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Final de partida.- Samuel Beckett (Teatro Arriaga.-Bilbao.- Producción Teatro de La Abadía)

Final de partida.- Samuel Becket

Ha resultado una ocasión gozosa el volver a encontrarse con Fin de partida, de Samuel Beckett, en los escenarios. Por varias razones; la primera, por la calidad de un texto que, escrito en torno a 1957, sigue ofreciéndonos en 2010 motivos más que suficientes de reflexión sobre la naturaleza humana y su destino; pero también porque S.Beckett y el teatro del absurdo representaron para el que escribe un encuentro temprano despertando una pasión que, reconozco, me acompañará toda la vida. En la mítica década de los 60 -en la que todo ocurrió- y en los años de instituto en el Padre Isla de León, un profesor de Filosofía del que solamente recuerdo su nombre, don Lucio, como le llamábamos los estudiantes, supo ganarse el respeto de un grupo al que dirigió, descubriéndonos a todos este mundo del teatro con puestas en escena como fue, por ejemplo, Esperando a Godot, otra de las obras imprescindibles del dramaturgo irlandés. Su estilo de profesor, con aquellas gafas enormes y aspecto más bien desaliñado, sonriente y despistado, me hace evocar desde Sócrates a Marcuse, Heidegger, Camus o Sarte y toda la intelectualidad europea de la época que era, fundamentalmente, francesa. Él nos contagió a no pocos el gusanillo de las tablas y nos ayudó a entender el teatro como medio de expresión y de conocimiento. Pero hay otras razones, entre las que no puedo dejar de contar la de que en La Pola de Gordón (León), también formamos un pequeño elenco teatral con actuaciones veraniegas y en una de ellas fue representada la pieza Final de partida con anécdotas, incluso, con la guardia civil por medio, aunque es cuestión que no hace el caso explicar aquí.

La actuación promocionada por el Teatro de la Abadía, con la dirección del polaco Krystian Lupa, del pasado 23 de octubre en el Teatro Arriaga de Bilbao, tuvo la virtud de remover en mí las emociones que creía olvidadas, pero que solamente dormían, y reelaborar la crítica de un mundo que en el bien entrado ya siglo XXI, galopa sin sentido hacia un retroceso ético y moral que castigará aún más la percepción que tenemos sobre nosotros mismos y que nos aproxima también más a ese final del juego o partida que S.Beckett descarnó sobre los escenarios a mediados del siglo XX.

Pero he de decir también que, en mi modesta opinión, la representación dirigida por K.Lupa adoleció de vigor, incapaz de transmitir la angustia del mal, la soledad, la imposibilidad de comunicarse eficazmente con los demás, de la ternura y la poesía agónica contenida en el trabajo de Samuel Beckett. Apoyándose en elementos sensoriales de luz, humo y sonidos, el director de este Fin de partida pretendió envolvernos en la atmósfera axfisiante del texto, relegando éste a un mero recitado, más bien murmullo, ayudado de micrófonos, que se hacía en no pocas ocasiones ininteligible, plano, aburrido, incoherente con la acción que la trama dramática exigía. No creo que les haya pasado por alto el hecho de los tibios aplausos, más fieles y respetuosos con S.Beckett que de reconocimiento del trabajo allí presentado, ni el abandono de la sala de no pocos espectadores antes de acabar la representación.

Dicho lo anterior, ¿qué añadir?. Tal vez subrayar, una vez más, la tremenda vigencia del teatro del absurdo de S.Beckett en una obra abierta al posible análisis desde numerosos puntos de vista. En el escenario, si miramos con un enfoque psicológico, tenemos al “yo” encarnado en el personaje de Hamm que será el  “yo” universal, ciego e imposibilitado en una silla de ruedas, como una catástrofe que nace de los primeros miedos de nuestra infancia y que nos aboca a la soledad y el sufrimiento, causa del mal. Recluídos en sendos cubos de basura estarán los padres, los progenitores que nos forzaron a adoptar su humanidad en nombre de la cultura, sin que la entendiéramos cabalmente. Esta comunicación deficiente, frustrada, y la imposición, harán que los niños que fuimos paguemos con odio nuestra frustración y fracaso, y que los niños nos devuelvan a su vez -cuando ocupamos el rol de progenitores- la misma violencia. Es curioso, pues no existen precendentes en el mundo animal de un odio tal de los hijos hacia sus progenitores ni de estos hacia sus hijos, por lo que es plausible encontrar su explicación en el caso humano si lo entendemos en relación a la Cultura.

Hamm, el personaje ciego y que se incapacita a sí mismo para andar (lo hará al final del juego, ya definitivamente solo) interactúa de una manera mecánica y autoritaria con Clov, su sirviente. Ninguno de ellos puede escapar a la situación creada, y cuando intentan un gesto de comprensión, de afecto, fracasan una y otra vez. No hay salida posible en un mundo arruinado y destruido. La cuestión es que ese es el único mundo posible, sin que sea -por contra- el mundo deseado y pretendido. Por eso se sigue y se persiste en la búsqueda de los culpables, y de ahí su deseo de ofrecer a los culpables el odio, aunque -y esa será la mínima y única expresión de esperanza- seguramente lo que se desea ofrecer es amor.

Ironía, cinismo, brutalidad, pesimismo y otras cualidades de parecido pelo podemos atribuir a la obra de S.Beckett, pero igualmente la lucidez en la desesperanza. Resultan demoledoras las situaciones que se plantean a lo largo de la obra y de las que traeré a colación, por ejemplo, la que nos ofrece Hamm cuando le comunica a Clov que ha dormido mal, que tal vez había soñado -o no- que en el pecho se había visto una gran mancha o quizás un hueco. Clov le pregunta: ¿y te viste el corazón?, a lo que Hamm responde: no, era algo vivo:

HAMM: La rutina. No se sabe jamás. (Pausa.) Anoche me vi el pecho. Tenía una pupa grande. CLOV: Te viste el corazón. HAMM: No, era algo vivo. (Pausa. Con angustia.) ¡Clov!

O también el pasaje en el que Clov le recrimina a Hamm su pasado, acusándolo de una crueldad que Hamm niega; entonces le recuerda cómo a una mujer le negó aceite para su lámpara. Cuando Hamm, cínicamente, le quita importancia a este hecho, Clov le espeta: pero murió de obscuridad:

Clov(duramente): Cuando la tía Pegg te pedía aceite para su lámpara y tú la mandabas al infierno, sabías lo que pasaba en ese momento, ¿no? (Pausa.) ¿Sabes de qué murió la tía Pegg? De oscuridad.  HAMM(débilmente): No tenía. CLOV(lo mismo): ¡Sí, tenías!

En conclusión, admirable y siempre aprovechable la oportunidad de enfrentar el teatro del Nobel de Literatura de 1969 en un examen duro de conciencia para preguntarnos qué queda al final de la partida, si hay horizonte o ya no, si queda vida o solamente la nada, si cabe la esperanza en algún rincón de la existencia humana y el sinnúmero de cuantas preguntas se os agolpen angustiosas en el corazón y que podéis agregar, si así lo queréis, aquí.

Salud.

Julio G. Alonso

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6 Responses to “Final de partida.- Samuel Beckett (Teatro Arriaga.-Bilbao.- Producción Teatro de La Abadía)”


  1. 1 Antonio Glez
    octubre 24, 2010 en 22:13

    Me trae recuerdos de juventud, de verano, y se recrea la memoria con el comentario
    que aclara bien la obra y la situación de la misma. Me gusta.

    • octubre 25, 2010 en 17:32

      Claro, claro… como que tú, en el papel de Nagg, te pasaste toda la sesión metido en una incómoda caja de cartón. No recuerdo si hicimos dos o tres representaciones, con poco público y mucho entusiasmo por nuestra parte. Fue una puesta en escena fresca y directa, creo que muy atrevida si tenemos en cuenta la edad que teníamos, la época y la circunstancia de representarse en verano en un pequeño pueblo de montaña. En una de las actuaciones recuerdo que Toño, el amigo Antonio Trobajo, cerró la representación con unas palabras a modo de comentario; creo que sus explicaciones aliviaron bastante a nuestro desconcertado público, por la explicación de la obra y por venir de quien venía la explicación. Recuerdos, en fin, muy gratos.
      Salud.

  2. 3 Santiago Fernández
    octubre 24, 2010 en 22:15

    Querido Julio:
    Nuevamente muchas gracias por tu entrega. Una prosa apasionada y apasionante. Yo he leido muy poco de S. Beckett. Es uno de esos autores que se me ha atragantado, como tantos otros,… El no poseer las claves y la edad, necesarias para entenderlo, seguramente contribuyó a ese alejamiento. Al leer tus comentarios me han entrado ganas de volver a intentarlo.
    En tu escrito reflexionas respecto a las grandes preguntas de la vida y pones en escena una serie de pensamientos dramáticos:
    ” No hay salida posible en un mundo arruinado y destruido. La cuestión es que ese es el único mundo posible, sin que sea -por contra- el mundo deseado y pretendido”
    ” qué queda al final de la partida, si hay horizonte o ya no, si queda vida o solamente la nada, si cabe la esperanza en algún rincón de la existencia humana”

    Estas reflexiones pesimistas enfrentadas a tu optimismo hacen que tu escrito tenga valor de reflexión.
    Un saludo y gracias
    Santi

    • octubre 25, 2010 en 18:49

      Las gracias te las debo yo a ti, amigo Santiago, por ponerle palabras a tu lectura en un comentario en todo amable.
      No me extraña tu tropiezo con la manera de escribir de Samuel Beckett; es cosa bastante frecuente y a mí me ocurrió lo mismo con Ulises, de James Joyce. Todos tenemos asignaturas pendientes. O no. Porque no todo lo que se escribe, aunque lleve el marchamo de calidad literaria, tiene por qué interesarnos o gustarnos.
      Comentas sobre las reflexiones pesimistas que se extraen de la obra de S.Beckett y el contraste con el optimismo del artículo. La cuestión está en que todo es bastante relativo; si Beckett grita desde la desesperanza y el pesimismo es porque -entiendo- quiere que su grito sirva para algo, lo que nos abre el camino a cierta esperanza. Mi optimismo, en este sentido, es también relativo, pues viene a ser el optimismo del enfermo que descubre la gravedad de su enfermedad… A partir de ahí, tú mismo puedes interpretar el sentido que puede cobrar un diagnóstico como el que hace S.Beckett. Y, evidentemente, si esta actitud empuja a la reflexión, algo más habremos avanzado y ganado. Tal vez.
      No me cansaré de agradecerte el que te tomes la molestia de, además de leer, el dejarme tus impresiones.
      Nota.- Me he leído el primer capítulo del libro de Ramón Galí, Hypatia y la eternidad. Me ha encantado el tno del discurso y el que esté contado en primera persona. En cierto modo me ha hecho evocar las Memorias de Adriano de Yourcenar. Creo que será éste sí, uno de los libros que no me abandonarán. Otra vez gracias.Salud.

  3. 5 Santiago Fernández
    octubre 25, 2010 en 23:06

    Amigo Julio, tocas un tema de gran interés para mí: Todo es relativo. Es un pensamiento que me ha perseguido a lo largo de buena parte de mi vida, en el ámbito científico, el vivencial, …
    Un escritor guatemalteco, Augusto Monterrosso, lo describe de manera magistral en uno de sus grandes/pequeños cuentos, dice así:
    Hace mucho tiempo, en un país lejano, vivía una Jirafa, de estatura regular pero tan descuidada que una vez se salió de la Selva y se perdió. Desorientada como siempre, se puso a caminar a tontas y a locas de aquí para allá, y por más que se agachaba para encontrar el camino no lo encontraba. Así, deambulando, llegó a un desfiladero donde en ese momento tenía lugar una gran batalla. A pesar de que las bajas eran cuantiosas por ambos bandos, ninguno estaba dispuesto a ceder ni un milímetro de terreno. Los generales arengaban a sus tropas con las espadas en alto, al mismo tiempo que la nieve se teñía de púrpura con la sangre de los heridos.

    Entre el humo y el estrépito de los cañones se veía desplomarse a los muertos de uno y otro ejército, con tiempo apenas para encomendar su alma al diablo; pero los sobrevivientes continuaban disparando con entusiasmo hasta que a ellos también les tocaba y caían con un gesto estúpido pero que en su caída consideraban que la Historia iba a recoger como heroico, pues morían por defender su bandera; y efectivamente, la Historia recogía esos gestos como heroicos, tanto la Historia que recogía los gestos del uno, como la que recogía los gestos del otro, ya que cada lado escribía su propia historia; así, Wellington era un héroe para los ingleses y Napoleón era un héroe para los franceses.

    A todo esto, la Jirafa siguió caminando, hasta que llegó a una parte del desfiladero en que estaba montado un enorme Cañón, que en ese preciso instante hizo un disparo exactamente unos veinte centímetros arriba de su cabeza, más o menos.

    Al ver pasar la bala tan cerca, y mientras seguía con la vista su trayectoria, la Jirafa pensó:

    “Qué bueno que no soy tan alta, pues si mi cuello midiera treinta centímetros más esa bala me habría volado la cabeza; o bien, qué bueno que esta parte del desfiladero en que está el Cañón no es tan baja, pues si midiera treinta centímetros menos la bala también me habría volado la cabeza. Ahora comprendo que todo es relativo”. Augusto Monterrosso en el libro la Oveja Negra y demás fábulas.

    Es claro que el optimismo y el pesimismo se tocan como los extremos de una circunferencia, lo hacen para encerrar el circulo de la vida, y en ocasiones se pasa de un extremo a otro mediante un paso infinitésimal. Es difícil estar casi siempre en el lado bueno, pero hay que intentarlo y tus escritos me sirven en este sentido.
    Gracias Julio, espero que te siga gustando el libro de Hipatia.
    Un saludo
    Santi

    • octubre 27, 2010 en 11:10

      Amigo Santiago:

      Preciosa historia la de esta jirafa que, saliéndose -aunque fuera de modo accidental- del círculo de su vida habitual en el que la conducta y el pensamiento ya estaban establecidos y bastaba con seguir las convenciones, se enfrenta a un mundo en el que tiene que poner en marcha sus recursos cognitivos y evaluar sus sentimientos ante el mundo que se extiende más allá del curvo horizonte. Me parece una metáfora de la existencia humana y la actitud vital que cabe adoptar ante la misma: aceptar las normas éticas, los dogmas religiosos, las ideologías… y sentirse amparado y seguro, aunque esclavo, con ellas; o, por el contrario, enfrentar el riesgo de la responsabilidad de actuar según tus propias normas. En el primer caso, en el supuesto de error o fallo, la culpa nunca será tuya, sino de la institución, dios o autoridad de donde provenga; en el segundo caso, el error sólo puede ser imputable a ti mismo. No sé, yo lo veo así, y por ello intento -ingenuamente, tal vez- asumir mi propio riesgo. Me quedo, pues, con la aventura y el reto de la jirafa.
      Gracias, Santiago; de tu lectura alumbran nuevas reflexiones que enriquecen a quien las lee y sigue.
      Salud.


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