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El Holandés Errante

El Holandés Errante.- Richard Wagner

Teatro Euskalduna – Bilbao
Orquesta Sinfónica de Bilbao
Director: Pedro Halfter

21 de enero de 2020

Situémonos. El compositor alemán Richard Wagner escribe una ópera romántica basada en un relato de Heinrich Heine. Un marinero holandés navega errante sin que ninguna tormenta pueda hundir su barco ni morir. Se trata de una maldición del diablo que pone como condición para terminar con ella el que el marino consiga la fidelidad de una mujer hasta su muerte. Así, cada siete años el buque fantasma toca algún puerto y el marino tiene la oportunidad de cortejar a una mujer y conseguir su fidelidad eterna. En esta ocasión coincidirá ante las costas noruegas con otro marinero de regreso, entablan una relación y el holandés le ofrece sus riquezas a cambio de un hogar y de que le conceda la mano de su hija que, a su vez, mantenía algún tipo de noviazgo con otro joven convecino. Acepta el padre la oferta y la hija, antes de conocer al holandés ni la llegada del buque fantasma, ya estaba enamorada de él después de conocer su historia y contemplando el retrato del marinero errante, por lo que estaba decidida –en contra de la opinión de todo el mundo- a ser su salvadora. Cuando llega el holandés, le promete fidelidad eterna; pero el antiguo novio se interpone y el holandés lo toma como una falta a la promesa de fidelidad hecha y parte con su barco aceptando su destino. La joven lo sigue hasta la costa y se arroja al mar desde un acantilado muriendo al mismo tiempo que el barco del holandés se hunde entre las olas.

Una historia de amor. El tema es el de la redención a través del amor. El descubrimiento trágico es que la fidelidad prometida sólo puede realizarse en la misma muerte. Una historia que nos remite a la historia de Ulises y sus viajes por el Egeo en busca de Ítaca, pero –sobre todo- a la obra del romanticismo español Don Juan Tenorio de Zorrilla y la salvación del Tenorio por Doña Inés.

Del libreto llaman la atención algunas cosas. No es el texto ni el desarrollo de la historia lo mejor de R. Wagner. Me da la impresión de compuso lo mejor de esta ópera, sus partes musicales entregadas a la orquesta, y que luego fue escribiendo un libreto mediocre y la música para ese libreto. Así, la música es lo mejor y quizás lo único que merece la pena seguir y prestar atención. Con la obertura, la bella balada de la joven Senta y el coro de los marinos, habría bastado. Hay, naturalmente, otros episodios meritorios y muchos más dramáticamente planos, como lo correspondiente a toda la primera parte de esta representación que se hizo, por cierto, sin seguir la intención de Wagner para que fuera de un tirón, sin intermedios, en su voluntad romántica de romper esquemas.

No deja de ser sorprendente, en otro plano, el egoísmo del padre que parece vender a la hija ofreciéndola en matrimonio sin consultarla (aunque hay que considerar las convenciones de la época) y, de manera irónica, resulta que siendo los hombres generalmente  reconocidos como infieles, el diablo –que sabe mucho- ve la dificultad en conseguir la fidelidad de una mujer, poniéndolo como condición sine qua non para la salvación del desventurado holandés errante.

Ironías a un lado y yendo al espectáculo ofrecido, lo primero que puedo decir es que el montaje resultó pretencioso, confuso y desafortunado, salvo en momentos muy puntuales. Meter toda la acción en la bodega de un buque en la que tienen que visualizarse o entenderse al menos tres espacios, el buque noruego, el del barco fantasma y la casa de Senta y su padre, con una Senta deambulando por allí y rellenando los espacios musicales de la orquesta haciendo niñerías y cosas absurdas con la pretensión de presentárnosla como desequilibrada mentalmente, no pasó de ser una mala ocurrencia del director de escena suizo Guy Montavon. El uso de la roja proa gigantesca del barco del holandés adentrándose en escena y simulando, incluso, un coito hundiendo su quilla entre las piernas abiertas de una Senta entregada, así como el recurso de las proyecciones –unas muy a cuento y otras no tanto- no salvaron, yo diría que hundieron, la representación.

En la música de R. Wagner y su temperamento dramático presentándonos y adentrándonos en el océano, sus tormentas y sensación de inmensidad, así como el desarrollo del motivo del holandés o el de Senta, se puede encontrar lo valioso de esta ópera; en lo mencionado y en la extraordinaria dirección de Pedro Halfter con la respuesta magistral de la Orquesta Sinfónica de Bilbao. Eso fue lo mejor. Luego, también, las interpretaciones vocales que a mí me parecieron valiosas y los coros bien armados hicieron el resto de lo bueno de la tarde de ópera. Y resaltar, cómo no, la asistencia de un buen, atento y nutrido grupo de personas muy jóvenes a una representación que ofreció un lleno absoluto.

González Alonso


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