El Señor de Bembibre.- Enrique Gil y Carrasco
Conservo la edición de Clásicos Ebro (Editorial Ebro, Zaragoza.-1982), pero cualquier edición de la que dispongáis será una gran ocasión de disfrutar la prosa de Enrique Gil y Carrasco, este leonés de Villafranca del Bierzo, definido como el poeta de la melancolía, que escribió en este género propio del romanticismo como es la novela histórica.
El espíritu romántico se manifiesta en sus facetas más singulares: la evasión de la realidad, el libre juego de la fantasía, la evocación de la Edad Media y la exaltación pasional (sic) (Prólogo de la edición Ebro).
El argumento de la novela trata de una historia de amor entre los jóvenes de dos grandes familias de la nobleza leonesa, una de ellas perteneciente a la poderosa Orden del Temple, cuyo maestre ocupaba el castillo de Ponferrada. La imposibilidad de llevar a buen puerto las relaciones y amores iniciados entre los jóvenes de la historia desembocará en una serie de situaciones dramáticas entre las que, junto a la historia desgraciada de los amantes, se suceden los acontecimientos que irán minando y destruyendo el poder de los templarios.
Pero la belleza de esta novela, en mi opinión, se crece en las descripciones del paisaje, de manera que éste, lejos de aburrirnos o poner trabas a la narración, cobra singular importancia, se fusiona con la historia de manera genial y llega a ser, por derecho propio, un personaje más de la novela.
Una lectura amena y recomendable de un autor muy significativo del Romanticismo, autor de «Los españoles pintados por sí mismos«, una interesante colección de artículos costumbristas, y el poema «A Espronceda» a la muerte de este autor, amigo y mentor de Gil y Carrasco. Enfermo de tuberculosis, morirá en Berlín el 22 de febrero de 1846 a la temprana edad de 31 años.
González Alonso
Antonio Machado
DE SENECTUTE
Desde luego, Cicerón reconoce y sabe que hay que aceptar con la mayor naturalidad que “el curso de la edad está determinado y el camino de la naturaleza es único y sencillo. A cada periodo de la vida se le ha dado su propia inquietud: la inseguridad a la infancia, la impetuosidad a la juventud, la sensatez y la constancia a la edad media, la madurez a la ancianidad”.
Dicen que murió Gabriel García Márquez, el autor que supo escribir Cien años de soledad y que sólo pudo acompañarnos durante 87 años en esta tierra, tan llena de cosas extraordinarias y míticas como prosaicas y diarias, el componente básico del realismo mágico manejado con magistral maestría por el autor colombiano.
Luis Mateo Díez, por boca del personaje Ovidio Ponce de Lesco y Villafañe, abre el capítulo 31 con una frase desoladora: “Celama es el espejo no del esplendor del cielo sino de su ruina”. Una metáfora de la misma vida y destino de sus habitantes sustentada en la tierra. El médico Ponce de Lesco ve su vida “no como el espejo de todo lo bueno que ambicioné, sino de la desgracia y la ruina de lo que de veras soy”, y en el fracaso de la persona se encuentra el de la tierra, “buena –añade- para que a uno no le hiriese el esplendor con sus falsos brillos y para compartir la caída de lo que en la vida se acumula como peso de la desgracia”.
Tal vez resulte inquietante esta lectura transida de poesía luminosa que Luis Mateo Díez se sintió empujado a escribir, pero acercarse al dolor de manera tan honesta tiene esos riesgos; así, cuando acabamos su lectura, sabemos que hemos dado comienzo a otra más larga y desconocida, ya no sabremos qué futuro hay y nos sentimos bastante desorientados en un presente al que se le ha secuestrado su pasado. Quizás, como al médico de Celama, no nos quede más remedio que buscar en el alma de los muertos y la desoladora llanura aplastada por esta verdadera ruina del cielo. Pero morir, como en Celama, se muere solo.
CANTO A MÍ MISMO
ELOGIO DE LA EDUCACIÓN
Antes de meterse en harina con las disquisiciones anteriores y otras de mayor calado, Vargas Llosa se pregunta y nos pregunta acerca de lo que se entiende por un gran libro cuando hablamos de literatura. Y no se está refiriendo al soporte material, el papel, en el que vienen envueltas las historias de las novelas, el teatro o la poesía, sino –obviamente- que se estará refiriendo a su contenido, la historia que cuenta y fabula, esa mentira creada a partir de la experiencia y la imaginación de su autor impelido por la necesidad de contarla, generadora de una realidad literaria que chocará con la otra realidad experimentada, manca y deficiente, mostrándose disconforme y rebelde para mejorarla y actuar transformándola. Se referirá, entre sus ejemplos, al Quijote y su significado como caballero empeñado en “ver gigantes donde hay molinos de viento” que, como el personaje creador de su propio mundo real, encontrará la manera de protestar contra las miserias de este mundo y de intentar cambiarlo.
Meditaciones
Muchas fueron las meditaciones, redactadas de forma breve y a modo de apuntes, del emperador Marco Aurelio, como hombre y como emperador, que a lo largo de su vida se ocupó en considerar y escribir. Como hombre, la mayoría de de ellas las encuentro bien orientadas, muchas útiles y otras propias de la sociedad de la época, sus creencias, costumbres y modo de vida a las que, como emperador, contribuyó a desarrollar y consolidar. Y, aunque son muchas las meditaciones, son más bien pocos los temas, pensamientos e ideas sobre las que se desenvuelven. Marco Aurelio parece repetirse una y otra vez, como un mantra, las mismas ideas fundamentales, aquellas que le servían para afrontar los desafíos del gobierno sin perder de vista su condición de hombre, y no dios, y esforzándose por buscar y encontrar el lado bueno de sus semejantes y colaboradores. Una actitud de sereno análisis de las situaciones y la búsqueda de soluciones. Diría, a la luz de estas meditaciones, que quiso ser emperador sin dejar de ser hombre, y ser hombre sin dejar de ser emperador. Para ello se sirvió de los ejemplos de la filosofía y la razón, sin que lo abandonaran la religión y la fe en las divinidades.
Garras del paraíso.- Charles Bukowski
De este poeta, novelista, cuentista y testigo de cargo de la sociedad de su época, tampoco pueden ignorarse influencias de escritores como pudieran ser, quizás las más significativas según los expertos, de Hemingway y Dostoyevski. Y menos puede negarse la influencia que él ejerció y sigue ejerciendo en las generaciones que le siguen hasta nuestros días y que se revela en la obra de poetas jóvenes y menos jóvenes, aunque de manera –digamos- más moderada en muchos casos o tremendamente insufrible entre otros muchos de los vulgares imitadores de lo inimitable.
“TODOS LOS POEMAS”
muestra en su “aldea de palabras”, nos las hace sentir y conocer con el encantamiento de su voz. Imposible alcanzar la esencia de su belleza de ninguna otra manera. Porque si alguna cosa es consustancial a la poesía de Antonio Pereira y la distingue, será la magia que emana de sus poemas y relatos que cristalizará en la expresión de los recuerdos hasta hundir sus raíces en los mitos, fábulas y leyendas de su tierra fronteriza por donde transitan desde antiguo razas como la judía en su posible paso errante o los idiomas que acrisola el sentir de sus gentes: “No más de un día al año es el festejo / común de dos ciudades fronterizas. / Se hermanan los colores, las monedas… / / Los niños de aquel lado y de este lado / saben el mismo idioma de la risa // La musical presencia de las patrias / reparte en pasacalles la alegría. / (La fiesta, pg. 51)