CARTA A LUCÍA SÁNCHEZ SAORNIL
(Lucía Sánchez Saornil – 1895 / 1970)
Lucía,
Rondabas mi edad actual cuando en 1970, con veinte años recién cumplidos y próximo a los movimientos libertarios, marxistas, comunistas o cualquiera que tuviera la intención de acabar con la dictadura franquista, pateaba las calles de Barcelona. La agitación política seguía en la Universidad, los barrios, en las citas clandestinas y las manifestaciones. Y el teatro. Con Alberto Miralles, aquel infatigable agitador cultural de la escena y creador del grupo Los Cátaros. Y la sala Villarroel donde nunca estaba seguro de qué ni cómo se iba a representar lo que fuere, pero que –milagrosamente- todo salía bien para tranquilidad nuestra y satisfacción del público aplaudiendo con fervor.
No tengo noticias de tus últimos años, pero los supongo fieles al anarquismo que te inspiró la creación de Mujeres Libres. Tu militancia anarcosindicalista, coherente y decididamente valiente, también tuvo sus sobresaltos con la incomprensión de los compañeros que predicaban la teoría y se contradecían en la práctica; sobre todo con el tema de la mujer. Sin embargo, tan imbuida del peso de la razón del ideario libertario como Teresa de Ávila lo estuviera de su irredento misticismo, supiste hacer y dar ejemplo. La lucha por tu propia emancipación siempre se desarrolló en el marco de la emancipación de la clase obrera. Hay que reconocértelo. Y hay que reconocer el peso de tu labor en los pasos dados en la lucha general por las libertades.
Ahora que el tiempo ha pasado para todos, sin ánimo de ser o parecer persona compasiva, me gustaría espigar algo de todo aquello que moldea y hacen suyo la memoria y el olvido. Y escribírtelo, Lucía, con la ingrata sensación de llegar tarde. Ello no quiero que se convierta en excusa para posponerlo indefinidamente.
He compartido tu ideario y militancia. Pero tampoco en su momento mis compañeros supieron o consideraron de interés hablarme o darme noticias de ti, así como lo hicieron con otros y de Federica Montseny a quien pude saludar en la ocasión de un mitin en San Sebastián. De ella sé que tenía muy buena opinión de ti y consideraba que eras la que mejor escribías de la organización. No es, no puede serlo, un reproche. Al fin, ¿de qué serviría? Tampoco yo presté demasiada atención a otros aspectos históricos de la CNT centrado como estaba en la problemática del momento y los desafíos que teníamos por delante en los últimos años de la dictadura. Sea como sea, Mujeres Libres volvió a reorganizarse con cierto empuje y acierto.
Hay un aspecto más de tu vida y lucha personal que me parece reseñable y necesario mencionar, como es la cuestión de la homosexualidad que asumiste sin complejos, aunque no sin problemas, en tu relación afectiva con América Barroso. Hoy día, como un reflejo pálido de aquel “amor libre” de la revolución social, en España es legal el matrimonio homosexual. La homosexualidad no está perseguida legalmente; no significa ello que toda la gente lo vea con buenos ojos e incluso hay grupos ultraconservadores que la denuncian y repudian junto con otras libertades como el divorcio o el aborto. Es, pienso, un importante paso adelante el que la sociedad española, mayoritariamente, haya consagrado el conjunto de libertades antes reseñadas. Al menos estoy convencido de que hoy vivirías con más naturalidad la expresión del amor que, sin que sea necesario subrayarlo, sólo es y puede ser libre.
Pero no te he hablado todavía de la poesía, de tu poesía.
Si de algo sirve digamos que el gusto con que Rafael Alberti la leyó y consideró es muy estimable y dice mucho de lo bueno de tus versos. Debo confesar, no obstante, que yo no la he conocido hasta que surgió la necesidad de escribirte estas letras. Y este conocimiento mínimo da comienzo tras la lectura de once de tus poemas y los primeros versos de “Elegía interior”:
¡Oh, si pudiéramos
hundir las manos en el fondo del tiempo.
Y traerlas colmadas
de las emociones antiguas!
El tiempo, dices, ese pozo profundo que acoge lo esencial, nuestros mejores sentimientos y emociones ya perdidas para el presente, se nos presenta con la nostalgia del recuerdo inalcanzable. Tu voz lírica nos invita a compartir ese deseo a través de una magnífica metáfora táctil. Es belleza limpia y serena.
Luego me permití pasear tus “Panoramas urbanos” y en la noche de la ciudad pude escuchar los compases de una orquesta de jazz, las canciones de los bares de antaño, la locura de “cabalgar los caballos de bronce de las glorietas” o sentir “los cerebros como granadas explosivas”. Fuiste la única mujer que formó parte de la vanguardia poética del movimiento ultraísta capitaneado por Rafael Cansinos desde el Café Colonial de Madrid y que Borges llevaría a Argentina. Cansados del Modernismo hicisteis de la metáfora el alma de la poesía y trajisteis temas actuales como el cine, el mundo de la ciudad o los deportes para vuestros poemas. Un movimiento que duró poco, pero que marcó un nuevo rumbo en la poesía.
Poemas de amor. Que tuviste que escribir y publicar con pseudónimo masculino para dirigirte al objeto amoroso femenino. No fuiste la única que se vio en la necesidad de disimular su condición femenina para moverse en un mundo de hombres. Y tus palabras entonces, sembraban de dulzura e intensa emoción el universo. Gritaban: “Íbamos trillando estrellas” –aseguras- mientras “las palabras, como pájaros
se ahogaban en el agua” y el aire desmayado de la amada y las músicas que colgaban de sus labios te hacían sentir que esa noche, sí, sería posible viajar juntas a la luna. ¡Qué belleza!
Y poemas de combate; ese largo, heroico y vibrante “Romance de La Libertaria” que exalta la figura de Maria Silva Cruz, nieta de “Seisdedos”, ek anarquista Francisco Cruz Gutiérrez, muerto en Casas Viejas (Cádiz) durante la insurrección campesina de 1933 cuando prendieron fuego a su choza donde se había refugiado junto con otras quince personas; igualmente fervorosos suenan los versos del “Himno de mujeres libres” y los más exaltados de “¡Madrid, Madrid, mi Madrid!” repetido y cantado por las calles de la capital cercada y resistente, “¡Ay, rondas de mi Madrid,
ríos de sangre y de lágrimas”!
Hubo altruismo, generosidad, sueño y utopía; una realidad preñada de esperanza porque, ¡eras tan joven!, lo supiste y lo escribiste: “…en la vida, el soñar es lo que importa”; y aun en medio de la desesperanza, cuando “ya no canta la alondra cada día” te quedaba voz para gritar: “¡Qué desesperación voraz y fiera
sentir que el ascua de vivir se enfría!…
Que ya no queda nada…
¿Y Dios? ¿Me espera?”
No sé de dioses, Lucía. Me temo que no hay más certidumbre que la muerte y todo lo demás es nada, como creías adivinar. Tal vez tu pregunta no pase de ser retórica. Pero tu vitalidad y pasión por la vida te habrá llevado, no lo dudo, a buscarla y encontrarla más allá de esa frontera del tiempo y la edad.
Será poco o mucho lo que te he escrito hasta aquí, no lo sé tampoco; pero sí espero que sea suficiente para afirmarte en el recuerdo del ejemplo y el espejo en el que mirarnos viejos y jóvenes, más cerca unos y más lejos los otros de unos años gloriosos y terribles en los que viviste valientemente.
No hay despedidas. No puede haberlas, compañera. Solamente el saludo de quien no puede arrinconar el valor de tu ejemplo y tu poesía. Con un abrazo. Salud.
Julio González Alonso