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Marat Sade (Peter Weiss) por el grupo teatral Atalaya

Marat  Sade
Peter Weiss

Teatro Barakaldo, 29 de abril de 2017

Atalaya Teatro

Nos encontramos ante una obra de teatro difícil, compleja, de una intensidad dramática que para cualquier actor supone un gran desafío. ¿Quién puede, de manera excepcional, enfrentarse a un hecho teatral de esta naturaleza? En su momento lo hicieron posible nada menos que Alfonso Sastre adaptando la versión en español de Peter Weiss (1963) y Adolfo Marsillach (1968) con la inestimable colaboración del grupo teatral Los Cátaros dirigido por Alberto Miralles, grupo con el que –brevemente, pero de manera intensa- tuve la suerte de actuar un par de años más tarde y cuya experiencia forma parte de la buena memoria que conservo del teatro.

Pero, anécdotas y recuerdos aparte, se puede decir que hoy día solamente puede afrontar el reto de poner en escena una obra como Marat Sade un elenco teatral de la talla indiscutible del grupo Atalaya, Premio Nacional de Teatro 2008. Y con eso, respecto a la calidad del espectáculo, está todo dicho.

Encabezando el reparto del grupo dirigido por Ricardo Iniesta nos encontramos con actores de excepción, como Jerónimo Arenal (Marat) y Manuel Asensio (Sade), seguidos de actrices y actores tan fantásticos como Silvia Garzón, María Sanz, Raúl Vera, Lidia Mauduit, Carmen Gallardo, Raúl Sirio y Joaquín Galán, capaces de hacer del mínimo gesto y la menor articulación un gran personaje. Sorprende el trabajo  realizado en equipo para una coreografía compleja y llena de contrastes y matices. Y dentro de la labor escenográfica cabe destacar el inspirado trabajo de iluminación detrás del que está, también, Ricardo Iniesta, así como en la concepción del espacio escénico. Iluminación y sonido operan con la eficacia de un disciplinado actor más para contribuir al resultado final ante el cual sólo  cabe la ovación cerrada.

Aparte de los indiscutibles méritos de los actores y actrices del reparto, resulta imprescindible tener en cuenta la actualización de un mensaje que nos llega desde un convulso siglo XVIII de la mano de un autor tan controvertido como resultó ser el Marqués de Sade. Nada de cuanto pasa por la escena nos resulta ajeno. Nada está resuelto ni amortizado en la historia. Y así, inteligentemente, se nos hace ver y sentir, al descubrir el texto de Sade enfrentándonos al sentido de la revolución, sus logros y sus aparatosos fracasos. Frente al planteamiento idealista y radical de Jean Paul Marat, poniendo el acento en las conquistas colectivas, Sade opone su individualismo, el cambio personal, la radicalidad de la libertad frente a la uniformidad igualitaria. Las muertes, las traiciones, las contradicciones revolucionarias, desfilan con crudeza y desesperación ante un pueblo que aspira a no pasar hambre y a vivir bien, pero que es consciente de haber sido utilizado por la burguesía para acabar con la nobleza y sus privilegios e instaurar un régimen al servicio de sus intereses de clase y no a los del pueblo. Marat, que entiende todo esto, tratará de llevar más lejos la revolución con sus proclamas en un parlamento dividido y controlado por la clase ascendiente de la burguesía, para ser perseguido y, finalmente, asesinado.

El acierto de Sade fue decidir que el pueblo estuviera representado por los internos del manicomio, haciendo tomar parte en el desarrollo de la obra al director de la institución como representante del nuevo orden revolucionario. La tensión generada en el curso de la puesta en escena de este teatro dentro del teatro, parece amenazar constantemente su desarrollo, y en medio del caos aflorarán las reivindicaciones traicionadas de las clases populares, la denuncia de la corrupción y el sometimiento social a unas políticas que ponen el poder en manos de los banqueros y los empresarios para consolidar un orden económico capitalista en el que la clase obrera pasará a sufrir la explotación.

Si el arte y la literatura han de servir para algo, lo será para entender que es imprescindible luchar contra el adormecimiento de las conciencias y la entrega derrotista, aceptando como irremediable el orden de cosas impuesto. Empecemos, con Sade, la revolución de cambiarnos a nosotros mismos, para seguir, con Marat, cambiando la sociedad. Eso es y debe ser el teatro como arte, herramienta de transformación, revulsivo, testimonio, piedra de toque al servicio de la humanidad y todo lo que nos hace dignos como personas. En este caso, ha sido así.

González Alonso

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