06
Dic
22

Contra el fanatismo.- Voltaire

Contra el fanatismo.- VoltaireIMG20221126125934

Taurus.- 2020
Juan Ramón Azaola, traductor

François-Marie Arouet (1694/1778), el que se hiciera llamar Voltaire sin que hasta la fecha se conozca la razón y el significado de su pseudónimo, vivió durante los reinados de Luis XIV y Luis XV en la Francia de la Ilustración y aportó sus ideas revolucionarias en defensa de la ciencia y la razón por encima de la religión. Abrazó el liberalismo y las ideas del filósofo inglés John Locke, defendiendo que el pacto social no supone en ningún caso los derechos naturales de la persona. Librepensador y defensor de la libertad y la tolerancia religiosa también rompió moldes con sus poemas escandalosos al estilo de los eróticos de La Fontaine. En su celo por defender la tolerancia criticó duramente al cristianismo y las otras religiones, como la mahometana y la judía. Sin embargo, tal y como se desprende de la lectura de esta obra, Voltaire no fue intolerante con la religión, pues sin aceptar sus dogmas, los respeta. Se le atribuye erróneamente la frase popular “No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”, aunque sí es verdad que, en cierto modo, refleja bastante bien el espíritu de tolerancia que el pensador francés defendió en esta obra “Contra el fanatismo”, y en otras de su autoría, como “La muerte de César”, “Edipo” o las “Cartas filosóficas”.

VOLTAIREEl punto de partida de “Contra el fanatismo” será un acto de intolerancia y fanatismo ocurrido en Francia, como fue la muerte de Jean Calas. Se pone de manifiesto la indefensión del acusado, la falta de pruebas y lo absurdo de la denuncia por parte de una congregación radicalizada con la religión y llena de odio. La posición de la Justicia, viciada de la intolerancia social dominante y alejada de la razón, será objeto de la crítica de Voltaire que se pregunta si los jueces o el Papa son infalibles y demuestra la parcialidad de dichos jueces en el juicio que llevó a Jean Calas al cadalso, acusado de ahorcar a su propio hijo por su posible renuncia a las propias creencias religiosas para abrazar el cristianismo. Tras el veredicto final de los 13 jueces del caso Jean Calas, Voltaire exclama: Parece como si el fanatismo, indignado desde hace poco con los éxitos de la razón, se debatiera bajo ella con mayor rabia.

Los argumentos y pruebas que Voltaire va presentando a favor de la tolerancia para identificar a los intolerantes entre los responsables religiosos que estimulan a las masas y las mueven al odio son no sólo numerosas, sino también concluyentes. Toda su filosofía se basa su concepción del “derecho natural” y el “derecho humano”. El segundo se fundamenta en el primero sobre el principio universal que puede formularse así: No hagas lo que no quisieran que te hicieran a ti. Ni en el derecho natural ni en el humano puede tener cabida la intolerancia, pues impone al otro un modo de pensar, de creer, opinar y actuar con la amenaza del castigo que puede llegar a la muerte.

Entre las muchas reflexiones que Voltaire se hace, figura la referida a las costumbres y las opiniones que dan sustento a las normas o leyes que rigen la convivencia. Hace notar cómo las costumbres cambian con el paso del tiempo y cómo las opiniones son distintas, lo que hace que las leyes también cambien; de tal manera nos encontramos con actos tipificados de delito en una época que en la siguiente han perdido esa significación. Consiguientemente, las personas que fueron juzgadas y condenadas en un tiempo pasado serían inocentes hoy día. Y es por ello que llama a la prudencia y la mesura a la hora de enjuiciar un caso, sobre todo si es por motivos ideológicos o religiosos.

fanatismo-religioso-por-Cabu-asesinado-Charlie-HebdoConsidera Voltaire que los diferentes pueblos y las distintas culturas supieron en su momento usar la religión como nexo de unión cuando se toleraban unas a otras las creencias religiosas. Esa tolerancia no evitó, sin embargo las guerras. Los griegos y los troyanos podían hacer ofrendas a los mismos y distintos dioses para solicitar su favor en el campo de batalla. Pero es que las guerras, alimentadas por el fanatismo religioso, no tienen nada que ver con el credo de los combatientes, sino con su ambición de conquista, riquezas y poder, que es otro tema y no de menor importancia.

No dejó de haber excepciones intolerantes entre los griegos. Y Voltaire trae a la palestra el caso Sócrates, el único a quien los griegos hicieron morir por sus opiniones. Nos recuerda como “se había procurado enemigos irreconciliables entre los sofistas, los oradores, los poetas que enseñaban en las escuelas, e incluso entre los preceptores que cuidaban de los niños de familias distinguidas”. En su soberbia se dedicó a ir de casa en casa para llamar ignorantes a los preceptores y todo ello causó la ira de un sacerdote y un consejero de los Quinientos que lo denunciaron y acusaron de inspirar y alentar en los jóvenes una actitud contraria a la religión y el Gobierno. Las calumnias prosperaron y Sócrates fue condenado a tomar la cicuta. Los atenienses sintieron horror por los acusadores y los jueces y Melitus, el autor principal de la sentencia, fue condenado a muerte por aquella injusticia, los demás fueron desterrados y se edificó un templo en honor a Sócrates.

Se detiene también Voltaire en la tolerancia de los romanos, en cómo era posible un Cicerón que dudó de todo, un Plinio que niega a un dios o el de Juvenal negando la existencia del infierno, así como los cantos celebrados en los teatros: Post mortem nihil est, ipsaque mors nihil (No hay nada después de la muerte, la muerte misma no es nada). Estas opiniones no provocaron enfrentamiento entre los romanos, fueran o no falsas o impías. Hay que entender así la posición del Senado y el pueblo romano en este asunto: Corresponde a los dioses ocuparse de las ofensas hechas a los dioses.

Cuando Voltaire atiende a la persecución de los cristianos por parte de Roma nos descubrefanatismo la incongruencia de dicha acusación. Un estado poderoso, con las máximas de tolerancia esgrimidas, no podía sentirse amenazado por una secta religiosa como la cristiana. Incluso el emperador Constantino I el Grande abrazó sin complejos esta religión. Argumenta Voltaire que fueron los mismos cristianos los intolerantes que atacaron las creencias religiosas de los romanos y arguye que –sin negar la ejecución de numerosos cristianos- fueron los mismos cristianos quienes buscaron el martirio para justificar la superioridad de su fe a partir del victimismo escribiendo una historia parcial y deformada para alimentar el fanatismo de sus seguidores.

No sé hasta qué punto la historia de las persecuciones romanas a los cristianos es fruto de la exageración y el relato sesgado de los cristianos, lo que sí resulta evidente es su actitud beligerante con las demás confesiones, la promoción de guerras como las Cruzadas y las ejecuciones implacables de los tribunales de la Inquisición. Si todo ello no es suficiente para entender la intolerancia religiosa, tanto de cristianos, como de judíos y mahometanos, vega Dios y lo vea.

Como el caso de la intolerancia y el fanatismo se extiende más allá del ámbito religioso, el pensador francés analiza otros ejemplos, como el de las supersticiones, así como otros aspectos concernientes a los judíos o al mismo Jesucristo. Pero también se pregunta por el derecho que se arrogan las distintas Iglesias de interpretar y usar la voluntad divina para perseguir e incluso sentenciar a la condenación eterna.

Hay, sin embargo, una pregunta que late en el aire: ¿entonces, todo está permitido? ¿Acaso – exclama Voltaire – se le permitirá al ciudadano no creer sin  a su razón y no pensar sino lo que le dicte la razón, ilustrada o equivocada? Y, razonadamente, Voltaire establece los límites, respondiéndose a sí mismo: Es preciso que así sea, mientras que no perturbe el orden; porque no depende del hombre creer o no creer, pero sí depende de él respetar las costumbres de su patria; y si dijerais que es un crimen no creer en la religión dominante, vosotros mismos acusaríais por lo tanto a los primeros cristianos, vuestros padres, y justificaríais a aquellos que acusáis por haberlos entregado al suplicio.

Voltaire fue acusado de antirreligioso, pero él mismo entiende que “en todos los lugares donde hay una sociedad establecida es necesaria una religión; las leyes velan por los crímenes cometidos, y la religión por los crímenes secretos

El texto de Voltaire, en su Continuación y conclusión, nos abre los ojos a la Naturaleza y nos hace escuchar su voz que nos dice cómo es ella sola la que une a la especie humana velando por sus necesidades en un largo alegato lleno de sano optimismo y esperanza.

Si hay alguna lectura provechosa, y creo que no la hay que no lo sea, ésta es una de ellas y más principales. El paso del tiempo no hace otra cosa que descubrirnos esta realidad. Y, consecuentemente, la tozudez y terquedad humana resistiéndose a aceptar su bien. Esperemos, pacientemente, que finalmente sea de distinta manera.

González Alonso


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