que interpreta y mejora en sus propuestas el libro de “El Zohar”, uno de los libros más importantes del judaísmo que da continuación a la Cábala escrito en la época del Reino de León por Moisés Shem Tob de León. Así como Ezequiel conduce al pueblo judío en su huida a Babilonia tras la destrucción de Jerusalén y profetiza la vuelta y reconstrucción de la ciudad santa y su templo, don Quijote saldrá al mundo en su particular éxodo, más como “caballero errante” que como “andante”, para preconizar la venida de otro mundo más justo restaurar la Verdad y el Conocimiento a la Luz del Zohar y anunciar en encuentro de las tres religiones que constantemente aparecen referidas en la novela: el judaísmo, el islamismo y el cristianismo, las tres bajo la protección de la figura de Abraham que en las tres es asumida y respetada. Sigue leyendo

Crimen y castigo.- Fiódor Dostoievski

CRIMEN Y CASTIGO
Fiódor Dostoievski

Ediciones Cátedra.- 2ª edición Mil Letras; Madrid, 2009.- Edición de Isabel Vicente; cubierta de Diego Lara

La novela de F. Dostoievski, Crimen y castigo, se desenvuelve –grosso modo– en dos ámbitos, el de la miseria y el del desamor. La búsqueda permanente de la superación de la miseria y la de la emoción pura del amor constituye el eje transversal de la obra, con cuyo pretexto ofrece, amén de la pintura realista de colores vibrantes y fuertes claroscuros de la sociedad de la época, una crítica social implacable desde la encrucijada moral de los personajes. La mirada crítica sobre la sociedad del momento no está exenta de intuiciones y descubrimientos de verdades permanentes, realidades consustanciales al modelo social del que, básicamente, seguimos formando parte; así, ante la corrupción y el robo representado en la figura de un profesor de Moscú que falsificaba bonos, la justificación es la de que «todo el mundo se hace rico de una manera o de otra«(sic) en el sentido de «ganar dinero de inmediato y sin esfuerzo«(sic) porque «nos hemos acostumbrado a encontrarlo todo hecho, a avanzar  apoyándonos en los demás, a comer el pan ya masticado. Y, en cuanto las circunstancias lo han permitido, todos se han lanzado a aprovecharse«(sic) Por si lo citado anteriormente nos parece poca cosa en relación a los problemas actuales, podemos detenernos en la visión que del poder se refleja en las siguientes palabras: Y ahora sé, Sonia, que tiene poder sobre las personas quien es más fuerte por su inteligencia y su espíritu. Para la gente, el que se atreve a mucho es el que lleva la razón.  El que más cosas menosprecia se convierte en su legislador y el más atrevido es el más escuchado. Así ha ocurrido hasta ahora, y así será siempre. ¡Sólo un ciego no lo vería!(sic) Sigue leyendo

El terror de 1824.- Benito Pérez Galdós

Episodios Nacionales
El terror de 1824
Benito Pérez Galdós

Alianza Editorial, El libro de bolsillo
2019

El destino no deja de proporcionarnos situaciones paradójicas. Benito Pérez Galdós, para ofrecernos de manera novelada el episodio histórico del absolutismo de Fernando VII y el terror desatado con las persecuciones y ejecuciones de liberales y constitucionalistas, hace coincidir el personaje del viejo maestro liberal, inflamado de fe en la libertad y la democracia, con el destino de la joven muchacha, católica e hija de un absolutista ejecutado por los liberales y en cuya muerte tomó parte el viejo maestro liberal con su delación. Ahora el viejo maestro hace discursos incendiarios contra la monarquía por todo Madrid y pasa por loco, del que todos se burlan y al que los niños apedrean. Su hijo será ejecutado una vez hecho prisionero, y él acabará siendo recogido por la joven hija del absolutista, vecina suya, cuidado y querido como un padre, amor que terminará siendo mutuo tras reconocer su conducta indigna –no por la delación- sino por haberse negado a ofrecerle un vaso de agua en sus últimos momentos, culpa que confesará también al pie del patíbulo.

En la figura del viejo idealista loco no se puede dejar de apreciar la evocación cervantina de don Quijote, recuerdo reflejado en otros pasajes como en el de Riego conducido con todo el idealismo liberal que representaba en un carro de bueyes a la horca. O en los mismos discursos del viejo maestro liberal y la imagen de su mujer, ya fallecida, a modo de una Dulcinea. Pero podríamos seguir con las pinceladas cervantinas en su estilo narrativo, la ironía –incluso el sarcasmo- y la visión relativa de los hechos, la fuerte convicción ideológica de los liberales y la altura de sus miras, pero la desconfianza que se pone de manifiesto en los protagonistas de su puesta en práctica, así como sus contradicciones o la humana flaqueza ante la muerte. Se refleja la dureza, violencia y odio irracional de los absolutistas y las gentes que los apoyaban, más brutales cuanto más incultos e ignorantes, la perversa acción de la Iglesia con las prédicas de curas y frailes animando al infierno de la represión, el miedo confundido y mezclado con la amenaza que los liberales suponían para la propiedad privada y la religión, la salvación del alma… Todo ese ambiente sórdido y gris que Benito Pérez Galdós nos describe resulta mucho más grosero que cualquier imaginación. Así, podemos leer tras la descripción de la maquinaria burocrática y su oficio en la redacción de los autos: El infierno de aquella época era la más infernal que puede imaginar la humana fantasía espoleada por el terror. (Capítulo 14) Sigue leyendo

Doña Perfecta.- Benito Pérez Galdós

DOÑA PERFECTA
Benito Pérez Galdós

Después de leer “Doña Perfecta” parece hoy que España está donde Benito Pérez Galdós  la dejó. Es decir, a merced de la reacción, la mentira y las acciones más oscuras y rastreras contra los gobiernos progresistas y de izquierdas. Puede decirse que la derecha más conservadora y casposa que en 1920 campeaba lo rural ahora se ha trasladado a Madrid, principalmente, con toda su corte.

Estamos ante una magnífica novela que bien podría constituir otro “episodio nacional” del autor canario. Costumbrista, apegado al terruño secano de las cabezas hueras de los aldeanos que supuran la maldad de la ignorancia, la avaricia mal llevada, la costumbre hecha ley y el rencor en las palpitaciones de un corazón envidioso y desconfiado. El egoísmo se adueña de los paisajes y corre las lindes de las propiedades discutidas por leguleyos. Es todo un episodio triste el de la tierra del ajo. El progreso es el diablo y quieren bastarse a sí mismos con el terruño, la almidonada religión y los preceptos morales cortados a su medida y bendecidos de latinajos mal traducidos y peor interpretados.

Resulta admirable que entonces -y ahora en nuestros tiempos penosamente sorprendente- cómo viviendo en las estrecheces éticas de la religión y las costumbres, entre odio, resentimiento, juicios malintencionados contra los demás censurándolos y condenando a todo aquel reticente a avenirse a la autoridad de la iglesia y el cacique, pudieran tener la convicción de vivir en la mayor bondad del mundo y por encima del mundo.

Naturalmente que puede explicarse, y Pérez Galdós lo hace desde una prosa ágil, desenfadada y didáctica, carente de ornamentos que distraigan lo medular del tema. Concluye su novela con proverbial moderación y de manera escueta: “...es cuanto por ahora podemos decir de las personas que parecen buenas y no lo son”. ¡Ay! Y qué pocos puntos y comas se podrían cambiar para entrar a describir los peores males de la España de hoy.

Claro es que tras la hipocresía de la bondad aparente descrita por Pérez Galdós se mueven las pasiones más bajas en los personajes de “Doña Perfecta”. Ya los mismos nombres elegidos para sus protagonistas adelantan con sarcasmo la verdadera naturaleza de sus almas. Se airean, sobre todo, la ambición y voluntad de medrar a costa de lo que sea, incluido el crimen. Tras la patética máscara de la religiosidad se tejen las insidias y acciones indignas. Son ellos, atrincherados en sus costumbres medievales, quienes deciden dónde está el bien y dónde el mal, administrando la voluntad de Dios sin que haya dios que se lo pida para premiar, excluir  castigar a quienes no piensen como ellos ni sigan sus órdenes vestidas de insinuaciones.

Los métodos de la perpetuación de la sumisión se reproducen vergonzosamente en nuestros días con apelaciones pseudopatrióticas, rechazo al extranjero -sobre todo si es pobre- y a lo extranjero que signifique progreso social, igualdad y libertades, mentiras y miedos para llenar las cabezas de las gentes sin cabeza. Y hay muchas. Sigue leyendo

El tío Sindo

EL TÍO SINDO

Tienda de ultramarinosLa cantina del pueblo era una foto de hace más de sesenta años. Los mostradores, altos, de maderas nobles del lugar; las ventanas y puertas ancladas en pesados goznes y  las columnas de hierro  de fuste estriado y con un asomo de decoración simulando un capitel a la altura de las vigas que sujetaban los techos elevados y ahumados por los vapores de mercancías tan variadas como los vinos verdes de año, por las aceitunas, los chorizos y  jamones de la casa o las latas de escabeche que permanecían abiertas para acompañar en forma de tapa los vasos de vino de los parroquianos y veraneantes.

La foto podía ser perfecta  desde la esquina donde observaba perplejo la escena, si nos entretuviéramos en quitar de en medio el cartelón colgado de la columna que anunciaba los helados. Al fondo, se apilaban en las estanterías cacharros de barro, porrones, porcelanas y ollas en un orden que fue marcando el tiempo al irlas amontonando a la espera de salir a los fogones, las cocinas de leña  y las mesas. Y, al parecer, la espera ha sido larga para tan variopintos artículos, incluidas las sartenes y paelleras que colgaban inmóviles y cubiertas de polvo de los techos. La pared se doblaba en una esquina arrastrando con ella estanterías y cacharros hasta volver a replegarse sobre sí misma nuevamente a la derecha y terminar encontrándose con la fachada de ancho muro de piedra de la cantina.

En la tabernaY para que nada faltase en la foto, acodado sobre el alto mostrador, un paisano enjuto observaba al personal, gente forastera y veraneante, desde su singular atalaya. Era el tío Sindo, boina calada hasta las cejas apretadas sobre los pequeños ojos hundidos en la edad de los ochenta, aunque la edad de los paisanos despista bastante, y la nariz cayendo sobre una boca arrugada en una sonrisa desdentada. Sigue leyendo