Las diez de últimas

 

Las diez de últimas

Barajaron tus padres la partida
en un lance de amor. Fue gran ventura
tu venida a este mundo y la hermosura
del precioso regalo de la vida.

El juego que tocó, a la suerte unida,
te premió con jugadas y largura
en la felicidad que el tiempo apura
con días de alegría sin medida.

Pero llegada, al fin, la postrer mano
cuando quiso la muerte las penúltimas
cartas jugar, erró en su vano intento.

No es que  del juego fuera yo un portento
pero supe guardarme de antemano
el triunfo que me dio las diez de últimas.

González Alonso

Antonio Gamoneda

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Antonio Gamoneda en la presentación de la antología colectiva Árido Umbral en León

Soy el que comienza a no existir
y el que solloza todavía.
Qué cansancio ser dos inútilmente.

Antonio Gamoneda
Lápidas .-(Esta luz)

Antonio Gamoneda me decía: la poesía es la juventud; y sus manos grandes se abrían hacia los demás mientras él se refugiaba detrás de su mirada y una amplia sonrisa. El poeta leonés nacido en Oviedo, cosas del destino, me dejaba también con un abrazo la dedicatoria en su libro Esta luz (Poesía reunida 1947-2004) en la fraternidad del paisanaje y de la poesía. Palabras y abrazo fraternos de un paisano cuyos versos ya son rumor incesante de aguas orilladas en las márgenes del  Bernesga y el Torío, aliento de aire helado en los pináculos de la catedral, memoria de trenes atravesando el barrio de El Crucero y piedra tallada en estrofas esparcidas por el suelo del Parque de la Poesía compartiendo espacio con el busto del Padre Isla, en los aledaños de lo que fue la estación de vía estrecha o de Matallana, o de Bilbao, que era hasta donde  llegaban los trenes del carbón y ahora los de los pocos viajeros que transitan, con menos fatigas que antaño, esas vías.

León siempre se deberá y estará en deuda con uno de sus más silenciosos, abnegados y entregados de sus habitantes; siempre verá esta ciudad por sus ojos y encontrará su alma en la voz lenta y amasada de tiempo, compromiso y dolor, del poeta. Tal vez pueda parecer excesivo, pero creo que lo leonés y su fama de parco, un poco abrupto y árido, de silenciosos interiores, se entiende mejor en la escritura de Antonio Gamoneda, la cual nunca dejó de ser la vida, materia única del poema. Sigue leyendo

Los días de julio

Los días de julio

Cuando se llaman los grillos en la noche
y atruenan las chicharras
al sol del mediodía
y las colmenas
son un zumbido frenético de abejas,

cuando se aquietan las truchas
en las pozas
y el mar detiene sus olas a la orilla
de las playas
y todo duerme y sestea

entonces yo extiendo  el mantel de los recuerdos
y sé que la vida se multiplica,
se agranda y crece entre los días de julio
como pájaros de luz.

Y sé por qué no fue una derrota
al final de aquel verano
lo que mató a don Quijote,
sino
en la forma del hidalgo Alonso
Quijano, el Bueno,
la vida no pudo resistir
la muerte de la ilusión.

González Alonso

El caldo de la tartera

El caldo de la tartera

Ahora que se cerraron las minas de carbón y León se queda sin mineros, a mi recuerdo acuden los días de idas y venidas de aquellos hombres, entre ellos mi padre, que arrancaban el mineral en los pozos del concejo. Junto a la vida de la mina, bullía y se apagaba la de los mineros atacados por la silicosis. Era la epidemia del hambre y la necesidad. Picar más y más deprisa, con barrenos, picos y palas y, si hacía falta, con las manos. Y respirar el aire viciado del polvo de la hulla y el grisú.

Porque, como lo primero que Victoriano Crémer descubrió, el carbón es negro. Y la situación acabó en una alta nómina de bajas por enfermedad que el médico de La Pola de Gordón atendía. La empresa envió a la consulta a un representante cualificado para preguntarle al médico el porqué de tanta baja laboral y cuál era la situación de los presuntos enfermos, por si podían –y debían- volver al trabajo. El médico le miró a los ojos, y tras un breve silencio, le espetó:

-Tiene usted razón; enfermos, lo que se dice enfermos, sólo tengo uno que podría volver a la mina. Los demás sólo son despojos humanos. Sigue leyendo

Dulcinea, el amor, y las mujeres

Dulcinea, el amor, y las mujeres

El primer capítulo de la novela cervantina termina con la presentación de la dama de los sueños de don Quijote: Dulcinea del Toboso. Acaba de darle nombre al personaje que jamás asomará a las páginas del Quijote si no es a través de la voz del ingenioso hidalgo y merced al sutil arte con que Cervantes trata este personaje femenino.

Recordemos que don Quijote no hace sino seguir el ejemplo de lo que hacía todo caballero andante de cuantos conoció a través de los libros de caballerías, así que decidió convertir en su dama a una moza labradora, Aldonza Lorenzo, de muy buen parecer y vecina de un pueblo próximo al suyo. Lo que ocurre es que el nombre de la susodicha moza le parece de una gran vulgaridad, dado que corría el dicho de «A falta de moza, buena es Aldonza«, por lo que tomará la decisión de cambiárselo. Alonso Quijano, que de joven había estado algo enamorado de Aldonza Lorenzo, aunque jamás le había dado noticia o parte de sus sentimientos, le otorga el nuevo nombre de Dulcinea del Toboso al convertirla en su dama, la dama de don Quijote, alter ego de Alonso Quijano.

Lo que conviene recordar es que este nombre ya era conocido por Cervantes a través de la novela Los diez libros de Fortuna de Amor del sardo Antonio Lofrasso, en la que aparecen Dulcineo y una pastora llamada Dulcinea.

Dulcinea es, en el marco de las creencias de don Quijote, una necesidad. Serafín Vegas, en El Quijote desde la reivindicación de la racionalidad, insiste en lo subrayado anteriormente demostrando que don Quijote, en su búsqueda de un mundo más justo y mejor ordenado, se ve obligado a seguir fielmente los dictados de los ejemplos de los antiguos caballeros andantes, entre los cuales está el ser caballero enamorado de “la más alta princesa del mundo”, y don Quijote, al investir a su dama de los adornos y más altas virtudes, no lo hace porque lo desee de manera subjetiva, sino que le viene determinado por una exigencia objetiva de racionalidad que hace que la creencia en Dulcinea “se convierta en motor de lo mejor que don Quijote pueda y deba racionalmente hacer”. Sigue leyendo

Los días de junio

Los días de junio
(Versículos a partir de «Las mil y una noches»)

Qué aurora tan luminosa la que me trae tu venida
un día entre los días de junio
oh, mi dulce esposa circundada de gracia.

Turbada la mirada
mi lengua nada puede decir, y siento ardiente
la exquisita dicha del amor, cautivo
de inaugurar esta jornada
con tu deliciosa contemplación, desnuda
entre las desnudas y primeras horas
que visten la mañana.

Como en las mil y una noches así me encuentras
desvestido y perdido en el desierto
de la ansiedad y los celos
en busca del agua fresca
que ofrece el beso en el manantial de los labios,
el que calma, sólo él, más de mil pesares, mil presagios
y mil penas.

Ven, amada mía, con tu honesta mirada
y el rubor de tus mejillas que avergüenza al mismo sol,
desanuda sin demora en la miel de tu boca
el difícil nudo de la espera
antes de que el viento funesto del otoño
marchite con su aliento el brillo de mis ojos
que hoy gozosos se posan
sobre tu cuerpo perfecto en miradas sensuales
y cubre de la vista de los hombres
con delicado tacto
el delgado vestido de la recta
y decorosa
castidad.

Has venido, sin saberlo, a obedecer tu destino. Y todo
es amor, todo el amor que habla
para que yo ponga a la puerta de mi torpe lengua
la cerradura firme del silencio.

González Alonso

Sanchica

Sanchica

Quince años, dos arriba dos abajo
Sanchica cumplirá. Como una lanza
es la moza al decir de Sancho Panza
que parió su mujer Tere Cascajo.

Fuerte y capaz de hacer cualquier trabajo
para ser gran condesa bien le alcanza
todo el aire del campo, la templanza
y saber cocinar las sopas de ajo.

Tal mañana de abril fresca y lozana
ninfa del verde bosque bien sería
y agua que limpia de la fuente mana.

Más fina que la fina porcelana
su cara de condesa luciría
en su curtido rostro de aldeana.

González Alonso

En la sima

En la sima

Desde la sima en que la mala suerte
quiso poner a Sancho en duro aprieto
se oye con sus lamentos el discreto
silencio de su burro ante la muerte.

¿Y qué esperar después de conocerte,
guardarme la amistad con tu respeto,
si el trance de esta noche y su secreto
traerán  la desdicha de perderte?

Pasan las horas lentas en el sucio
triste y frío  lugar de la vileza
con lágrimas, lamentos y querellas.

Y en silencio profundo sigue el rucio
filosofando mudo y con tristeza
los mensajes del viento y las estrellas.

González Alonso

*Sancho y su rucio caen por la noche en una profunda sima. El burro, silencioso y patas arriba, miraba la noche estrellada por el agujero del precipicio mientras Sancho gritaba y  se lamentaba convencido de que allí, amo y pollino, acabarían su paso por la vida. (El Quijote.- II, 55)

Los días de mayo

Los días de mayo
(En la luz de Almería)

Eran días de azul y de aire limpio
como dedos que se hunden en la tierra
y remueven su verdor. Los atochares
pintan las lomas,
a los roquedos se alzan
en aire las retamas, trepan
los matorrales.

Eran días
de milagro en el desierto,
de ramblas escaladas
de gandules
y todos los colores del ocaso.

Sobre el malva volcánico la sierra
y la costa recortada, el mar
de azules mece
en sus aguas profundas
praderas de posidonias.

Y hay
paz, un silencio sonoro
que inflama de calma la mirada
y en el alma
el aroma del tiempo

cuando mayo desciende por sus días
de  sur mediterráneo.

González Alonso

Alonso Fernández de Avellaneda

Alonso Fernández de Avellaneda
Malo es todo aquello que para el fin deseado
vale poco (El Quijote de Avellaneda, cap. XVII)

Si para el fin querido vale poco
todo aquello que es malo, hagamos cuenta
de cuan poco ha valido aquí la afrenta
robándole a Cervantes este loco.

Avellaneda dicen en el zoco
ser el avellanado que dio a imprenta
esta segunda parte donde asienta
su torpeza escribiendo; yo así invoco

a  Dulcinea desterrada; al triste
hidalgo sin amor; al escudero
simple, ramplón, rufián y avaricioso.

¡Que don Quijote sin amor no existe!
¡Que no hay Sancho más fiel y aventurero!
¡Que no hay sin Dulcinea mundo hermoso!

González Alonso