Arranquemos con aquella opinión de Cervantes sobre los poetas cuando escribe que “no hay poeta que no sea arrogante y piense de sí que es el mejor poeta del mundo” (II,17). La arrogancia y sus afines la altanería, la soberbia, altivez, engreimiento, orgullo, envanecimiento, inmodestia o chulería -entre otros- nos enfrentan a aquellas personas que, teniendo una percepción exagerada de sus propias habilidades e importancia, tienden a subestimar a los demás, incluso con el halago, mostrándose o despectivos o condescendientes. Esta actitud de superioridad y prepotencias se hace odiosa, y detrás de ella podemos hallar justamente lo contrario, una persona dominada por una gran sensación de fragilidad, vulnerabilidad y -muy en contra de lo que parece- un gran sentimiento de inferioridad.
Tal vez le fuera mejor al poeta el ejercicio de la humildad, que aporta serenidad, la ocasión de conocerse mejor y la voluntad decidida de progresar. No diremos tanto de la modestia, al menos cuando es exagerada, que, haciendo al poeta estar siempre pendiente de la opinión de los demás, provoca insatisfacción.
Pero si hay algún mal mayor para el autoproclamado poeta, éste no ha de ser sino el de la envidia, de la que don Quijote nos advertirá: “¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes! Todos lo vicios, Sancho, traen un no sé qué de deleite consigo, pero el de la envidia no trae sino disgustos, rencores y rabias”.
No son los rasgos mencionados aquellos que más ayuden al poeta y su obra, sino precisamente los que más le estorben si quiere que sea de calidad. A tal fin, Miguel de Cervantes Saavedra nos recuerda que, aunque “no se escribe con las canas, sino con el entendimiento”, éste “suele mejorarse con los años”, y que “para componer historia y libros, de cualquier suerte que sean, es menester un gran juicio y un maduro entendimiento”.
Si comprendemos la poesía como parte de la literatura y como obra literaria, también -con Cervantes- podemos preguntarnos, ¿Literatura, para quién? ¿Hay que escribir obras según el gusto de la mayoría aunque sean malas? ¿Hay que escribir obras de calidad aunque sea para unos pocos? ¿Dónde está la justificación de la obra literaria y dónde su calidad?
La respuesta es que puede haber arte y calidad y gustar a todo el mundo o a la mayoría. Pero esto pone en un compromiso tanto a aquellos poetas que escriben para unos pocos o ellos mismos en un lenguaje incomprensible, como a aquellos que dicen hacerlo para todo el mundo en un lenguaje pobre, vulgar, mediocre y nada creativo. Los libros así escritos y dados a la lectura correrán suertes diferentes, pero serán malos libros. De todos modos, aceptemos para este caso con Cervantes que “no hay libro tan malo, que no tenga alguna cosa buena” y aprovechable. (II,58)
El mercado y la demanda se imponen a los gustos de los autores. Miguel de Cervantes sabe de esas sevicias y servidumbres sufridas por los poetas, así que encuentra disculpable hasta cierto punto su conducta, admitiendo que “no tienen la culpa de esto los poetas que las componen, porque algunos hay de ellos que conocen muy bien en lo que yerran, y saben extremadamente lo que deben hacer; pero como las comedias se han hecho mercadería vendible, dicen, y dicen verdad, que los representantes no se las comprarían si no fuesen de aquel jaez; y así, el poeta procurará acomodarse con lo que el representante que le ha de pagar su obra le pide” (I,48)
Advierte también Cervantes de otros males para la poesía o cualquier obra literaria, como es el plagio (II,70) y alaba y defiende por otra parte el uso de la lengua romance (II,16) y -por extensión- el valor de todas las lenguas para la expresión y la creación literaria así como la lectura original en dichas lenguas sin que ninguna sea menos importante que otra, advirtiendo del riesgo y la dificultad de las traducciones que “quitan mucho de su natural valor” a la obra literaria, y que “lo mismo harán todos aquellos que los libros de versos quisieren volver en otra lengua: que, por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que ellas tienen en su primer nacimiento” (I,6)
No deja de entender Cervantes que la poesía pueda representar un peligro para quien se entregue al oficio de poeta; incluso lo ve y muestra en el Quijote cuando al pensar apartarse de la locura de ser caballero andante, imagina “hacerse pastor y andarse por los bosques y prados cantando y tañendo”. Pero, con ser malo aquello, el ama y la sobrina entienden que “peor sería hacerse poeta, que, según dicen, es enfermedad incurable y pegadiza”. Sigue leyendo
