Tiempo al tiempo en el Quijote. Una novela mágica de verano
Julio González Alonso
Cuando don Quijote se echa a los caminos manchegos y del mundo era un día “de los calurosos del mes de julio” (I,2) y en un año de sequía en el que “habían las nubes negado su rocío a la tierra” y, tal como se hacía todavía en los años 60 del pasado siglo, eran frecuentes las rogativas y procesiones implorando a los cielos la lluvia (II,52). Nada nuevo bajo el sol de la España actual y la de hace 400 años largos.
El caso es que, según Miguel de Cervantes, la epopeya quijotesca se produce en los límites de un verano eterno, que era el tiempo más favorable para pasar las noches al raso o patear los caminos y calzadas del siglo XVII. Por eso, nada más dar entrada a la novela y salida en solitario de su casa al hidalgo Alonso Quijano (I, 2) con la decisión de hacerse armar caballero en el primer castillo a mano que encontrara, se nos dice que tal cosa ocurre bajo el calor de un día del mes de julio, tal y como ya se ha mencionado. Estará fuera de casa un día y medio y volverá a ella como el caballero don Quijote de la Mancha. Luego, quince días más tarde y acompañado ya por un escudero, el campesino Sancho Panza, iniciará la segunda salida.