Posts Tagged ‘Reino de León

01
Sep
22

Los botes espaciales de carburo

Antes de ser construido en La Pola de Gordón el ya desaparecido colegio Doctor Álvarez Miranda en el solar del edificio que, según creo,  había sido centro de enseñanzas medias durante la Segunda República y que mucho más tarde y hasta día de hoy acabaría reconvertido en Centro de Salud, se podía ver una fragua pegada al costado de la pared de la izquierda del inmueble de piedra y ladrillo raseado. Por la callejuela de la fragua o herrería se llegaba al río Bernesga, y en su orilla había un potro de madera con todos los artilugios para herrar a los animales. Toda la margen del río estaba comida de matorrales y chopos recrecidos que desafiaban a los guajes y ponían a prueba su espíritu aventurero intentando adentrarse por entre los ramajes y, aún, consiguiéndolo en gran parte.

El olor de la fragua, los fuelles y el ruido de los martillos golpeando el yunque todavía resuena con claridad en el recuerdo. Todo forma ya parte del paisaje infantil del pueblo animado de juegos que duraban días.

El caso es que, a orillas de aquella mítica y casi arruinada fragua, se amontonaba el carburo, esa sustancia blancuzca y pesada de olor ácido que formaba parte de los residuos de la actividad de la industria. Seguir leyendo ‘Los botes espaciales de carburo’

14
May
22

A orillas del río Bernesga

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El río se adelgaza en verano y nos ofrece su lecho de cantos rodados.

Siempre tuvo vocación, el Bernesga, de aguas claras y de truchas. Pero sus orillas se llenaron durante muchos años de islán, esa capa semisólida que formaba el carbón y que algunas personas amontonaban para desecarlo y aprovecharlo para la lumbre. Así que las truchas se quedaron por encima de Santa Lucía, y las que asomaban el hocico en la confluencia del río Casares, daban media vuelta a toda leche para buscar mosquitas que zampar o una buena piedra debajo de la cual guarecerse.

Pero de piedras, de muchas piedras formadas por cantos rodados, estaba hecho nuestro Bernesga. Un río capaz de adelgazarse hasta lo indecible en el estío, cuando el sol de agosto pone cuarenta grados a las tres de la tarde en los tejados y las calles de Pola, y se podía vadear en algunos de sus puntos a pie enjuto o, como mucho, mojándote una zapatilla en un mal resbalón con el verdín de una piedra que se movía. Pero también era capaz de arrastrar carros, troncos de árboles y todo tipo de ramaje cuando en la mitad del invierno o con el deshielo temprano de una primavera se ponía farruco y saltaba incluso el puente. Lo que sí es cierto es que el puente aguantaba sin estorruntarse, sin ceder un centímetro las pilastras, valiente ante aquellas avenidas descomunales. Las aguas anegaban los salguerales y las eras, y a la altura de la fábrica de harinas se metía en la vega sin respetar nada que estuviera al alcance de su furor enloquecido. Pero luego se calmaba, las nieves de Busdongo se apretaban de frío de nuevo o ya corrían en agua más allá de León, camino del Esla. El río bajaba alto, recordándonos su fuerza, su cabreo, pero ya no amenazaba. Seguir leyendo ‘A orillas del río Bernesga’

03
Abr
22

Lancia

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Lancia

Sobre el cerro de Lancia escarba la tierra
el viento helado del norte y tumba los abrojos. Qué desolada
extensión abatida por el tiempo sin medida en los relojes
de la vida. Una piedra labrada se desprende del barro
y ofrece a la vista sus ángulos antiguos; una única piedra,
sillar de muro que sostenía la casa,
aparece desnuda.

No son éstas las palabras de un hijo
ante la tumba abierta de los padres; es el huérfano
el que llora y maldice el filo de la espada
cuando el viento helado del norte quema la hierba del cerro
de Lancia y una única piedra
sostiene la ciudad arrasada; por ella se alzan las voces
que traían la muerte y escucho susurrar en las lenguas
de fuego de las lucernas al amor que era abrazo
desnudo y el hogar ardía en los fuegos de la risa, cuando
la simiente crecía entre los sueños las cosechas.

Qué lejos nos queda toda aquella fértil felicidad.

Una piedra sola. Lancia se envuelve en memoria
y en nostalgia

y el cielo se desploma
gris sobre sus ruinas.

González Alonso

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15
Jul
21

Los Reyes del Grial.- Margarita Torres y José Miguel Ortega

.

Los Reyes del Grial

Margarita Torres y José Miguel Ortega

Editorial Reino de Cordelia.- ISBN-13: 978-84-15973-29-4

La búsqueda del Santo Grial, al igual que la vuelta a Ítaca, puede interpretarse como una metáfora de la vida y un viaje iniciático para recorrer nuestro camino interior, del que volveremos transformados. Se trata de un tema que siempre suscitará curiosidad y moverá los recursos espirituales y humanísticos persiguiendo su conquista, la aproximación a la verdad o a alguna verdad sobre el sentido de nuestra existencia.

Pero más allá del vendaval emocional, filosófico e incluso poético, hay una realidad histórica y unos hechos cuyas huellas materiales pueden pervivir hasta nuestros días.

León fue reino e imperio medieval, el más decidido impulsor de lo que más tarde sería España como nación. Y fue, no convendría olvidarlo, el reino más importante de la cristiandad de hace mil años. Se adelantó a la historia con las primeras Cortes parlamentarias europeas convocadas en 1188 por Alfonso IX, con la participación de las ciudades y la representación de todos los estamentos que discutían y aprobaban decisiones sobre la guerra, la organización social, impuestos y leyes.

El presente libro tiene el acierto, entre muchos, de descubrirnos la existencia de ese reino, hoy difuso en la estructura autonómica de España, y poner de manifiesto la pérdida de memoria y el desconocimiento de las gentes ante la relevancia y empuje de fenómenos nacionalistas con sus interpretaciones históricas sesgadas, censuras y ocultación de datos para sustentar y desarrollar su idea de identidad. Pero la realidad, para bien y para mal, es terca y mana por aquí y por allá en cuanto removemos una piedra, un códice, un legajo o cualquier documento. En este caso la piedra se nos aparece en forma de cáliz, dentro del cual se nos explica de manera pormenorizada cómo hace más de mil años se esconde el cuenco de ágata que los primeros cristianos  de Jerusalén custodiaban tras la muerte de Jesucristo y que atribuían al mismo Jesucristo como el que empleó en la llamada última cena. Seguir leyendo ‘Los Reyes del Grial.- Margarita Torres y José Miguel Ortega’




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