LA CENA DE LOS IDIOTAS
Francis Veber
26 de agosto de 2026
Teatro Campos
Bilbao
Versión de Josema Yuste
Reparto:Alberto Closas, Javier Losán, Santiago Urrialde, Manu Badenes, Anna Hastings, Cristina Acosta
Dirección: Juan José Alfonso
Estamos de fiesta. En Bilbao siempre es una semana muy animada la de finales de agosto. Y el teatro viene a la medida del buen humor y las ganas de diversión. Así que vamos a ver una comedia; desenfadada, con golpes de ironía o bromas, incluso algún asomo de sarcasmo, que desatan la risa; y a la vez no deja de ser una comedia inteligente con su mensaje claro: no está justificado juzgar a los demás sin conocerlos o considerarlos menos de lo que son; mucho menos convertirlos en peleles de los cuales burlarse porque sí. Esa actitud prepotente es despreciable porque realmente considerar idiotas a los demás esconde un grave complejo de inferioridad y un sentimiento de inseguridad reprimido. La crítica de la comedia, sin salirse de los términos acuñados del “vodevil”, apunta a la pregunta de quién es el verdadero idiota en nuestra sociedad para darnos respuestas hilarantes que esconden la cruda realidad.
El argumento: Un grupo de amigos acostumbran a invitar a cenar a una persona que consideran idiota para burlarse de ella dejándola hablar y provocando sus explicaciones, a veces engorrosas; pero finalmente el supuesto idiota pone en evidencia a los burladores generando un verdadero caos al quebrarse las intenciones de estos amigos de la risa a costa de los demás.
Aunque no resulte ser una comedia trascendental, sí son de agradecer los recursos para hacer reír al mismo tiempo que reivindica la dignidad de las personas y la necesidad de un poco de humanidad y sensibilidad para con los demás.
Tal vez la representación pecara un poco de liosa en algunas escenas, pero en muchas otras el nivel de su ejecución rondaba la excelencia. En conjunto la cosa resultó bien. Y a ello ayudó –sobre todo a llenar la sala del Teatro Campos Elíseos- el nombre de actores célebres de la televisión, de indiscutible talento.
No me parece necesario extenderse más. La fiesta también participa del teatro y la risa es un buen recurso para desahogarse de los problemas cotidianos. Pero una risa inteligente y nunca a costa de los demás. En todo caso, eso sí, puede reírse uno de sí mismo. Esta comedia de enredo puede servir perfectamente al efecto. Y por ahí podemos seguir sin compromiso.
González Alonso


No significa, dicho lo anterior, aprobar cualquier tipo de risa a cualquier precio, como pudiera ser la vulgaridad y los lugares comunes traídos a contrapelo con grosería; estamos hablando de la risa que viene del humor inteligente, destapado en actuaciones gamberras y desenfadadas como el que nos muestra esta comedia. Una fórmula exitosa que cumple seis años de representaciones en Madrid, Barcelona y ahora por toda España.
El ritmo de la interpretación es muy trepidante y sostenido durante la más de hora y media de representación, y la actuación de actrices y actores es valiente, descarada y desenvuelta, consiguiendo que la comedia funcione y alcance su objetivo, entretener y hacer reír al espectador.


Las locuras por el veraneo
La intención de Eduardo Vasco para esta versión de “Las locuras por el veraneo”, fue acercar la comedia a nuestro pasado más reciente ubicando su acción en el ambiente europeo de los años 20 del pasado siglo. Con una escenografía sencilla y eficaz recreará el ambiente adecuado a cada una de las escenas desarrolladas. Destaca el acierto del vestuario y es reseñable la interpretación coral de las canciones que forman parte de la obra. No estamos, sin embargo, ante un musical.
Estamos descubriendo la idea del veraneo del siglo XVIII, un lujo reservado a las clases altas, burguesía y aristocracia, con unos veranos que duraban tres meses retirados a la vida campestre en grandes mansiones rodeados de amigos e invitados, grandes fiestas y un montón de criados. La obsesión por ser quien viste mejor y más a la moda, quién celebra mejores festejos y ofrece las mejores y más abundantes comidas o quién tiene más invitados, dará pie al derroche, los enredos, y la realidad de unas deudas que no se pagan nunca. A todo ello vienen a sumarse los asuntos amorosos con su maleta cargada de celos y la esperanza equivocada de resolver los problemas económicos con una buena dote en el matrimonio.
POLAR
Pues bien, esta noche nos hemos encontrado con un matrimonio divorciado enredado en una discusión de carácter profesional, reiterativa y con rasgos cómicos, en la que al final ya no saben de qué discuten, si de ellos mismos o del proyecto de trabajo del ex marido. La cosa es que, inesperadamente, la historia termina siendo comidos por un oso polar en el jardín de la casa, en una escena muy bien llevada a cabo con una realización ingeniosa y efectista. Seguidamente, tras correr y descorrer un telón poblado por un bosque de pinos, una joven vegana acompañada de la guitarra de su novio desaparecido llega, sin un euro y en un día muy lluvioso, al bar de un cazador en un lugar de la nada para enzarzarse la una con el otro, bronco él de modales y machista de formas sin compostura. Más adelante, un biólogo ecologista perdido en la Patagonia buscando
rastros de animales exóticos será comido por una osa polar tras las presentaciones y razonamientos sobre el sentido y esencia de la naturaleza, pues el hambre es el hambre y la comida es la comida. Podía haber sido también a la inversa, comiéndose el hombre a la osa. Entre tanto, y entre escena y escena, una voz en off nos contará la carrera imparable y angustiada de una madre que había perdido a su hija pequeña a manos y boca de otro oso, se supone que también polar. Esta mujer acabará llegando al bar del cazador en el que se encuentra la vegana que, tras entrar en calor a base de orujo, se desahogará destrozando la guitarra de su novio, que sabe que ya no vendrá, colgando sus restos en la pared como un trofeo.
De todo ello, me pregunto –como espectador- qué me pareció a mí esta comedia. Trataré de ser conciso. Más que divertida, entretenida; más que teatral, metateatral y pretendidamente actual, en la que no se aprecia –si no es superficialmente- la relación entre la acción humana, y la humanidad en general, y la realidad de la naturaleza a una escala que justifique lo presentado y representado. Todo, en fin, lo entendí más como un conjunto de ocurrencias que como buen humor inteligente para hacer la pretendida denuncia del cambio climático y sus consecuencias. 

Música, bailes, explicaciones sobre los personajes interpretados o la obra misma mientras se toman una cerveza, correcciones, más explicaciones y más sirtakis en un metateatro trepidante donde los excesos no lo son y en el cual las confusiones conducen a los errores y los errores conducen a la realidad de un destino incierto resuelto felizmente, tal y como cabe esperar de una comedia en la que el ingenio de Shakespeare brilla en el fraseo y planteamiento de muchas de las escenas reinventadas para la ocasión. La mucha confusión originada que embarra la visión de la realidad se irá aclarando como si se tratara de un gran charco revuelto en el que el lodo se va aposentando poco a poco hasta que el agua transparente nos permita ver con claridad.
EL TRAJE
A las características mencionadas se puede añadir la de resultar ser una obra dura e intensa de atmósfera agobiante que bascula entre el drama y la comedia con escenas surrealistas propias del teatro del absurdo y un final muy al estilo de un Lope de Vega y las comedias del Siglo de Oro. “El traje” es la excusa para hablar de las miserias humanas, sus carencias y sus anhelos apuntando a los casos de corrupción, tanto política como del alma. La referencia a los casos concretos de cohecho, tráfico de influencias y malversación protagonizados por la derecha española y en los que los regalos de trajes fueron parte de estos hechos, está clara en el título. Pero, pasado el tiempo, olvidado o ignorado por la ciudadanía la gravedad de unas prácticas políticas tan indeseables como las referidas, el trabajo dramático de Cavestany sigue estando vigente porque ha tocado el fondo de la cuestión más allá de lo anecdótico, refiriendo la perversión de la naturaleza humana en una obra con final feliz (¿feliz?), pero trágico, donde los protagonistas, después de sortear la legalidad, se degradan hasta el extremo de aceptar haber cometido un crimen y ocultarlo. Y la pregunta que surge es, ¿es posible cambiar estas conductas? Sobre todo si tomamos en consideración las condiciones de una sociedad en la que se ha consolidado el consumismo compulsivo, el valor del éxito a cualquier precio y la justificación de salvar el pellejo haciendo cualquier cosa que sea posible hacerse.
Tres tristes breves
Se deducirá fácilmente que estuve muy cómodo entre risa y sonrisa a lo largo de toda la representación y a la vez sintiendo sostener un diálogo conmigo mismo al enfrentar los problemas que la disección dramática nos mostraba apartando la piel del humor y la anécdota.
El Rey que fue
Al estilo shakesperiano y muy apegado a la tragedia clásica, nos encontramos un rey envuelto en sus propias trampas al que acorralan los fantasmas de un pasado que empezó a la edad temprana de la infancia en la que mató de un disparo –accidental- a su propio hermano y heredero directo de la corona; que acabará abatiendo elefantes –intencionadamente-; que no se cortará un pelo a la hora de tener relaciones extramatrimoniales escandalosas, cortejando y seduciendo a mujeres a base de millones de euros (sin declarar a Hacienda) y capaz de liquidar a tiros a los delfines si asoman la cabeza por encima del agua. Un rey, en fin, que empezó siendo afable y campechano en la restauración de una monarquía parlamentaria y la puesta en marcha de la democracia para llegar a estar a punto de derribar él solito la monarquía para felicidad de los republicanos.
Julio César
Esta reconstrucción histórica a la que aludimos se nos presenta como documental y como parodia sin que deje de transitar las lindes del teatro del absurdo, adquirir tintes de astracanada, sumergirse en el esperpento y, con todo, celebrar el encanto sutil de la risa como piedra de amolar y triturar la historia oficial y sus inconsistencias. El trabajo para ello, monumental y exquisito, se sustenta en las escenas de mimo ejecutadas con precisión y enorme riqueza expresiva. El cuerpo habla en sus gestos y movimientos ocupando el lugar de la palabra y adquiriendo un incuestionable valor protagonista en la narración. Los tres cuerpos parlantes sobre la escena son ejércitos avanzando o en combate, se convierten en ciudades asediadas, batallas y discursos, cónsules, galos y romanos que llenan sin tregua el espacio escénico con un ritmo trepidante haciendo que el tiempo de dos mil años se disuelva en hora y media de manera tan natural como feliz.