El burlador de Sevilla
Tirso de Molina
Compañía Nacional de Teatro Clásico
Directora: Helena Pimenta
Versión: Borja Ortiz de Gondra
Dirección del montaje: Josep María Mestres
Reparto encabezado por Elvira Cuadrupani en Isabela, Raúl Prieto en Don Juan, Ricardo Reguera como Rey de Nápoles y Fabio, Pedro Miguel Martínez es Don Pedro y Rey de Castilla, Samuel Viyuela en Ripio y Anfriso, Egoitz Sánchez interpretando al Duque Octavio, Mamen Camacho en Tisbea y Pepe Viyuela haciendo de Catalinón y seguido en los demás personajes por Paco Lahoz, Irene Serrano, Juan Calot, Ángel Pardo, José Juan Rodríguez, Lara Grube y José Ramón Iglesias.
Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro 2018
13 de julio de 2018
Hablamos de teatro clásico. Nos separan de “El burlador de Sevilla” cerca de 400 años, de aquella sociedad, sus costumbres, formas de gobierno y visión del mundo. ¡Y está, sin embargo, tan cerca de nosotros este burlador!
El personaje de Tirso de Molina, pseudónimo del fraile mercedario Gabriel José López Téllez (Madrid, 1579), se mueve impelido por un hedonismo absoluto; la búsqueda del placer lo justifica todo y no existe norma que se oponga a ello que no se rompa. A don Juan no le importan sus víctimas, con las que no empatiza, sino solamente alcanzar el éxito, satisfacer su ego, disfrutar la felicidad de sentirse dominador y poderoso a costa de lo que sea, el engaño, la amenaza, el chantaje, la extorsión o la violencia que se deslizará por el terreno escabroso del asesinato. Seduce y miente, mata y engaña sin reparos, sin límites. La rebeldía de don Juan, desde su íntimo y profundo desasosiego vital, nos intranquiliza e inquieta. En cierto modo, el personaje creado por Tirso de Molina puede significar un precedente de los postulados del Marqués de Sade del siglo XVIII y la Revolución francesa.
Como sabemos, el dramaturgo madrileño entregará a su personaje al castigo del infierno, arrastrado por una de sus víctimas, el padre de Ana de Ulloa, que lo invitará a una cena con él en el cementerio donde está sepultado. El castigo del infierno, más allá de su vocación ejemplarizante, podemos entenderlo como una sentencia de muerte impuesta por la justicia divina a la que don Juan se enfrentará de manera inaudita para demostrar que nada le causa temor y dispuesto a desafiar y superar cielos e infiernos.
Dos aspectos más a tener en consideración, como son la catadura moral de los demás personajes y la actitud de las mujeres víctimas de don Juan.
Del primer aspecto observamos cómo se constata que los personajes que rodean a don Juan Tenorio cojean de la misma pata que el burlador, y el abuso de poder de los nobles, la corrupción, la
prevaricación, la ambición, la violencia, la muerte y el asesinato, las conspiraciones, están a la orden del día y justificadas por razones espurias. La única diferencia con don Juan es que a éste no le hace falta buscar justificación alguna y reúne todos y cada uno de los crímenes en su persona.
¿Y las mujeres? Digamos que, en principio, no se salvan de la quema. Son seducidas a medias, más por el interés de alcanzar un estatus o posición social envidiable en brazos de un atractivo mozo que por el amor generoso y desinteresadamente entregado. Ponen precio a sus servicios más carnales y son estafadas. Pero también se aprecia en ellas una actitud beligerante en su actividad, pues saben lo que quieren, deciden y se enfrentan a su agresor denunciándolo públicamente y ante la autoridad del rey al que pedirán la reparación de la justicia.
Aparte de la novedosa y avanzada visión para la época de la mujer reivindicativa y activa, cabe la pena subrayar la profundidad psicológica que Tirso de Molina realiza en el tratamiento de todos y cada uno de sus personajes, fundamentando sus conductas y decisiones en las motivaciones personales y los sentimientos.
Tirso de Molina nos deja en “El burlador de Sevilla” un buen puñado de costumbres y conductas machistas, convicciones y prejuicios que no nos cuesta mucho reconocer y de los que aún no nos hemos desprendido hoy día a pesar de los innegables cambios habidos, pero que resurgen en episodios lamentables en forma de abusos y violaciones, en solitario o en grupo, en el maltrato y los asesinatos de mujeres casi a diario.
La Compañía Nacional de Teatro Clásico, impecable, nos traslada con su excelente trabajo lo que Josep María Mestres subraya en el programa de mano de la función, que “El burlador de Sevilla” sigue interesándonos por todo lo antedicho “y porque hay tanta poesía, tanta belleza, tanta magia, tanto sentido del humor, tanta teatralidad en el cuento de Tirso que no nos cansamos de escucharlo. Quizás sí siga siendo un mito…” Y cómo no, podemos asegurar que junto a otros muchos personajes como don Quijote de la Mancha, Sancho Panza, Hamlet, Ulises, Scherezade, Robinsón Crusoe, Romeo y Julieta, Emma Bobary, Peter Pan, Dorian Grey, Lázaro de Tormes, Godot, La Celestina, Lady Macbeth, Ana Karenina y etc. etc., don Juan Tenorio es también un mito universal. Sin dudarlo.
González Alonso
- En este cuaderno: Tirso de Molina.- Marta la piadosa
- En el cuaderno Teatro: Las tablas de la vida: Tirso de Molina.- Marta la piadosa










Cuando era niño quise vivir una vida sin guerras; de joven, deseé y luché por asegurarnos una vida en democracia; luego anhelaba el final de la violencia terrorista, sobre todo de la más virulenta y cruel alimentada por los nacionalismos y sus fanáticos. Pero queda mucho más, y sueño con algo más elemental como es saber que todo ello se ha de producir en el marco solidario de una España liberada de fantasmas. Eso queda, y no es poco.
para la dignidad pidiendo un minuto de silencio por el primer español muerto en Mauthausen; para no dejar de llamarse españoles. No bastó tanta desolación para olvidarse de ser solidarios, sonreír a veces, intentar dar a conocer al mundo la dimensión de los horrores del delirio nacional socialista alemán y su práctica de exterminio de españoles, polacos, húngaros, judíos, rusos, gitanos o alemanes que se desviaran del doctrinario nacional socialista, ese movimiento –seguido por el fascismo italiano de Mussolini- que llegó al poder sirviéndose de los derechos y libertades de la democracia y que, desde las instituciones, hicieron saltar los principios democráticos, vulneraron las leyes y los derechos humanos y arrastraron a las masas nacionalistas a la irracionalidad de la persecución de quienes no comulgaran con su fanatismo para empujarlas, más tarde, a una guerra despiadada contra el mundo. ¿A qué me suena todo esto en la España de nuestros días? ¿Acaso los aprendices de brujo de hoy no se reconocen en los espejos de aquellos otros esperpentos envueltos en banderas patrias contra todas las banderas, arropados por masas enardecidas y clamorosas, alentando el odio contra enemigos inventados a los que hacer culpables de sus errores, latrocinio y fracasos?
Los actores cumplieron con su papel. Tal vez puedan hacerse algunas críticas al cuerpo de la obra en su conjunto, la validez del texto en momentos determinados, la oportunidad de algunos números musicales o el tratamiento de algunos personajes y situaciones. Pero todo ello es secundario al lado de la importancia de una representación que se me antoja valiente y necesaria en ese grito desgarrador contra la barbarie, la de todos los tiempos, también –y sobre todo- la de hoy. Y contra el olvido.
La plaza de Almagro, a modo de corral de comedias gigantesco, acogió entre sus soportales y con el Ayuntamiento al fondo, la puesta en escena de Fuenteovejuna por las gentes de la misma villa cordobesa de Fuente Obejuna. Espectáculo primoroso en sus expresiones tradicionales como la danza de las cintas o las canciones populares, atrevido en el movimiento de masas de los actores, soldados, villanos, nobles y hasta un par de caballos formando parte de la representación, bello e intenso en el tratamiento dramático de muchas de sus escenas. Un estupendo resultado que el público que abarrotaba la plaza de Almagro supo agradecer.
El derroche de recursos interpretativos y el meticuloso y cronométrico desarrollo de la acción te dejan –literalmente- con la boca abierta. Son cien minutos trepidantes en los que no cabe ni un segundo vacío, ni por cansancio ni por despiste ni por falta de previsión. El texto de Shakespeare se va recreando para ganar en intensidad y dramatismo poniendo de relieve –como creo haber oído en alguna ocasión- que no hay nada más serio que el humor, destapando la realidad de los sentimientos, la ambición y lo que damos en llamar la condición humana. Se intercalan con naturalidad expresiones y comentarios de los actores sobre el propio desarrollo de la obra, de lo que piensan sobre la exigencia del guión y la interpretación, quejas y críticas al autor, incluso con intentos de abandonar la escena. Y algo mágico y sorprendente: el paso de la situación más hilarante y divertida a la más trágica y conmovedora se produce en décimas de segundo. O viceversa. Incluso se da el desarrollo de ambas escenas de forma simultánea. De la risa generalizada en el patio de butacas al silencio más expectante y al revés, en pocos segundos.
lo da. Abunda en aspectos personales y la forma de ser del rey inglés en sus relaciones amorosas en un contexto histórico poco desarrollado y en el que destaca en escena, aparte del desgobierno amoroso del monarca, las marcadas ambiciones del cardenal Volseo en su pretensión de verse nombrado Papa de Roma y de la hermosa Ana Bolena de llegar a ceñir la corona de Inglaterra. El tratamiento del personaje de Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, madre de la reina María I y primera esposa del rey, repudiada por éste para acceder a los favores de Ana Bolena, contrasta fuertemente con el del resto de los personajes en un comprensible y disculpable guiño patriótico.
Si la actualidad y frescura de estas estampas e historias cervantinas nos llegan a estos días de este siglo XXI merced al trabajo concienzudo e inteligente llevado a cabo por el Teatro de La Abadía, y es de agradecer, tampoco hay que ignorar el valor que tiene hacer que estos textos con más de cuatrocientos años se sirvan en la escena con el uso de recursos y efectos especiales de entonces, máquinas de truenos, de lluvia y tormentas, aldabonazos, viento, cerrojos y ventanas o puertas que se abren o cierran. Un alarde de fidelidad a los orígenes, tan eficaces, tan bien logrados, del teatro en una época en que lo digital, electrónico y los ordenadores, mesas de mezclas y otros dispositivos, lo pueden todo.


El leitmotiv para el drama será el encargo a Velázquez por parte de Felipe IV del retrato a una querida suya, una actriz con sobrenombre de la Calderona. El encuentro del pintor con la mujer y su criado en un discreto y apartado estudio, dará pie a cuestionar la libertad del pintor, los deseos de la amante del rey y la ambición del criado, enamorado de su dueña y por la que arriesgará su seguridad cuando pretende alejarla de la influencia del pintor. El amor entre el artista y la amante del rey va a determinar el tipo de cuadro que pintará, supuestamente la Venus del espejo, pero también el papel que ésta jugará en defensa del pintor sevillano ante las intrigas y persecución de la Corte. La puta enamorada ya no lo será del rey, sino de Velázquez y éste, enamorado de la puta del rey aparecerá, como ella, prostituido y utilizado por la Corte y la reina, a la que debe algo más que favores.
En medio del amor se alza la figura de una mujer valiente en un mundo de hombres, junto a la soledad del genio y servida por un marginado y su lucha para conseguir un puesto en la sociedad. Cardeña pinta este cuadro con soltura de pinceladas y color, dejando que la luz de Velázquez llene la atmósfera de lo etéreo y el aire se mueva y respire emoción y ternura. Des este modo descubrimos que las palabras que nombran y son dichas en tono alto son, a menudo, nombres cambiados; la puta puede ser el genio, reina la puta, traidor el noble y noble el pobre desgraciado.

El Quijote, por lo expuesto, se resiste a alejarse de nosotros y nuestro tiempo; se nos apega al pesimismo de los vicios del poder, la corrupción, la mirada corta de políticos y poderosos financieros manejando el gobierno, atentos a su enriquecimiento personal antes que al bien de la república. Y esa es la auténtica y verdadera locura, no los desvaríos de un hidalgo vuelto caballero andante en su fantasía y un escudero venido a gobernador de ínsulas sin despegarse del olor a ajos y amor al vino.
En el papel de Francisco de Quevedo, el actor Adolfo Pastor; y en los de Felipa y la novicia, Pilar Massa y Rebeca Sala. Dentro del equipo artístico y técnico, en la dirección, Héctor del Saz. Estos son algunos de los nombres propios responsables de esta puesta en escena. El escenario, el Corral de Comedias de la ciudad de Almagro.

