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Me ofreció
todo
lo que cabe en el hueco
de la mano
de un mendigo
con el tesoro de una sonrisa y la mirada azul
y fue bastante.
Le ofrecí
arcos iris de tardes de verano
y un puñado de historias en papeles en blanco
y fue bastante.
No sé cómo ocurrió que acercamos las manos
en caricias que cubrieron desnudas nuestros cuerpos,
ni cómo, sin palabras, nos decíamos
te quiero.
Ahora la recuerdo como palomas alzando el vuelo
por entre los cabellos que se enrataban en mis dedos
y es bastante
para las tardes húmedas de sueños
y la lluvia salpicando las lágrimas en el rostro
y los relojes vacíos de horas, los calendarios
sin días
que hasta la nostalgia se ahuyentó por entre las palabras
que nunca pronunciamos
y leerá en las historias que escribíamos en el aire
mientras el mar traía olas y besos a la orilla
de una playa de invierno,
ella,
mientras abríamos las manos como un libro extendido
donde se alborotaban todos nuestros deseos. Ahora
nos recuerdo,
me recuerdo,
la recuerdo
y su risa, torrentes de tanta vida,
alcanza en mi memoria
la juventud perdida.
González Alonso


vocación, pues “saber lo que le gusta a uno es el comienzo de la sabiduría y la madurez”, según señala en su exposición. Argumentando a favor y en contra de la juventud y de la vejez entiende que el fin del arte, a cualquier edad, es deleitar y que hacerlo no consiste en repetir clichés propios o ajenos, sino en explorar con alegría las formas de expresión del propio talento del artista. Y, en mitad de estas disquisiciones, se referirá a la ilusión de “las delicias de la popularidad”. Advierte, sin negar los beneficios de la aprobación de los demás, que entregar la creación al albur del éxito o el fracaso es renunciar a crear algo que merezca verdaderamente la pena, pues el artista verdadero no puede –segura- dejar de ser un hijo de la Alegría que hace su oficio por su gusto y para agradar a otros. Pero –y eso es lo realmente difícil- no debe atender a los gustos de los demás, sino conseguir que, pese a ellos, los demás acepten los gustos del artista.
Fueron aquellos días en que -a veces- creíamos ser muy mayores, nos enamorábamos como burros y nos entraban aquellas tristezas adolescentes que se recreaban en las hojas muertas del otoño, aspirábamos el aire frío de las primeras nieves y cantábamos villancicos.