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A orillas del río Bernesga

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El río se adelgaza en verano y nos ofrece su lecho de cantos rodados.

Siempre tuvo vocación, el Bernesga, de aguas claras y de truchas. Pero sus orillas se llenaron durante muchos años de islán, esa capa semisólida que formaba el carbón y que algunas personas amontonaban para desecarlo y aprovecharlo para la lumbre. Así que las truchas se quedaron por encima de Santa Lucía, y las que asomaban el hocico en la confluencia del río Casares, daban media vuelta a toda leche para buscar mosquitas que zampar o una buena piedra debajo de la cual guarecerse.

Pero de piedras, de muchas piedras formadas por cantos rodados, estaba hecho nuestro Bernesga. Un río capaz de adelgazarse hasta lo indecible en el estío, cuando el sol de agosto pone cuarenta grados a las tres de la tarde en los tejados y las calles de Pola, y se podía vadear en algunos de sus puntos a pie enjuto o, como mucho, mojándote una zapatilla en un mal resbalón con el verdín de una piedra que se movía. Pero también era capaz de arrastrar carros, troncos de árboles y todo tipo de ramaje cuando en la mitad del invierno o con el deshielo temprano de una primavera se ponía farruco y saltaba incluso el puente. Lo que sí es cierto es que el puente aguantaba sin estorruntarse, sin ceder un centímetro las pilastras, valiente ante aquellas avenidas descomunales. Las aguas anegaban los salguerales y las eras, y a la altura de la fábrica de harinas se metía en la vega sin respetar nada que estuviera al alcance de su furor enloquecido. Pero luego se calmaba, las nieves de Busdongo se apretaban de frío de nuevo o ya corrían en agua más allá de León, camino del Esla. El río bajaba alto, recordándonos su fuerza, su cabreo, pero ya no amenazaba.

Luego lo encauzaron, y con mejor o peor fortuna lo llevaron comarca de Gordón abajo un poco más domesticado.

Era en verano, sin embargo, que los guajes entrábamos en él, a la altura del salón de Visita, con aquella pista de baile al aire libre rematada en una especie de quilla que pretendía navegar río arriba, o a la altura de la fábrica de harinas. En las pozas allí formadas nos bañamos muchas veces entre aquellas aguas que a veces bajaban negras o que siempre lo parecían debido al fondo impregnado de carbón. Algunas veces los baños acababan en juegos a pedrada limpia, para hacer sopas en la superficie del río o, peor, para hacer puntería en la cabeza de alguien. La cosa fue sin querer, pero de una de esas aventuras que terminó en descalabro, conservo la cicatriz que el médico don Jesús tuvo que coser con unas cuantas grapas.

Hubo un tiempo, incluso, en que las mujeres cogían la tarja y lavaban la colada a sus orillas. Momento, además, idóneo para el cotilleo cotidiano que entonces se llamaba cortar trajes y que siempre fue el vehículo oficioso de la información en los pueblos.

Todo era en verano. Rebuscábamos en el lecho del río los cantos rodados oscuros que partíamos por la mitad y que aparecían con máculas doradas brillantes. Es oro, nos decíamos, y los guardábamos como verdaderos tesoros. Los colores dorados y verdosos de los recién partidos cantos rodados nos seducían con promesas de río aurífero que nunca fue nuestro Bernesga. A su orilla encontrábamos juncos que trenzábamos, cabezudos, zapateros y ranas que no escapaban a nuestro acoso.

Con el paso de los años y la mejora de las explotaciones mineras, el Bernesga fue recuperando sus aguas claras, sus fondos limpios, sus orillas de salguerales y chopos murmurando con las brisas. Sigue bajando lamiendo los cantos rodados en verano, serio en invierno, mirando al Cueto a su izquierda, la Carba al frente, contra la que parece que se va a estrellar, para girar un poco a la derecha, dejar a un lado la sacrificada Gretosa a las exigencias del tren de alta velocidad(1), a la sombra del Fontañán, y enfilar hacia Huergas, Nocedo y Puente de Alba. No sé si las truchas ya se atreven a buscar huecos entre sus piedras más acá de Santa Lucía. Tampoco sé lo que guarda la memoria del río; pero si los recuerdos son como las truchas, escurridizas, estarán donde ellas anden. Tal vez a alguien también se le venga a la memoria lo que el río fue. O quizás alguien más nos cuente alguna vez lo que ahora es. Mientras tanto, miramos correr sus aguas desde el nuevo puente de la estación y, con ellas, nuestros sueños son murmullos que arañan el tiempo. Todo nuestro tiempo.

González Alonso

  • Texto publicado en el libro «Miradas del ayer.- La Pola de Gordón» (Editado por La Junta Vecinal de La Pola de Gordón – León, 2015)

Lavando ropa a orillas del río Bernesga

(1) La Gretosa, a continuación de La Vega en la margen derecha del río, fue destrozada al perforar a su altura los túneles del tren de alta velocidad entre León y Asturias. Las escombreras han formado un montículo nuevo y ha desaparecido el espacio hasta el río antes ocupado por choperas y nidos de cigüeñas alrededor de los prados. La Vega tampoco se salvó de este desastre y le amenaza la desaparición total con un proyecto de urbanización.


2 Respuestas to “A orillas del río Bernesga”


  1. mayo 15, 2022 a las 10:53

    Estupendo texto. Lo ríos, siempre vivos, simpre ahí y en el recuerdo.
    Salud.

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