Doblando sábanas blancas

DOBLANDO SÁBANAS BLANCAS

Los recuerdos acuden a los sueños
doblando las sábanas blancas
que envolvieron las noches
como mendigos de amor. Ella
es aroma de juventud
que endulza la memoria, pasado
de una vida como noticia efímera
de telediario.
Se disuelve en las horas
y las notas improvisadas de una melodía
que alguien, una vez, hizo canción.

Sobrevuelan las cumbres
de un paisaje remoto
los ángeles de insólita belleza.

La invento
y creo; soy luz y aire
para sus alas.

Ella
no existe, y
yo
con ella.

González Alonso

Ahora, un hombre

 


AHORA, UN HOMBRE

Ahora, un hombre
está pensando en ti. Rasura
su barba con calma; en el brillo
de sus ojos
resplandece una sonrisa;
una canción se hace murmullo
entre los labios, y el agua es
melodía
sobre su piel desnuda.

Ha escogido con cuidado el color
azul de su camisa, el cinturón de hebilla,
los pantalones claros, la chaqueta,
los zapatos cerrados,
y unas gotas de colonia
fresca tocan sus mejillas.
No se pondrá corbata.

Ahora, un hombre espera
y piensa y siente. Seguro
y tranquilo se acerca despacio
mirándote
a los ojos
y  deja entre tus dedos
un ramo
de pequeñas flores.

Un hombre, ahora,
te escucha
y te observa; le gustan tus pendientes,
tu blusa abierta y tus manos
jugando nerviosas sobre el mantel blanco;
no esconde su mirada ni pierde la atención
mientras hablas y pasan
los platos y las risas.

Ahora, un hombre
con el torso desnudo
te estrecha contra el pecho, sus labios tocan
con un beso
la piel suave de tu cuello; sus dedos
acarician tu espalda y sueltan suavemente
el cierre
de tu sujetador.

González Alonso

El jardinero

 

EL JARDINERO
González Alonso

La tosca y ramplona plaza amaneció de buena mañana con un palo de rosal en uno de los maceteros llenos de tierra y vacíos de flores. Todo el perímetro de los bloques de la urbanización lo rodeaban setos cuidados y espacios verdes de césped bien cortado. Pero nunca había lucido ni una triste flor; así que me pareció hermoso el ingenuo intento de hacer crecer un rosal.

Pasaron las semanas y cuando había olvidado el anecdótico tronco de rosal, en un extremo de una ancha y rectangular jardinera elevada, tres débiles tallos sostenían unas escasas hojas verdes. Y poco a poco, de manera regular, iban apareciendo nuevas jóvenes plantas sobre macetas y jardineras, multiplicando la promesa de las flores sobre la austera plaza.

El pronóstico sobre el futuro de las tiernas promesas florales me parecía incierto; pero consideraba elogiosas la voluntad y decisión de la anónima persona empeñada en la aventura; alguien que, con buena intención, pretendía iluminar de color y vida los espacios vacíos entre los feos bloques de viviendas con un suelo cubierto de losetas cuadradas rojas y blancas repartidas de forma regular formando cuadrados concéntricos.

Cada vez que atravesaba la plaza no podía evitar una sonrisa contemplando aquellos tallos repartidos por doquier desafiando al tiempo, el sol y la lluvia, y tal vez la tentación de ese alguien que siempre existe para destrozar –sin que se sepa por qué- lo que hacen los demás. También me preguntaba por las motivaciones de la persona que había asumido ajardinar aquellos espacios baldíos. Por qué lo hacía y para qué más allá de dotar de un aire fresco y colorido la plaza de la urbanización.

Y con el paso de los días y acercándose la primavera, comenzaron a adivinarse los primeros brotes en los frágiles tallos. Entonces, una sensación extraña se apoderó de mi ánimo. Deseaba un buen final para aquellas pequeñas muestras de vida vegetal agarradas al suelo terroso de las por tanto tiempo olvidadas jardineras y temía al mismo tiempo su fracaso o la acción vandálica que les cortara el paso a la vida. A ello se unía la curiosidad despertada por conocer la mano que ponía todo su empeño con los riegos y cuidados de aquellos brotes.

Seguía  preguntándome por la razón o el interés del autor de ese trabajo. Las conjeturas que se me ocurrían las juzgaba disparatadas; así que decidí dejarlas a un lado, aunque de manera recurrente volvieran a mi mente las preguntas. Sigue leyendo

Ahora, una mujer

AHORA, UNA MUJER

Ahora, una mujer se está vistiendo
para ti; escoge con cuidado el color
de su ropa interior,
el vestido suelto y ligero
como una caricia caprichosa, sus sandalias abiertas
y el bolso cruzado en bandolera;
repasa su cabello
con el mimo de un cepillo suave
y acaricia su rostro un sutil maquillaje;
sus labios son cerezas jugosas que sonríen
frente al espejo.

Ahora, una mujer te espera. Llega
pisando firme
y envuelve el aire
con la armoniosa gracia
de sus caderas; la mirada
es alegría juvenil y desafío
frente al mundo. Es bella
y seductora; sabe
que todo le pertenece
en el gesto erguido
y firme
de su pecho.

Una mujer conversa y ríe;
los platos pasan con el color de sus sabores
y el vino se mueve en copas de cristal
y en la boca
con sus risas.

Una mujer, ahora,
está mirándose en tus ojos
y vuelan blancas palomas
en el alma; acaricia
tus manos
y su boca busca en tu boca
el sabor
de los besos.

Ahora, una mujer
se está desnudando
para ti.

González Alonso